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        Crónica de 1952-1954

                Seminario menor de Covadonga en 1952-54
Evaristo Angel Medina Alonso  

 

                


Todas las líneas del presente artículo se han redactado exclusivamente con los recuerdos y vivencias que, después de más de 50 años, permanecen en la memoria del autor de su estancia en el Seminario Menor de Co­vadonga en los dos cursos mencionados, sin más apoyo documental que sendas relaciones de matrícula de dichos cursos.

Por tanto sólo señalaré aquellos recuerdos (generalmente los más agradables) que han persistido en mi memoria hasta el momento presente, omitiendo aquellos otros (generalmente los menos atractivos o aquellos que el tiempo inexorable ha relegado al olvido) de los que no tengo memoria en este momento.

Es posible, incluso, que algunos aspectos estén mal situados cronológicamente y que lo que sucedió y lo que sucedió en un curso lo consigne en otro, pero espero que los compañeros con los que tuve la alegría de compartir aquellos años sepan disculpar estos fallos.
 

       

                                                                                                                                                        

 Seminario
Covadonga
 

CURSO 1952 - 53

 

Era el 1 de octubre de 1952, miércoles, cuando un total de 101 alevines de seminaristas, pro­cedentes de todas las partes de Asturias, desde el Eo hasta el Deva y desde el cabo Peñas a! puerto de Pajares, arribábamos a la explanada de Covadonga para comenzar nuestros estu­dios en el Seminario Menor.

 

Muchos llegaban solos, después de un largo viaje (ías comunicaciones entonces desde distintos lugares de la provincia con Cangas de Onís y desde Cangas de Onís a Covadonga eran difíciles y escasas), cargados con la maleta y con el colchón a cuestas (cada uno tenía que llevarlo desde su casa); otros Íbamos acompañados de nuestros padres (muy pocos en coche particular).

Además de los niños y muchachos procedentes, como he dicho, de todos los lugares de Asturias, había también otros procedentes de la provin­cia vecina y hermana de León ¡pueblos perte­necientes a los ayuntamientos de La Robla, La Magdalena, Barrios de Luna, San Emiliano, Vilíamanin y Valencia de Don Juan, entre otros) y de la no menos vecina provincia de Lugo (fundamentalmente los pueblos con epicentro en Fonsagrada) y de la provincia de Zamora (zona de Benavente), ya que entonces todos esos lugares pertenecían eclesiásticamente a la Diócesis de Oviedo.

Creo que en toda la historia del Seminario la promoción 1952-53 ha sido la más numerosa de todos los tiempos.

El Seminario Menor de Covadonga se había instalado en el antiguo Hotel Favila el año anterior (hasta entonces estaba instalado en Valdediós, en lo que hoy es el Monasterio Cisterciense de Santa María de Valdediós y donde también había estado instalado el Se­minario Mayor hasta su traslado a Oviedo en el año 1951) por iniciativa del entonces Obispo de la Diócesis, Francisco Javier Lauzurica y Torralba, posteriormente primer arzobispo de Oviedo en el año 1954, un hombre enamorado de Covadonga y de la Santina, a quien se debe el resurgimiento del Santuario y numerosas obras realizadas en el mismo en aquellos años, algunas, desgraciadamente, todavía inconclu­sas en el momento actual.

El edificio del Seminario estaba, en su aspecto exterior, casi exactamente como ahora en que alberga la Escolanía y el Museo de Covadonga. Constaba (y consta) de un cuerpo central de bajo y tres pisos (el último con corredor tipo asturiano) y dos alas a cada lado del cuerpo principal, también de bajo y tres pisos (e! último, abuhardillado).

Entrando por la puerta principal había, a izquierda y derecha, dos pequeñas habitaciones destinadas a salas de visita

Enfrente se accedía al Salón de Actos. Al lado había otra puerta por la que se pasaba a la cocina y dependencias anejas y, por escalera descendente, a las dependencias de las Monjas, en las que había también una pequeña capilla para sus devociones y en la que decía diariamente la Misa el rector.

