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 BIOGRAFÍA DE COVADONGA (continuación)

Silverio Cerra (q.e.p.d.)

 

XV. CONTEMPLAR HOY A COVADONGA

 

El precedente estudio sobre Covadonga ha recogido, sobre todo, sus aspectos históricos, religiosos y culturales. Pero este recinto sacro estuvo, antes y ahora, enmarcado en un paisaje singular y concreto, donde conviven edificios, prados, carreteras, ríos o arbolados y, sobre todo, personas, unos cientos, que habitan aquí de modo estable, y cientos de miles que van pasando durante los meses del año. Es necesario atender a este ambiente inmediato para no dejar la impresión de que este Santuario, con largo pasado y denso presente, aparezca como una realidad sublime, pero instalada en un mundo distante y abstracto. Al comienzo se hizo un esbozo del marco geológico. Antes de terminar, se debe completar su conocimiento con un breve recorrido por el entorno geográfico y social que hoy se ofrece a nuestra vista.

 

El Repelao, antesala

 

Propiamente, Covadonga empieza en el Repelao, nombre que se da a la pradera original y al caserío que se alarga cerca del puente. Aquí tiene su principio la parroquia covadonguina. No es grande la población de este lugar. A la derecha de la carretera aparecen diversas viviendas. Todas ellas están dedicadas a hospedaje y restauración. Cerca del río se alza un edificio alargado con travesaños de madera en sus paredes. Es la estación del tranvía de vapor que desde Arriondas llegó hasta aquí entre los años 1908 y 1933. Ahora es oficina de turismo. El puente de piedra sobre el río fue construido en el año 1880. A su lado se alzan dos robustas columnas de piedra rosada, que antes estuvieron colocadas al comienzo de la plazoleta bajo la Cueva. El arquitecto Javier García Lomas las trasladó al actual emplazamiento para ampliar el acceso viario en aquel punto angosto. Estas pilastras troncocónicas recuerdan a los pilonos, de pylôs, puerta en griego, que escoltaban las entradas de los antiguos templos egipcios. Aquí advierten al viajero que entra en un ámbito nuevo, en el espacio religioso del Santuario de Covadonga.

A la izquierda se extiende la pradera semicircular del Repelao con una masa vegetal de castaños y otros árboles. Su relieve ondulado se debe al depósito de los sedimentos arrastrados por el agua monte abajo. El nombre es abreviatura de Rey-Pelayo. La tradición pone aquí su elección como rey de los cristianos sublevados contra la invasión musulmana. El momento de tan importante elección no está claro. Pudo haber tenido lugar antes, para elegirle jefe, o después de la victoria, cuando sus guerreros lo alzasen sobre un escudo aclamándolo rey. Al borde de este campo se levanta un obelisco de caliza rosada. Sobre el pedestal se asienta una columna rematada por la Cruz de la Victoria en bronce. Fue colocado por encargo de los duques de Montpensier e infantes de España, Antonio María Felipe de Orleans y su esposa María Luisa Fernanda, hermana de la reina Isabel II, cuando visitaron Covadonga el 15 de junio de 1857. Sobre el frente del pedestal se lee una inscripción conmemorativa, que parece inconclusa:

EN ESTE CAMPO DEL REPELAO,

DESPUÉS DE LA VICTORIA DE COVADONGA,

ANUNCIADA POR LA APARICIÓN DE LA SANTA CRUZ,

FUE PROCLAMADO REY DON PELAYO.

LOS SEÑORES INFANTES DE ESPAÑA,

DUQUES DE MONTPENSIER,

EN SU VIAGE A ASTURIAS Y VISITA A COVADONGA

EL DÍA I5 DE JUNIO DE 1857

MANDARON ERIGIR A SUS EXPENSAS ESTE OBELISCO

QUE SE INAUGURÓ.

 

Avanzando un breve tramo, aparece a la derecha la vega de Les Llanes con su típica casería de vivienda, panera y establo. Aquí aterrizó el helicóptero que el día 21 de julio de 1989 llevó al Papa Juan Pablo II a los Lagos. Ahora se proyecta construir desde esta pradera un transporte para elevar los viajeros hasta el nivel de Covadonga. En el horizonte se destacan las torres de la Basílica, cuyas agujas parecen flechas lanzadas al cielo, como invitando a seguirlas. Volvemos a caminar entre los ásperos taludes de la izquierda y la vegetación de ribera, cuyas verdes hojas parecen danzar movidas por el rumor del agua. Más adelante, aprovechando una curva que se adentra en el monte, se ha construido un aparcamiento. Desde aquí, arranca una senda que, por la margen derecha del río, asciende hasta desembocar bajo la Cueva. Este camino fluvial fue construido en 1999 por la Confederación Hidrográfica del Norte.

