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 BIOGRAFÍA DE COVADONGA (CONTINUACIÓN)

 

Silverio Cerra

 

VIII. LA IMAGEN Y SU HISTORIA

 

    Las imágenes sagradas son acompañantes normales del culto católico. La devoción popular gira en gran medida en torno a ellas, que, pintadas o esculpidas, tienen como finalidad ayudar a la meditación y a la oración, personal o colectiva. No son una simple obra de arte, sino unas figuras bendecidas, destinadas a captar la atención del orante y a seguir acompañándolo en su memoria. Las efigies sacras no son objeto de adoración, sino de honor y veneración respetuosa. Sólo Dios es digno de ser adorado. Sólo Jesucristo es Nuestro Salvador. Los santos y la Virgen son nuestros intercesores ante Él. Sus representaciones no son un fin, sino un medio sensible para despertar y estimular nuestra adoración, nuestra petición, nuestra súplica de perdón o de acción de gracias, que son los cuatro modos de la oración cristiana.

   La presencia de Nuestra Señora en Covadonga, como en otras partes, se expresó siempre mediante una imagen. Es seguro que el ermitaño, instalado en la Cueva ya antes de la batalla, tuviera una escultura para recordarle a la Dómina o Señora que allí reinaba. ¿Cómo serían aquellas figuras y cuántas hubo? Nunca lo sabremos. Seguramente que fueron tallas populares, obra del mismo anacoreta o de los santeros comarcales, que surtían de estatuas y pinturas a los templos de antaño.

 

La primera imagen conocida

 

   La iconografía de la Santina no es conocida hasta finales de la Edad Media. A principios del siglo XIV se talló una imagen sedente de gran belleza y serenidad. Ambrosio de Morales dice que es “de obra nueva bien hecha”. La Virgen, sentada en su trono, levanta la mano derecha como llamando a quien la mira para que se fije en el Niño Jesús, colocado al otro lado en su regazo. Éste lleva en la mano izquierda la esfera del mundo, significando su divinidad creadora, y levanta la otra mano con gesto de bendición. En el siglo XVI comenzó la costumbre de vestir las imágenes con túnica y manto, pero la talla de Covadonga no adoptó la nueva moda.

   Una copia de esta figura fue llevada a la iglesia de Cillaperlata en la diócesis de Burgos, donde se conserva hoy día entre la veneración de aquel pueblo que la designa como Virgen de Covadonga o Virgen de las Batallas. ¿Cómo llegó allí? Durante varios siglos, este Santuario estuvo dirigido por monjes agustinos, que también poseían un monasterio en el norte de Burgos, cerca de Cillaperlata. Es probable que en los viajes entre ambos cenobios, en algún momento, fuese llevada una copia de la Santina. La figura venerada en la parroquia burgalesa es, con mucha probabilidad, réplica de la que siguió en Covadonga hasta el año 1777.

   La imagen auténtica permaneció aquí hasta que fue destruida por un incendio aniquilador. En efecto, como se explicó más atrás, en la noche del 17 de octubre de 1777 ardió la Cueva de Covadonga. Se quemaron la figura de la Santina y todo los objetos combustibles presentes en aquel espacio.

 

Imagen nueva y coronada

 

   La nueva imagen de la Virgen fue donada por el Cabildo de la catedral de Oviedo, que, en acuerdo del 17 de julio de 1778, decide enviar al arruinado Santuario varios objetos de culto y la talla que, según algunos testimonios, presidía un altar en la antesala de la Cámara Santa bajo la advocación de Covadonga. Lo había dedicado el obispo Bernardo Caballero de Paredes (1642-1661), ferviente devoto de la Santina. El tiempo de su pontificado puede dar la pista sobre la edad de la efigie actual. Ésta no es sedente, como la anterior, sino erguida y con Jesús en su brazo izquierdo. El Niño sigue bendiciendo con el mismo gesto. La Virgen lleva una rosa de oro en su mano derecha. Aunque tiene el manto tallado y podría presentarse descubierta, se la ha revestido desde entonces con vestido blanco y mantos de terciopelo y brocado. La imagen reposa sobre una peana con tres ángeles tallados que se apoya en un sencillo cubo de madera dorada. La rosa y la base actual con sus ángeles son ofrenda de la Institución Teresiana.