A la izquierda de la entrada principal estaba el Comedor y a la derecha el Salón de Juegos. En la parte principal del primer piso estaban las habitaciones y despachos del rector y del administrador.
 

Enfrente, a la derecha, junto a la escalera de acceso al 2° piso, estaba la habitación y despacho del Padre Espiritual y, enfrente, otro local que, al curso siguiente, se convirtió en la Sacristía de la Capilla del Seminario. A la izquierda, el Salón de Estudio; a la derecha, tres aulas.

En el segundo piso, en el cuerpo principal, estaba la habitación y despacho del secretario. Al lado, una habitación rnás grande, con despacho y capilla privada, destinada al obispo cuando venía a visitar el Seminario (una o dos veces en cada curso, y con estancias más prolongadas durante el cursillo de verano y la Novena de Covadonga) o al rector del Seminario de Oviedo, cuando venía también de visita.

A izquierda y derecha de este segundo piso ocupaban las dos alas laterales los espacios destinados a dormitorio. Estos espacios estaban abiertos y divididos, a uno y otro lado del pasillo, en camarillas, con un pequeño lavabo delante y armarios para guardar ropa y maletas. En cada división había tres camarillas, con cortinas por puerta, a uno y otro lado del pasillo.

Cada camarilla permitía que cupiese mínimamente una cama de 80 cm y una mesita.

Al fondo de la planta había tres huecos, uno más grande en el centro donde se ubicaban las duchas (se usaban una vez a la semana, el sábado) y los servicios, y otros dos más pequeños a cada lado destinados a albergar a los seminaristas (tres en cada habitación) de mayor edad.

La asignación de los dormitorios se hacía rigurosamente por cursos, de manera que en un ala del segundo piso estaban los alumnos de 2° curso, en la otra, parte de los del curso 1º y en el tercer piso (abuhardillado) el resto de los alumnos del curso 1° (especialmente, los más pequeños).

En la parte principal de este tercer piso estaban los despachos y habitaciones de los prefectos de disciplina, don Ananías y don  Óscar

Al llegar el primer día de curso nos fueron asignando las camarillas y, después de colocar el colchón y el equipaje, nos bajaron a la Sala de Estudios. Allí iban a presentarnos e íbamos a empezar a conocer a los que iban a ser nuestros profesores.

En primer lugar el rector (o mejor protorector, dado que el rector titular del Seminario Menor y Mayor, era el del Seminario de Oviedo)

 CÉSAR MARQUÉS, un sacerdote "pixuetu", muy elegante y atildado y muy preocupado por la amenazante alopecia, a la que combatía con dosis generosas de loción de azufre Veri. Don César fue nombrado al año siguiente Canónigo de Covadonga (aunque simultaneándolo con el Rectorado) y mantuvo dicha dignidad hasta el fin de sus días, aunque durante un tiempo fue también director de la Casa Sacerdotal de Oviedo.

 

 

 

Era una persona de gran autoridad (no autoritario) y muy exigente como profesor, impartía Latín a los alumnos de 2° y siempre había algún alumno que tenia que repetir dicho curso por el Latín de don César. Falleció hace poco tiempo.

 REMIGIO LÓPEZ GARCÍA, administrador, per­sona exuberante, muy preocupado porque profesores y seminaristas tuviéramos todo lo necesario, pese al escaso presupuesto, pero controlador riguroso y minucioso del gasto. "Ira don Remigio" cuando alguno rompía algo era una prueba superior a los trabajos de Hércules. Bajo un semblante distante en apa­riencia, escondía un corazón de oro. Fue nombrado Canónigo de Covadonga a la vez que don César y murió relativamente joven.