 

Covadonga también es un pueblo

 

Mas adelante, aparecen dos casas al margen derecho de la carretera. Una fue la vivienda y el laboratorio del fotógrafo Ramón García Sánchez, ayudante del beneficiado José González Merás, experto en fotografía, que dejó un archivo inmenso de su actividad gráfica referida a Covadonga en la primera mitad del siglo XX. Actualmente está dedicada a servicios de hospedaje. Desde la curva de la izquierda sale el sendero que asciende hasta la Cruz de Priena. Unos pasos después, en el lado izquierdo se alzan dos viviendas. Enfrente se extiende otro aparcamiento, en cuyo borde final sale otro camino que va hacia el antiguo Mesón y conecta con la senda de piedra que viene desde más atrás.

En la cerrada curva siguiente se cruza frente a un estrecho valle, cubierto de vegetación, en cuya cimera nace el reguero de La Gusana que fluye bajo el pequeño puente. Ahora nos enfrentamos a un tramo de camino sombrío y húmedo, entre el muro que sostiene el terreno y la fila grandes de árboles, arces, fresnos y acacias, que pueblan el talud que baja hacia el río. A su término, desembocamos en un espacio de sorprendente amplitud. Se abre un panorama que hacia nuestra derecha exhibe el Mesón, edificado en el año 1763 por el abad Campomanes. Sirvió como albergue de peregrinos hasta finales del siglo XIX. Luego fue hogar de la Escolanía hasta su traslado al Hostal Favila.

Más arriba destaca el edificio blanco de la Casa-Escuela, edificada en 1886 para escuela de primaria y residencia de los maestros. Encima se despliega el bosque que tapiza la ladera del Cueto coronado por los bellísimos ábsides de la Basílica. Sigue hacia el Sur el frondoso arbolado del Jardín del Príncipe. De frente se yergue el bosque de hayas que cubre el monte Auseva sobre los tejados de la Colegiata y el borde superior de la Cueva hasta la cresta que culmina en Orandi.

Abajo aparece la línea de las restauradas Casas de los Músicos y a nuestra izquierda aparecen dos restaurantes. Siguiendo unos metros adelante, hacia la izquierda sale la carretera de los Lagos en cuyo margen, más arriba, están asentadas varias casas familiares. En la plazoleta del cruce hay un restaurante y a su lado derecho funcionan varias tiendas de recuerdos.

Cruzamos el puente sobre el bullicioso torrente del Reinazo que poco más arriba brota, alborotado, de unas grietas del monte llamadas desde antiguo Ojos del Reinazo. Sigue el muro defendiendo la carretera de los derrumbes. A la derecha se alza solitaria la Casa del Inglés, que después fue cuartel de la guardia civil y ahora es un restaurante. Pocos pasos adelante, entre la vieja senda y el río, aparece una casa alargada, construida en 1930 y ampliada en 1983. Es la residencia de las teresianas. Una placa en su fachada recuerda que San Pedro Poveda, canónigo de Covadonga desde el año 1906 hasta 1913, fundó aquí la Institución Teresiana, una fraternidad de mujeres, dedicadas, sobre todo, a la educación. Desde Covadonga y Oviedo han extendido su acción por España y otros muchos países. Para estas señoritas el Santuario es un lugar constante de encuentro, pues significa su cuna original. Aquí reside siempre un grupo de ellas, que cuida altares, vasos sagrados, ornamentos y, sobre todo, atiende el espacio inmediato a la Santina.

 

El entorno de la Cueva

 

Unos metros más delante entramos en la plazoleta abierta bajo la Cueva. Allí sorprenden las bellas esculturas de dos leones blancos, acostados y durmientes, postura que invita a muchos niños a sentarse sobre ellos. Sus figuras, talladas en el apreciado mármol italiano de Carrara, son obra de Marchessi, discípulo del escultor neoclásico Antonio Canova. La perfección del acabado y la armonía de las líneas reflejan la consumada maestría del autor. Llegaron aquí desde un pazo de la villa coruñesa de Betanzos por disposición del Patronato Nacional de Covadonga. Donde termina el muro, a la izquierda, sale la antigua carretera hacia los Lagos. Caminando por ella un pequeño trecho, se inicia la senda que lleva, tras una hora escasa de subida, al hermoso valle de Orandi con su vega de pradera cruzada por el río y el círculo de sierras calizas que lo rodean. Un poco más arriba, antes de llegar a la carretera nueva, se encuentra el cementerio actual, presidido por un crucero.