   Cuando la fama y el culto hacia una imagen adquiere dimensiones sociales amplias, la Iglesia permite una distinción especial, que es la coronación. Así en 1905, para conmemorar el cincuentenario del dogma de la Inmaculada Concepción, se realizó la Coronación Canónica de la Virgen del Pilar, con grandes peregrinaciones de toda España. Para celebrar el duodécimo centenario de la victoria de Pelayo, que entonces se situaba en el año 718, se despertó en Asturias el interés por lograr la misma gracia para Covadonga. En Oviedo comenzaron los preparativos en enero de 1917. El 26 de marzo de 1917 se dio la noticia de que el Papa Benedicto XV había otorgado autorización para la Coronación Canónica de la Virgen de Covadonga, así como un Jubileo especial entre marzo y octubre de 1918.

   Al conocerse la noticia, se organizaron varias Juntas de Señoras para solicitar a damas acomodadas de la provincia o de otras partes, pero vinculadas con Asturias, el envío de donativos para las coronas. Se despertó un cordial movimiento de recogida de joyas y dinero de tal magnitud que, con los excedentes de la confección de las dos coronas, se realizó el Tríptico de la Santina, genial retablo-armario donde éstas se custodiaban y podían ser contempladas al abrirse sus dos puertas. El 17 de septiembre de 1917 se encargo la obra a los Talleres Granda de Madrid, dirigidos por el sacerdote, nacido en Pola de Lena, Félix Granda Buylla, que, tras realizar estudios de orfebrería, estableció en Madrid un taller que aportó altas calidades al arte sagrado en todo el ámbito español.

   Por fin, el 8 de septiembre del año 1918 la Virgen de Covadonga fue coronada por el cardenal Victoriano Guisasola en presencia del obispo diocesano Francisco Baztán y Urniza, del rey Alfonso XIII, de la reina Victoria Eugenia, del Príncipe de Asturias y del gobierno nacional. Las coronas de la Madre y del Niño son una obra que maravilla por su brillo y calidad. La corona de la Virgen es de oro y platino, con esmaltes azules. Lleva 1.109 brillantes, 2.046 rosas de Francia, 32 perlas, 983 rubíes, 2.572 zafiros, 551 gramos de oro y 232 gramos de platino. En una faja de esmalte azul lleva la oración: SANCTA MARIA DE COVADONGA, MATER DEI, ORA PRO NOBIS UT DIGNI EFFICIAMUR PROMISSIONIBUS JESU CHRISTI, Santa María de Covadonga, Madre de Dios, ruega por nosotros para que nos hagamos dignos de las promesas de Jesucristo. La corona de Jesús lleva 114 gramos de oro, 85 gramos de platino, 52 brillantes, 759 rosas de Francia, 25 perlas y esmaltes. Este tesoro fue dispuesto con insuperable finura y perfección. Siendo rica y bellísima, no cae en la fastuosidad y ostentación con que en ocasiones se decora a la Virgen. Su equilibrada armonía se debe al maestro artífice que las realizó.

   Durante la noche del 9 de diciembre de 1924 fueron robadas las coronas de la Virgen y del Niño Jesús. El suceso produjo honda conmoción, no sólo por el valor económico de las piezas, sino por el significado simbólico que ellas representaban. La policía emprendió una frenética investigación que dio fruto al tercer día con el hallazgo de las joyas enterradas en las orillas de un arroyo cerca de Cangas de Onís. Un indigente de origen alemán, Nils Wolmann, las había sustraído para ver si con ellas podía resolver sus dificultades económicas. Esta experiencia movió a realizar una colecta para comprar una caja fuerte donde luego quedaron adecuadamente custodiadas. Años después, ese hombre recibió el bautismo en Oviedo.