 RAMÓN IGLESIAS GARCÍA, secretario y profesor, gran latinista, persona elegante de físico menudo. Pasó posteriormente al Seminario Mayor (Latinos) como prefecto de disciplina y profesor de Lengua y Literatura. Fue luego Secretario particular del cardenal Tarancón en su época de arzobispo de Oviedo y terminó su vida activa como párroco de Santa María la Real de la Corte, en Oviedo, impulsando decisivamente la restauración de este templo. Está actualmente retirado y reside en la Casa Sacerdotal.

 ANANÍAS ALONSO DOMÍNGUEZ, joven sacerdote leonés (se había ordenado en 1951}, prefecto de disciplina, profesor de Matemáticas y de Geografía e Historia, exigente, fuerte. A veces "soltaba la mano" como un consumado jugador de frontón. Al año siguiente fue nombrado director de la Casa de Ejercicios de Covadonga pasando a residir en la misma, pero continuó impartiendo las asignaturas citadas. Fue profesor de Religión posteriormente en un Instituto de Gijón y también falleció recientemente.

 ÓSCAR DE LA ROZA COTO, sacerdote langreano, prefecto de disciplina y profesor de Latín, Lengua y Música. Había estudiado en la Universidad Pontificia de Comillas. Posteriormente pasó al Seminario Mayor, del que llegó a ser vicerrector. Fue luego nombrado párroco de San Francisco de Asís, en Oviedo, hasta su jubilación. También recientemente fallecido.

 MANUEL FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, Padre Espiritual, ovetense de Pumarín, lo más parecido a un santo que podíamos imaginar en aquellos años, todo corazón, entrega y bondad. Posteriormente fue, hasta su jubilación, primer párroco de San José de Pumarín, en Oviedo. Continúa asistiendo a los partidos de! Real Oviedo, del que es socio y forofo.

 Un día especial en este comienzo de curso fue e! 5 de octubre, domingo.

Para asistir a la misa conventual solemne en la Basílica de Covadonga íbamos a estrenar la sotana (para la vida diaria en el Seminario usábamos ropa normal, con un mandilón gris/verdoso sobrepuesto).

El conjunto consistía en sotana negra con esclavina, fajín azul (en honor a la inmaculada) a la cintura y bonete con pompón también azul.

Para las misas y actos litúrgicos solemnes se sustituía la esclavina por roquete, con bordado en la parte inferior.

Fue todo un espectáculo: todos nos mirábamos unos a otros y, quien más, quien menos, cada uno se imaginaba ya como un futuro cura.

 La vida diaria en el Seminario se ajustaba, más o menos, al siguiente horario:

7.00: Levantarse y aseo

7.30: Oraciones de la mañana, meditación y

Santa Misa.

8.30: Desayuno

9.00; Estudio

10.00: 1a clase (Latín)

11.00: 2a clase (Lengua)

12.00: Recreo

12.30: 3ª cíase: (Matemáticas/Geografía)

13.30: Comida y recreo

15.30: Estudio.

16.30: 4a clase (Religión/Música).

17.30: Merienda y recreo,

18.30: Estudio

19.30: Rosario.

20.00: Estudio

21.30: Cena

22.15: Últimas oraciones, aseo y acostarse.

 

LA MEDITACIÓN, era impartida diariamente por el Padre Espiritual, don Manuel

 LA MISA era oficiada, por turno semanal, por don Ramón, don Ananias y don Osear, auxiliados por dos acólitos (monaguillos) seminaristas, por riguroso orden alfabético, comenzando por los alumnos de 2° y siguiendo por los de 1°.

 LAS CLASES eran impartidas por los respectivos profesores, y los estudios, recreos, desplazamientos al comedor, a la Basílica... eran vigilados, también en turno semanal, por don Ramón, don Ananias y don Óscar.

Las clases eran duras y exigentes y, dado el nivel heterogéneo de conocimientos y de edades de los seminaristas, había compañeros a los que les costaba un gran esfuerzo.

Sedaba especial importancia al Latín (gramática y traducciones) y a la Música, pero también se trabajaba a fondo el resto de las materias.