La plazoleta bajo la Cueva es obra de Ventura Rodríguez en el siglo XVIII, así como el muro de la derecha sobre el valle, con su banco de piedra, y su desagüe por donde se precipita el agua que sale del Pozón. Cuando la corriente es grande, origina en su salida una blanca catarata de agua, que salta como una sorprendente cola del caballo. El embalse, donde se precipitan los chorros que bajan de Orandi, fue ampliado en 1945. Por una apertura del muro de la carretera, que da al Jardín del Príncipe, llega la senda fluvial que viene bordeando el río.

Sobre el borde izquierdo del estanque, va un rústico sendero de piedra, mejorado en 1945, que acerca hasta el fondo donde brota un chorro de agua desde la roca. Menéndez Pidal puso en la pared una Cruz de la Victoria por cuyo centro salta el agua que, recogida en una taza, echa siete chorros sobre la pila octogonal. Un ancho pretil rodea la base de esta fuente de los Siete Caños, que la tradición popular acabó llamando la Fuente del Matrimonio. Así dice una copla muy repetida:

La Virgen de Covadonga

tiene una fuente muy clara.

La neña que della bebe

dentro del año se casa.

 

Desde la plazuela, mirando hacia el frente, se descubre una perspectiva total de la Cueva, con el saliente rocoso que la sostiene y la barandilla de hierro que la protege. Hacia el centro, aparece la brillante imagen de la Santina presidiendo el conjunto. En el ángulo izquierdo destaca la pared levemente dorada de la Capilla-sagrario donde se refugia la imagen en tiempo de tormenta o excesiva humedad. En la pared rocosa de la izquierda, a unos metros de la Cueva. en una oquedad rectangular aparece una cruz de madera colocada allí en el año 1893 por Ignacio el Quemau, vigoroso pastor de Cangas de Onís, que, para llegar, descendió por una cuerda colgada de la pared.

A la derecha del Pozón, junto a la esquina de los muros protectores de la Colegiata, arrancan los 104 peldaños la Escalera del Perdón o de las Promesas, así llamada porque muchos devotos la suben de rodillas en señal de penitencia o para cumplir una ‘promesa’ hecha a la Virgen cuando se le pidió alguna gracia. A su mitad, en el descanso, se abre una tienda de recuerdos. A lo largo de esta escalera se alza la pared de la Colegiata de San Fernando, construcción de gran valor artístico, que encierra un claustro con varios mausoleos. Al subir y tropezar con la peña se descubre a la derecha la puerta de férrea rejería que permite contemplar los arcos de su claustro.

Si volvemos abajo y tomamos la escalera de piedra pegada a los muros de protección de la Colegiata, al llegar arriba aparece a nuestra izquierda un sillón de piedra, que recuerda el canapé del abad Campomanes. El nuevo sillón y la fuente se explican en el siguiente texto:

FUENTE Y CANAPÉ CONSTRUIDOS EN 1954

EN MEMORIA DEL SANTO AÑO MARIANO,

APROVECHANDO EN SU REMATE PARTES

DEL ANTIGUO CANAPÉ DEL ABAD CAMPOMANES

EL canapé original estaba inicialmente al borde de la calzada desde la Riera, que se hizo en 1777, mejorando la anterior senda. Menéndez Pidal lo colocó aquí y le añadió una fuente. El agua sale de la boca de un león y rebota por dos grandes conchas de piedra hacia el depósito inferior. En un medallón del primer monumento aparece la inscripción conmemorativa:

REINANDO LA MAGESTAD DE CARLOS III

Y SIENDO ABAD DE ESTA COLEGIATA

DON NICOLÁS ANTONIO CAMPOMANES Y SIERRA

SE FABRICARON LAS ESCALERAS DE ESTA IGLESIA,

EL PAREDÓN QUE LAS SOSTIENE,

LOS PUENTES DEL MOLINO Y BAJO DEL SANTUARIO

Y LAS CALZADAS DESDE LA RIERA A ESTE SITIO

AÑO 1777.