 

La Santina sufre la Guerra Civil

 

   Muy peligrosos fueron los avatares que la imagen de la Santina sufrió durante la Guerra Civil española de 1936-1939. En agosto de 1936 se cerró la Cueva. La Virgen permaneció dentro hasta finales de septiembre. Luego desapareció. Un matrimonio socialista, que trabajaba en el Hotel Pelayo, la guardó en un armario de la ropería. Las instalaciones del Santuario fueron usadas como hospitales, lo que implicó nuevos grupos de gente allí. Ángeles Laredo, mujer de un médico de Izquierda Republicana, se enteró del sitio donde estaba la Virgen y acudía a rezar ante ella. Al tener que marcharse por cambio de gobierno, tuvo miedo de que los nuevos encargados la destruyesen. Entonces llamó a políticos amigos para que vinieran a recogerla y la llevasen a Gijón. Allí estuvo la imagen guardada por el Consejo de gobierno, dominado por socialistas. Incluso formó parte de una exposición con otros objetos religiosos. En septiembre de 1937, ante el inminente fin de la guerra, Eleuterio Quintanilla, destacado anarquista, fue el encargado de evacuarla con diversas obras de arte. Así la Virgen llegó a Burdeos. De aquí la llevaron a Mont de Marsan, donde se pierde su huella.

   En realidad, fue enviada a la embajada española en París, donde estuvo depositada en un cajón con el rótulo que indicaba su contenido. Al acabar la guerra en abril de 1939, los republicanos tuvieron que abandonar aquel lugar. En el barullo consiguiente, un joven comunista asturiano se encontró con el cajón de la Santina y lo escondió para su seguridad. Luego fue a la misión española donde comunicó al padre claretiano Joaquín Aller la situación de la imagen. Cuando las nuevas autoridades, dirigidas por el embajador Pedro Abadal, ocuparon el edificio de la legación, recibieron el aviso del Padre Aller. Entonces revolvieron hasta encontrar el cajón que fue abierto, comprobando la autenticidad de la figura de la Virgen de Covadonga.

   Se avisó a España, y fue creada una comisión para disponer su venida. El canónigo allerano Arturo Álvarez escribió un gran libro sobre el viaje de retorno. Fue recibida en la frontera francesa por los representantes de Asturias. Homenajes multitudinarios le fueron rendidos en varias ciudades del recorrido desde Irún hasta Pajares. Aquí, la Santina fue colocada en andas bajo un dosel. De este modo fue llevada en procesión, entre inmenso fervor popular, por gran parte de Asturias durante 23 días. Al fin, el 6 de julio de 1939 a la una y media de la tarde retornaba a su Santuario, del que había sido arrebatada casi tres años antes. La conclusión es que Ella sufrió la guerra como millones de españoles y en salvarla y traerla intervinieron personas de las más variadas tendencias políticas. Fue lo único que los unió a todos.

 

Copias de seguridad

 

   En 1951, año cincuentenario de la consagración de la Basílica, la imagen realizó una larga peregrinación por toda Asturias. La experiencia del viaje, con tanto movimiento y situaciones cambiantes, despertó la preocupación del cabildo ante la posibilidad de que se repitieran otras situaciones similares, con posibilidad correr el riesgo de que en un momento se produjeran daños. Entonces, tras el pertinente encargo, el escultor Manuel García realizó en 1952 una copia exacta para sacarla del Santuario cuando fuera preciso.

   En el año 1971 la imagen auténtica sufrió un ataque de xilófagos. Durante seis meses el Instituto de Conservación de la Dirección General de Bellas Artes de Madrid le aplicó un tratamiento de reparación e inmunización, que la salvó perfectamente de su deterioro. Al volver a Covadonga fue colocada en el templo de la Colegiata. En ese mismo año se hizo otra réplica exacta en poliéster, material mucho más resistente a la humedad. Esta efigie es la que normalmente se expone en la Cueva, y que, en épocas de mal tiempo, se guarda en la capilla adyacente. Es también la que ha peregrinado por Asturias en el año 2001. Tiempo después se ha realizado otra copia similar a la original. Se diferencia en que esta nueva talla fue pintada en color blanco con motivos grises y dorados. Es la que sale en procesión durante las novenas de septiembre.

   En la última mejora realizada en la capilla de la Casa de Ejercicios en 2007, la imagen original de la Santina se ha colocado a la derecha de su altar en una hornacina cerrada para proteger su estructura y policromía.