 

 

 

 EL CURSO duraba 10 meses, desde octubre a junio, sin poder ir a casa ni por las vacaciones de Navidad ni en Semana Santa. En el verano, el mes de agosto los latinos (hasta 4° inclusive) realizábamos el curso de verano en el Seminario Mayor de Oviedo; los de 5° en adelante realizaban el curso de verano precisamente en Covadonga.

Durante el curso de verano en Oviedo, nos alojábamos en las habitaciones individuales de los teólogos, en la parte central del Seminario, lo que nos "prestaba" mucho.

 LOS TEXTOS de Geografía, Historia y Religión eran de la editorial marista Edelvives, de Zaragoza; los de Latín y el Florilegio para las traducciones, de la editorial jesuíta Sal Terrae, de Comillas, y del autor Julio Cenzano el de Matemáticas.

EN RELIGIÓN se estudiaba, además, de memoria absoluta, el Catecismo del Padre Astete. Para las traducciones de Latín nos auxiliábamos la mayoría del diccionario latino-español de la editorial Vox, aunque algunos pocos, por tener hermanos o tíos sacerdotes, manejaban ya el descomunal diccionario de De Miguel.

EN LENGUA CASTELLANA, don Óscar, muy aficionado a la lectura, nos leía en ocasiones poesías extraídas del libro Las mil mejores poesías de la Lengua Castellana, que luego nos hacía memorizar. Hay un compañero, Alfonso Rodríguez, gijonés, que aún recita de memoria en el día de hoy poesías aprendidas en aquel tiempo, como El Piyayo, de José Carlos de Luna; A Kempís, de Amado Ñervo; La canción del pirata, de Espronceda; Una cena, de B. Del Alcázar y de otros poetas, como los Quintero, Campoamor, Gabriel y Galán, Iriarte y Samaniego, Lope de Vega, los Machado y un largo etcétera. Otros días nos leía algún capítulo de un libro, sobre el que luego había que hacer una redacción al día siguiente.

Recuerdo que en una ocasión nos leyó el capítulo I de la novela del Padre Coloma Pequeñeces y nos mandó hacer a los dos días una redacción recordando lo más posible todo lo leído.

Hubo un compañero que transcribió casi exactamente el capitulo entero (incluyendo la poesía que comenzaba: "Dulcísimo recuerdo de mi vida,/ bendice a los que vamos a partir... /¡Oh, Virgen del Recuerdo dolorida,/ recibe Tú mi adiós de despedida,/y acuérdate de mí...!"..

Don Óscar se "mosqueó" y revolvió todos ios libros del compañero, sospechando que éste tenía dicho libro, pues le parecía imposible tal exactitud: El pobre compañero no había oído en su vida hablar ni del Padre Coloma, ni de Pequeneces ni de nada parecido.

De la dureza, a veces, de los estudios, pueden dar idea dos ejemplos:

En primer curso, el examen final de Geografía para los alumnos que aspiraban a obtener matricula o accésit consistió en (sin mapa mudo ni nada) situarse en el cabo Norte, en Suecia, e ir recorriendo todo el contorno europeo hasta el mar de Azof, señalando mares, golfos, estrechos, cabos, islas, penínsulas, ríos, países, etc.

Por cada omisión restaba 0,10 puntos. Pese a ello, don Ananias se vio negro para seleccionar matrículas y accésit.

En 2° curso el examen final de Historia, en las mismas condiciones, consistió en señalar los tratados de paz firmados por España con otras naciones durante los reinados de los Austrias, señalando naciones firmantes, territorios ganados y perdidos... con idéntica merma de 0,10 puntos por cada omisión.

LAS SESIONES DE ESTUDIO (cinco horas diarias, además de las clases) resultaban particularmente cansadas. Utilizábamos entonces palilleros con plumilla (no se conocían los bolígrafos y las plumas estilográficas eran un lujo fuera de nuestro alcance), que mojábamos en el tintero del pupitre. Dicho tintero había que rellenarlo de la botella de tinta y raro era el estudio en que algún compañero no tenía que recurrir a la bayeta por haber derramado la tinta.