De frente se extiende una plazoleta que tiene a su izquierda la entrada de la Colegiata. A mano derecha aparece la puerta de la Casa de Ejercicios, construida en los años 40 del siglo XX. Los dos portales tienen una estructura similar y las paredes reflejan una disposición casi simétrica en sus elementos. De frente, se abre un pasadizo por donde sube una escalera cavada en la peña que, atravesando la abertura del crucero, conduce al túnel de la Cueva. Volviendo hacia arriba, aparece la fachada rectangular del Hotel Pelayo, primer gran hotel construido en Covadonga. Aquí, girando hacia la izquierda, bajo sus comedores acristalados, encontramos otra escalera de renovados peldaños de piedra, que nos guía hasta la carretera junto a la senda del túnel y frente a la explanada del Hostal Favila.

 

El camino hacia la Basílica

 

El camino rodado hacia la Basílica parte de la plazoleta bajo la Cueva y sigue la carretera, que progresa entre un imponente muro y los grandes árboles del Jardín del Príncipe. A medio camino, a la izquierda, sube una escalera de hierro hasta la calle que pasa ante la puerta del Hotel Pelayo. En la curva ya vemos encima la fuerte muralla que protege la meseta superior y el edificio de la Basílica. Unos metros más adelante, una amplia escalera de piedra nos permite acceder directamente a la plaza que se abre entre la fachada del templo y la Casa Capitular. Inmediatamente, hacia la izquierda se abre el acceso hacia el Hotel Pelayo, cuyo costado norte aparece ante nuestra mirada, y, siguiendo, se llega a la Colegiata y a la Casa de Ejercicios.

Avanzando un trecho, con la fachada posterior del Hotel a la izquierda, vemos cómo se cierne sobre nosotros la Campanona. Esta gran campana de bronce se fundió en el año 1900 en los hornos de Duro Felguera. Sus tres metros pesan cuatro toneladas. Recibió un premio en la Exposición Universal de París en 1901. El autor de sus relieves fue el escultor italiano Saverio Sortini. Sus donantes al Santuario fueron Sizzo-Noris, conde italiano, y Luis González Herrero. Las figuras en relieve que recorren su exterior representan escenas religiosas. Dos pilastras de piedra rojiza, que sostienen un triángulo de vigas reforzadas con aros de hierro, configuran el sólido bloque que la soporta. Una pieza de cuatro ángeles unidos engancha la campana a las barras metálicas que abrazan el vértice central de las vigas. Su plataforma, con una verja protectora de hierro, permite una magnífica visión panorámica de las casas, la Basílica y las montañas del entorno.

Después de la curva, se abre la grandiosa explanada del Hostal Favila con una farola en el centro. El círculo de piedra que la rodea es el eje de giro del tráfico rodado. Este espacio se despliega dominado desde el fondo por la fachada rectangular del hostal. Éste tuvo su comienzo en 1920. Luego, ante las dificultades económicas para continuar la obra, dos capitulares viajaron a los centros asturianos de América para pedir limosnas que ayudasen a terminar un albergue de carácter popular. El edificio, bajo dirección de los arquitectos García Lomas y Manchobas, fue concluido e inaugurado en 1931. Desde 1950 hasta 1968 estudiaron aquí los dos primeros cursos del Seminario Menor de Oviedo. En 1950 se construye su hermosa capilla con presbiterio semicircular y ábside decorado por Paulino Vicente. Durante varios años fue sede de los cursillos de verano de los seminaristas mayores. Hoy, la parte derecha es sede de la Escolanía y, en la otra mitad, expone el Museo de Covadonga sus colecciones.

A la izquierda de la explanada se eleva una meseta poblada de arbolado, con una escalera de piedra para subir hacia ella. En su centro está construido un hórreo, símbolo del mundo agrícola asturiano, dedicado a servicios de hostelería. Siguiendo el sendero hacia la izquierda, se accede al punto extremo de esta colina donde tiene su ubicación la Campanona.

Al fondo, se ha construido una torre con aire de fortaleza, que sirve para que la Guardia Civil permanezca cobijada en este espacio, desde el cual puede observar el trafico y atender a cualquier problema que surja. A la derecha de este edificio, empieza el camino que, cruzando el bosque, sube hasta Peñalba, cuyos prados y edificios se pueden ver cerrando el horizonte en un rellano que tiene un agudo cerro a su izquierda. En la parte derecha, al iniciarse este camino, se alarga un edificio de ladrillo. Es la Casa del Jardinero, destinada a vivienda, garaje, almacén y aseos.

Retornando hacia la Basílica, vemos una manzana de casas de habitación para los canónigos y otros servidores del Santuario. Las anteriores viviendas habían sido levantadas en el siglo XIX. El paso del tiempo y la irregularidad de las construcciones exigían una urgente renovación. Ya en 1928, al ser tiradas dos casas para ensanchar la espacio ante el Favila, se construyeron otras dos sobre el borde del Cueto, detrás del conjunto. Los edificios restantes fueron derruidos totalmente en 1961, siendo arquitecto del Santuario Javier García Lomas y su hermano Miguel Ángel García Lomas, Director General de Arquitectura en el Ministerio de la Vivienda.