   En 1908 se hizo una imitación muy libre de la figura de Cillaperlata. El escultor Juan Samsó modeló con excelente gracia y finura esta copia sedente en madera de cedro policromada y con aplicaciones metálicas, pedrería y engaste de perlas. La Virgen con velo blanco, vestido rojo y manto verde, abraza con su mano izquierda al Niño sentado que esboza una bendición con su mano derecha. Esta efigie, al comienzo, estuvo presidiendo el altar anterior, situado al fondo de la pared del ábside. Al ser construido un nuevo altar en la entrada del presbiterio, fue elevada sobre el coro canonical en el centro de su parte alta. En una modificación de hace pocos años se bajó y fue colocada junto al pilar que flanquea el presbiterio en el lado de la epístola. Quizá haya perdido excelencia, pero ha ganado cercanía a sus fieles, que pueden así contemplar mejor la suave y delicada belleza de esta imagen.

   En 1927 se realizó otra talla escultórica de la Virgen de Covadonga para ser colocada en el Tríptico donde se debían exponer las coronas. José Capuz Manzano, escultor valenciano, recibió el encargo para su realización de Félix Granda. La talla fue confeccionada en madera de cedro y recubierta con metales preciosos. El rostro y las manos fueron ejecutados en alabastro. La Virgen está sentada sobre un trono, apoyando sus pies sobre un escabel. Su vestido carmesí y el manto azul con marcados pliegues brillan por las franjas y líneas doradas. Sobre su rodilla izquierda abraza al Niño, sentado sobre ella y vestido de rojo. En la mano derecha lleva un fruto en referencia al pecado original y al papel salvífico de María. El resultado es una bellísima figura, esbelta, idealizada y realista dentro de un clasicismo que respira modernidad. Esta imagen preside actualmente el altar de la Colegiata.

 

 

IX. COLEGIATA Y CASA DE EJERCICIOS

 

La Colegiata de San Fernando

 

   Se designa como colegiata al templo que tiene, o ha tenido en otro tiempo, un collegium o grupo de sacerdotes dedicados a su culto. Hoy tal conjunto se llama cabildo, término que procede de capítulo, que es una reunión de religiosos. De ahí que sus miembros sean los capitulares. Al pertenecer muchos miembros a una colegiata, todas tenían un coro con varios sitiales donde se cantaban las horas del oficio divino. Éste constaba de ocho sesiones de oración cantada: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas, con la misa solemne después de laudes. Duraba muchas horas, por eso se llamaba el oficio, o sea, el trabajo de los monjes y de los canónigos hasta la década de 1960.

   La centenaria Colegiata de San Fernando es el primer edificio sacro de Covadonga construido fuera de la Cueva. La torre cúbica, ciertos vestigios arqueológicos y los sepulcros del siglo XI revelan que la primera construcción perteneció al estilo románico. El conjunto en su ángulo nordeste se encuentra protegido por un sólido basamento formado por dos lienzos de pared con tremendos bloques de piedra. Ambos lados tienen sendas escaleras adosadas. A la izquierda sube la empinada Escalera del Perdón o de las Promesas. A la derecha, se abre la amplia escalinata que lleva a la plazoleta ante la fachada de la Casa de Ejercicios y la Colegiata. Sobre el lienzo de muro que mira al Norte destaca una gruesa placa de piedra con el letrero:

AQUÍ EN EL MONTE AUSEVA,

MORADA INMEMORIAL DE LA VIRGEN,

RENACIÓ LA ESPAÑA DE CRISTO

CON LA GRAN VICTORIA DE PELAYO Y SUS FIELES

SOBRE LOS ENEMIGOS DE LA CRUZ. AÑOS 718-722.

   La fundación primera de este monasterio en el año 740 se atribuye al rey Alfonso I y a su esposa Ermesinda, hija de Pelayo. Este dato no es seguro, pero lo cierto es que muy pronto hubo aqui un monasterio. La comunidad en él residente parece haber sido de monjes benedictinos. Así lo afirma fray Antonio Yepes en su magna Historia general de la Orden de San Benito (1621). Después, en el siglo XIV, estaba habitado por monjes agustinos. El templo y los claustros actuales fueron reconstruidos por Diego Aponte de Quiñones, obispo de Oviedo entre los años 1585 y 1589.