También eran frecuentes alumnos castigados (de pie y, a veces, de rodillas) por hablar en el estudio o entretenerse sin estudiar.

Mensualmente nos llevaban al Salón de Actos. Se constituía la Mesa, presidida por el rector, acompañado de todos los profesores. Por riguroso orden alfabético y de cursos, cada alumno se ponía en píe y el rector le decía las notas obtenidas en ese mes, empezando por las académicas (Latín, Lengua, Matemáticas...) concluyendo por las notas obtenidas en Conducta, Piedad, Aplicación y Urbanidad.

,En algunos casos la lectura de las notas iba seguida de una riña o, incluso, "bronca" pública, que el afectado recibía con la cara roja y la cabeza humillada.

LOS RECREOS, si no llovía, los alumnos se rrepartían entre los que preferían ir al Salón de Juegos y los que salían a la explanada a jugar al fútbol o a pasear hasta la Basílica, la Santa Cueva, etc...

EN EL SALÓN DE RECREO había diversos juegos como ajedrez, damas, tres en raya, parchís, la oca, palé... y dos mesas de ping-pong. Una mesa estaba destinada a los principiantes y otra a los aventajados. Cuando un alumno destacaba en la rnesa de los principiantes (el que ganaba la partida continuaba jugando hasta que perdía y podía pasarse dos o tres días jugando ininterrumpidamente), se llamaba a don Ramón, quien jugaba una partida con el "campeón"; si éste le ganaba, don Ramón le autorizaba a pasar a la mesa de los aventajados.

Recuerdo como excelentes jugadores a dos compañeros de 2° curso: el gíjonés Baldomero Pérez Méndez, hoy director del Orfeón de Mieres, y al ovetense José Luis González. José Luis era hermano de Julio González, campeón de Asturias de ping-pong durante muchos años y que, junto a Emilio Rico, escribió las mejores páginas del tenis de mesa de Asturias.

En la Sala de Juegos había, además, en un rincón, una pequeña tienda, atendida por los compañeros Álvarez Rey y Pérez Barcia, donde nos vendían cuadernos, lapiceros, gomas...

Si no llovía demasiado (algo casi diario en la Covadonga de aquellos años) se desarrollaban grandes partidos de fútbol en la explanada del Seminario (en la que entonces no había un solo coche aparcado y que, por tanto, era toda para nosotros.)

 Entre los compañeros había algunos que ya despuntaban por sus habilidades futbolísticas. Recuerdo, por ejemplo, a Enrique Iglesias, capitán del equipo, que jugaba, mas o menos, de "6", al estilo de Saquero; Cholo Fernández, sotrondino, defensa central "libero" al estilo de Santamaría; Constantino Marrón, somedano, con un excepcional remate de cabeza, tipo Santillana, pero muy propenso a roturas de brazos; César Rodríguez Aller, langreano, fino interior derecho; Carlos Capellán, Llostrín, interior izquierda, tipo Panizo; Jesús Faya, langreano, exterior zurdo retrasado, al estilo de Carlos Lapetra; Manuel Suárez, lenense, defensa central marcador, tipo Gallego; Ángel M. Tablado, gijonés, portero sobrio, estilo Carmelo, y un largo etcétera.

En los recreos había también la costumbre (al menos una vez al día) de ir voluntariamente a hacer una visita al Santísimo en la Basílica (el primer año no había Capilla en el Seminario).

En el recreo de después de la merienda, también de forma voluntaria y en grupos de tres o cuatro, íbamos hasta la Cueva a rezar a la Santina. Allí le rezábamos una Salve, tres Avemarias, precedidas de la jaculatoria "Madre mía de Covadonga, sálvame, sálvame y salva a España" y concluíamos con una oración que no volví a escuchar más ni figura hoy en las estampas que se venden en las tiendas del Santuario y de la que sólo recuerdo el comien­zo, que decía, más o menos, así:

Amorosísima Virgen Moría,

Soberano Emperatriz de cíe/os y tierra,

Hermosísima Reina de los Ángeles,

Madre y Abogada de los pecadores.