Barridos los viejos inmuebles, se construyó, dejando más espacio para la avenida hacia la Basílica, una línea de ocho viviendas entre dos edificios mayores en sus extremos. El conjunto fue planificado teniendo como puntos de referencia al edificio basilical y al Hostal Favila, en cuyo espacio intermedio se iba a levantar. Se concibió un plan coherente y armónico para que en los edificios resultantes no desentonasen ni los materiales ni las formas. De este modo, la perspectiva final del bloque edificado no provoca disonancias sino encaja en el entorno por un adecuado uso de la piedra y el color. Allí se ubican hogares, tiendas, lavabos, teléfonos, correos y otros servicios. Se ha creado un deambulatorio bajo las viviendas, donde se pueden refugiar los peregrinos en caso de lluvia o sol intenso.

A la vez, partiendo de la vieja carretera, se creó una amplia avenida entre la explanada y la plaza de la Basílica. Se dispusieron aparcamientos y, sobre todo, una serie de jardines separados por pasillos que abren espacios de color y frescura entre tanta piedra. Esta impresión es reforzada por la fuente, construida en 1896, en medio de una masa arbórea, cuyo chorro sale de la boca de un león. Estas obras se completaron con mejoras sustanciales en la iluminación eléctrica, en el alcantarillado y en la traída de aguas con beneficio general para todo el vecindario de Covadonga.

La plaza ante la Basílica resultó también mejorada. Se cerró al tráfico. Se renovó el pavimento. Se edificó la nueva Casa Capitular, que comprende sala de conferencias, sala de estar, biblioteca y Salón de Recepciones, con decoración de Paulino Vicente. La fachada rectangular con sus sillarejos rosados y su perfecta simetría crea una impresión de fuerza. Cerca de la esquina izquierda, una placa, sujeta con cuatro clavos, recuerda la primera visita oficial a Covadonga de Don Felipe de Borbón, como Príncipe de Asturias:

S. A. R.

EL PRÍNCIPE DE ASTURIAS

DON FELIPE DE BORBÓN

VISITÓ EL REAL SITIO

DE COVADONGA,

CUNA DE LA RECONQUISTA DE ESPAÑA,

CON SS. MM. LOS REYES.

24, SEPTIEMBRE, 1980.

En el centro de la fachada, sobre la puerta, resaltan las grandes dimensiones de una moldura circular en relieve, rematada por una magnífica corona. Su cuerpo se divide en dos partes con un escudo en cada una. En la primera figura el blasón de España. La segunda corresponde al escudo propio de Covadonga sobre el que destacan la cruz de roble, exhibida en la batalla, y el anagrama de Nuestra Señora sobre la media luna invertida y con doce estrellas. Gerardo Zaragoza fue el tallista de esta joya pétrea.

El mismo escultor realizó la estatua en bronce de Pelayo que, a la izquierda de la plaza, se yergue sobre la montaña del fondo. En el plano superior del pedestal de piedra rosada, prisma cuadrado cuyos lados lisos y ángulos rectos reflejan dura firmeza, el jefe de los astures escondidos en los bosques de alrededor, espada en mano, se afirma sobre su pierna derecha, avanza la izquierda y, levantado el brazo, rechaza la oferta de rendición que le hizo don Opas. La respuesta que le gritó, aún resuena en las letras de bronce que corren por la franja que ciñe la piedra: “Nuestra esperanza está en Cristo y este pequeño monte será la salvación de España”. Detrás, sobre él, se alza la Cruz de la Victoria, cuyo metal cubrió en el año 908 la cruz de roble que le acompañó en la batalla.

Dominando su plaza, se eleva, fina y sólida, la fachada de la Basílica, escoltada por las dos grandes torres, que se describen en párrafos anteriores. Esta plaza y el paseo alrededor del templo ofrecen una tribuna para contemplar el paisaje circundante donde se entrecruzan rocas, bosques, prados, valles y montañas con mil combinaciones en sus líneas, formas y colores. Ninguna cámara fotográfica agotará los ángulos que se ofrecen. La contemplación lenta de este despliegue ofrece, en todas las estaciones del año, ocasión para sentir y vivir los encantos del mundo natural, que, al fin, son reflejos pálidos de la belleza infinita de Dios.

(continuará)

 

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