   La nave única del templo colegial se desarrolla en tres tramos, cubiertos por bóvedas de crucería estrellada, sostenidas por altos pilares de piedra. En el ábside, con un ventanal moderno, se ha instalado un retablo barroco traído de Valdediós. Lo preside la bellísima imagen sedente de la Virgen con el Niño en brazos, creada por José Capuz en 1927. Aquí está igualmente la sillería coral de la antigua Colegiata, que, antes de la reconstrucción del obispo Sanz y Forés, tenía su emplazamiento junto la pared cercana al monte, dentro del coro alto, que hoy está vacío, y sólo muestra un barandal de madera.

   Unos peñascos desprendidos del monte Auseva en el año 1868 destrozaron este templo de San Fernando. El obispo Sanz y Forés ordenó limpiar el monte de piedras sueltas, y restauró los tejados. Luego alargó “veinte pies” la nave y trasladó el coro desde los pies de la iglesia a la cabecera para evitar nuevos peligros. Bajo la dirección de Menéndez Pidal, desde 1940, se completó la restauración del claustro y demás partes de este conjunto monumental, que adquirieron el aspecto que hoy mantienen.

   El viejo monasterio tiene en su fachada exterior una portada de piedra con dos cuerpos y una espadaña donde aparece tallado el escudo nacional. Cruzando la puerta accedemos al claustro. No es muy grande y presenta una disposición cuadrada con dos pisos. La planta baja está construida en piedra con arcos de medio punto sostenidos por fuertes pilares. En su centro se abre el patio. En el ala derecha, desde la entrada, quedan dos mausoleos románicos bajo arcosolios, quizá de abades, construidos probablemente en el siglo XIII. En una sala interior hay varios nichos de familias relacionadas con el Santuario. En la parte izquierda se han dispuesto en las últimas reformas varias salas para reuniones. El piso superior del claustro es de madera y se cierra por una balaustrada en forma de corredor. Ahora los arcos inferiores y la segunda planta se han protegido con cristaleras.

   Frente a la Colegiata, haciendo ángulo con su fachada, el obispo Sanz y Forés hizo construir en los años 1876-1877 un edificio alargado, próximo a la ladera del Auseva, conocido como la Hospedería. Constaba de dos plantas. En la inferior había espacios para cuadras de animales y otros servicios. En la superior se abrieron habitaciones con el fin de hospedar peregrinos. Fue una obra oportuna y útil, porque el Mesón, abierto un siglo antes, era insuficiente para atender a todas las personas que desearan hospedarse en el Santuario.

 

 

La Casa de Ejercicios

 

   En la restauración de los años cuarenta del siglo XX, Menéndez Pidal añadió a la Hospedería tres cuerpos rectangulares completando un edificio de cuatro pabellones con un patio interior. Aunque parece un duplicado de la Colegiata, es muy posterior, pues fue concluida en 1953. Su construcción sólida y una decoración severa responden a los objetivos de la obra como ámbito de oración. En efecto, este conjunto se denomina Casa de Ejercicios, donde se han realizado multitud de actos eclesiales: reuniones diversas, retiros espirituales o sesiones de ejercicios ignacianos. Esta Casa, con las dependencias colegiales anejas, ha convertido a Covadonga en un importante foco de espiritualidad al servicio de la archidiócesis ovetense.

   Ambos edificios están unidos por un cuerpo en el costado meridional. El piso alto es habitación, pero en el bajo se abre un paso abovedado que comunica, a través de una escalera de piedra, con la abertura del Calvario hacia la mitad del paso subterráneo de la Cueva. Bajo la cornisa está el escudo de España. En los lados del arco se han colocado sendos escudos de los obispos Benjamín Arriba y Castro y Francisco Javier Lauzurica y Torralba, que rigieron la diócesis durante estas obras. La plazoleta entre las dos fachadas se cerró en 1954 con una gran fuente de muro semicircular. El agua sale por la boca de un león. En su respaldo fue colocado un banco de piedra.

 

 (Continuará)

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