Oíd las súplicas que os dirigimos

en este sagrado sitio .

Desde e/ glorioso Trono

en que se halla vuestro Majestad excelsa

escuchad los ruegos que os elevamos

desde lo más hondo de nuestros corazones...

 Además de estos actos cotidianos de piedad (oraciones de la mañana y de la noche, meditación, Santa Misa, Rosario, visitas al Santísimo ya la Santina...) se adoptó también la costumbre de rezar diariamente el "Oficio Parvo de Nuestra Señora" en las filas, capilla... Nos hacía mucha ilusión porque nos parecía que era ya como rezar el Breviario, tal corno veíamos hacer a nuestros profesores y a los Canónigos de la Basílica.

 LA COMIDA era suficiente para la mayoría, ¡aunque a los alumnos mayores a veces les parecía escasa. El primer plato era, general|mente, a base de sopas, cocidos o potajes; el segundo plato a base de huevo (en singular) patatas fritas, o tortilla, croquetas, albóndigas, raramente pescado y algo de carne guisada los domingos y fiestas. De postre, fruta del tiempo, dulce de membrillo y en días más festivos, natillas, arroz con leche...

 La verdad es que las monjitas se esmeraban en la confección de las comidas, pese a la escasez de recursos (hay que pensar de qué fechas estamos hablando) y la parca economía del Seminario. Desde luego, los alimentos estaban mucho mejor condimentados que posteriormente en el Seminario Mayor.

Recuerdo unas empanadillas que hacían al horno; dentro sólo tenían las pobres dos o tres hebras de jamón: nos sabían a gloria y aún en mi paladar el recuerdo de su sabor. (Hay que pensar, además, el trabajo de hacer empanadillas para más de 200 personas, met:erlas al horno, etc.). Para servir las comidas había turnos alfabéticos de seminaristas; éstos comían después de haber terminado los demás, con lo que perdían parte del recreo subsiguiente a las comidas.

 Generalmente las comidas se hacían en silencio (salvo excepciones o festivos); durante la misma dos lectores se turnaban para leer en voz alta libros sobre vidas de santos o historias de aventuras convenientemente seleccionadas. Los más afortunados suplementaban la alimentación con los paquetes que les enviaban sus padres o les traían con ocasión de visita.

 Recuerdo a un compañero leonés, Melecio, que recibía unos paquetes de hogazas de pan y chorizo de León, que encerraba bajo siete llaves en su maleta, pero sin poder ocultar la fragancia que se extendía por todo el dormitorio.

Con cierta irreverencia, pero con mucha gracia le cantábamos, con la música del reciente Congreso Eucarístico de Barcelona (modificando, claro está, la letra) lo siguiente:

De rodillas, Melecio, ante el armario

que guarda cuanto queda de pan y de chorizo

venimos con el hambre en nuestros cuerpos

para que la calmes con un bocadillo.

¡Ten piedad de nosotros,

danos algo de pan

y un poco de chorizo

que es sabroso manjar.

 Los jueves por la tarde (y también los domingos por la tarde) había PASEO. Dirigidos por el prefecto de Disciplina de guardia semanal (a veces nos acompañaba también don Manuel y, excepcionalmente, don César) recorríamos los alrededores de Covadonga: Repelao, Asiento de los Canónigos, La Riera... Una o dos veces ascendíamos, por camino de herradura, empinado y pedregoso, hasta el monte Auseva. Cuando nos acompañaba don Ramón, éste llevaba siempre consigo un elegante bastón negro con puño de plata.

En ocasiones subíamos algo más por las montañas y encontrábamos pastores al cuidado de vacas y ovejas o guarecidos en sus cabañas. Eran siempre muy amables y contestaban con paciencia infinita a nuestras curiosas preguntas sobre sus vidas, costumbres, elaboración de quesos, atención al ganado, utilidad de los perros...

