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 A N A L O G I A    S E N T I M E N T A L

 

 

 

 

Releía por enésima vez los primeros capítulos de Mateo con sus laberínticas genealogías y fantásticas historias de la intervención de Dios en la historia de un pueblo, en la vida de unas personas, por caminos oscuros y sorprendentes. Es una interpretación profética, mesiánica, del Antiguo Testamento, vista desde la fe del pueblo cristiano en Jesús, “hijo de David”, “Hijo de Dios”, “hijo de María”, la esposa del carpintero José. Es evangelio y, como tal, anuncia la buena noticia de la presencia de Dios con nosotros por caminos de marginalidad, de persecución y sufrimiento; entonces, como ahora, deliberadamente desconocido, tergiversado, odiado, insultado como bastardo, pero también amado. Es un judío venido “de donde nada bueno podría salir”, desarraigado de su familia y pueblo, desmarcado de la práctica habitual y religiosa (célibe, no esclavizado al sábado, amigo de pecadores), laico, rural, desafiante, despreciado por los grandes, condenado a la cruz por cobardes militares romanos como rebelde y por hipócritas e interesados judíos como blasfemo. Y, con El, María, personaje con una actuación, más que histórica, arquetípica: madre del “pueblo”, continuadora de la “promesa”; obediente a Dios, genera por obra del Espíritu al Mesías Salvador, el hombre nuevo del nuevo pueblo.

 

 

 

¿Recuerdas? Llegamos a Covadonga acompañados de nuestra madre; maleta, cuidados, recomendaciones. Eran los años 40, 50, 60; transporte público y en tercera. Ellas, adultas, endurecidas, aradas por el dolor y trabajo; esperanzadas y agradecidas; arrebujadas en vestido sencillo y más bien oscuro; piel tostada que quisiera rejuvenecer con frescura y ligeros abalorios; manos callosas, fuertes, que saben amasar cariño.

 

 ¿Y sus niños? ¿De dónde vendrán estos?: de la marginalidad; del Belén de las cuencas mineras y de la costa, del campo y la montaña, del barrio de la ciudad. “Entre vosotros hay pocos sabios y ricos; Dios escogió lo débil para confundir al fuerte, lo despreciado para humillar al soberbio”. Pero somos “los hermanos del Señor”, título que nos engarza en el estilo y dignidad de Cristo, “no nacidos de la carne, sino de Dios; y, si hijos, también muy queridos”.

 

 

Hay “la presentación de Jesús en el templo” y llega la despedida: pocas palabras, el corazón encogido. ¿Qué será de este?: bandera de contradicción que irá delante del Señor para anunciar sus caminos; y, ¿para ti, madre?: de momento una cuchillada en el corazón, luego… Dios dirá. Y se marchó mi madre santa; pero su figura y su protección quedó en la Santina; el porte real de esta no resta ternura y consuelo. Porque tú, María, sabes mucho de estas jugadas de Dios; no te sorprendes de tener que acoger a niños con una connotación especial. Tu casa será escuela de “justicia”; no la de escribas y fariseos, sino de misericordia y fe, aunque tengamos que pasar por las dudas y temores del justo José; ya en el estudio, ya en la contemplación, nos haremos receptivos al regalo de la revelación para hacer “lo que el ángel del Señor nos mande”, para asimilar los valores, los ideales propios de un Reino que no es de este mundo. “Reina y Madre de nuestra montaña”, de nuestros pueblos, de nuestras madres; en tus brazos tienes el Niño, Rey crucificado; “ahí tienes a tus hijos”: unos, “sacerdotes” que hacen la ofrenda del pueblo; otros, “profetas” que denuncian su pecado, su mal, y levantan los ánimos de una liberación;  y muchos otros, ”reyes” que gobiernan con inteligencia y tesón las leyes de la naturaleza y sociedades. Acógenos a todos, porque los años pasaron increíblemente pronto y ya sabemos de cruz.

 

                                                   Angel Solís A.

                                           Covadongadigital. 2.019

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