Cuando bajábamos hasta La Riera y alrededores, casi siempre regresábamos a Covadonga por lo que hoy se denomina la prevista variante de Muñigo; entonces sólo estaba trazada la caja estrecha y así continúa al día de hoy, más de 50 años después.

Una vez al curso el paseo duraba todo el día en plan de excursión. Recuerdo una a Orandi, el valle situado encima de la Cueva, donde se sume el río que cae luego en chorro en el estanque antojano de la Cueva, y otra a Corao.

A Orandi subimos por el camino empinadísimo que hay al lado de! cementerio de Covadonga (en la antigua carretera a los lagos).

En Orandi, uno de los compañeros perdió una alpargata en el concurso de salto del río y tuvo que recorrer parte del camino descalzo

hasta que uno de los profesores le prestó una alpargata sobrante.

En Corao, jugando al fútbol, un par de balones fueron río abajo, arrastrados fuertemente por la corriente, sin posibilidad alguna de rescate.

Cuando había estas excursiones de todo el día, a mediodía venía un camión que traía la comida a base de bocadillo de tortilla, empanadillas y manzana.

LOS DOMINGOS nos levantábamos media hora más tarde y, naturalmente, no había clases, aunque sí dos o tres horas de estudio, además del paseo vespertino ya mencionado. Aparte de la misa de la mañana, a las once acudíamos a la Misa Conventual en la Basílica, con sotana, roquete y bonete.

En las grandes solemnidades presidía la misa el abad de Covadonga; en los domingos ordinarios, uno de los Canónigos.

Eran asistidos, como diácono y subdiácono, por nuestros profesores, también por turno riguroso entre ellos.

En estas misas solemnes el número de acólitos seminaristas era más numeroso: además de los acólitos, actuaba el turiferario (el que llevaba y manejaba el incensario) y seis hacheros, que portaban grandes cirios para el momento de la consagración.

Así fuimos conociendo a algunos de los canónigos de Covadonga, entre los que recuerdo ahora a:

AMARO ALONSO CAMPAL, noreñense, abad de Covadonga durante muchos años; presidía las misas solemnes de las grandes festividades  y predicaba todas las homilías dominicales desde el pulpito, con verbo solemne y florido

MANUEL GARCÍA, magistral y párroco de La Riera, hombre muy culto y exquisito poeta (en este mismo numero Cayo González escribe breves notas sobre la poesía de don Manuel).

ALFONSO RIVERO, sacerdote afabilísimo con los seminaristas, a los que gustaba de explicar vida y costumbres de las abejas; él era un gran apicultor y tenía varias colmenas junto la pared de su casa.

VICENTE MARTURET, penitenciario. Al final de su vida se empeñaba en bendecir todos los coches aparcados en la explanada del Seminario y en el acceso a la Basílica.

EMILIANO DE LA HUERGA, leonés, organista excelente y compositor de obras sacras. También escritor (todavía hoy se vende en el Santuario su monografía sobre Covadonga). A la muerte de don Amaro fue nombrado abad de Covadonga, dignidad que ostentó hasta su fallecimiento y desde la que trabajó denodadamente por Covadonga y su entorno.

TEODORO CARDENAL, anterior párroco de San Juan de Mieres y luego Canónigo de Covadonga y  director de la Casa de Ejercicios, terminó su vida activa alcanzando la dignidad de arzobispo de Burgos.

Recuerdo todavía una emocionante predicación suya en la Hora Santa del Jueves Santo en que contraponía, hablando con Jesús-¡Eucaristía, el ¡Quédate, Señor! Con el ¡No te quedes, Señor!, los hombres no te van a visitar, van a blasfemar, van a cometer sacrilegios, no te van a dejar entrar en sus vidas...! ¡Quédate, Señor! Por las gentes sencillas, por los enfermos, por los religiosos y religiosas, por estos seminaristas que van a alimentarse de Ti...". Una prédica sublime y emocionante, pronunciada casi en susurro desde el pulpito, en el silencio de la noche y en las tinieblas de la Basílica, apenas sólo iluminado el Monumento del Jueves Santo.

Había algunos otros Canónigos cuyos nombres lamento no recordar en este momento. Corno he dicho hace ya varias líneas, en el curso 53-54 fueron nombrados Canónigos don César Marqués y don Remigio López, rector y administrador, respectivamente, del Seminario de Covadonga.

También había otros personajes célebres en la Covadonga de aquellos años, como Perfecto, el sacristán perpetuo de la Basílica, hombre aparentemente siempre malhumorado, pero muy atento con los seminaristas, y su yerno, García, fotógrafo oficial del Santuario.

A la Misa, tanto a la diaria como a la Conventual de domingos y fiestas, acudíamos con el misal bilingüe latino-español. Al principio, los misales eran más heterogéneos; a partir de 2° y luego ya en el Seminario Mayor se impuso con carácter prácticamente general el misal del Padre Ribera CMF.

Si bien la alegría y la despreocupación propias de aquellos años eran la nota predominante, no dejaba tampoco de haber sinsabores y contratiempos. Sólo menciono tres muestras:

1a: La dureza de la vida y de los estudios, la lejanía de la familia, la dificultad en adaptarse a la vida disciplinada, hizo que algunos compañeros abandonasen casi al principio. Algunos otros se escapaban aprovechando algún paseo o recreo y eran traídos nuevamente al Seminario con las orejas gachas y la subsiguiente riña de don César.

Recuerdo especialmente el caso de un compañero gijonés que se escapó aprovechando un paseo al Repelao y lo trajo al día siguiente desde Arriendas la Guardia Civil. Lo llevaron directamente a don César y desde su despacho -directamente a casa; no lo volvimos a ver más, afectando especialmente a un gran amigo suyo, Luis Ángel Fernández, también gijonés. Luis Ángel tenía una caligrafía casi perfecta y era el encargado de transcribir e ilustrar con dibujos las poesías que, semanalmente en el mes de mayo, componían los poetas oficiales del curso (J. A. Olivar y E. Medina} y que se colocaban en un cuadro en la entrada de la Capilla.

2": A mediados de curso murió la madre de nuestro compañero Manuel Rubio, tinetense, quien, por este motivo, tuvo que ir a casa tres o cuatro días. Era la primera vez que en nuestros pocos años vislumbrábamos la muerte tan cercana, y más tratándose de la muerte de una madre. Este hecho nos impresionó fuertemente.

Cuando regresó Rubio no sabíamos apenas cómo expresarle nuestras condolencias y casi tenía él que consolarnos a nosotros. Manuel Rubio, ordenado Sacerdote, sufrió luego una gravísima enfermedad renal contra la que luchó con ánimo y fe (incluso fue capellán de la Asociación de Enfermos Renales), pero desgraciadamente falleció y está enterrado en el Mausoleo de la Casa Sacerdotal en el cementerio de El Salvador de Oviedo.

3a: El frío: En Covadonga en aquellos tiempos hacía un frío impresionante. Del gran alero del tejado colgaban muchas veces carámbanos tan grandes como las mayores estalactitas de las cuevas de Valporquero o del Drach.

El invierno del año 52 hubo una nevada tan enorme que estuvimos más de una semana aislados, sin que pudieran subir ni panadero, ni lechero, ni nadie, y sin que nosotros pudiéramos salir del Seminario ni a los recreos ni a Misa en la Basílica (nos la "daban" en el Salón de Actos}.

Para entretenernos, el bueno de don Manuel y algunos alumnos mayores salían en los recreos al pequeño altozano donde hoy se hallan un bar y una gran campana y hacían bolas y muñecos de nieve y se dejaban caer en la misma, mientras nosotros, detrás de los cristales del comedor y del salón de juegos, nos reíamos a carcajadas.

También se hizo alguna representación de teatro asturiano en el Salón de Actos, despuntando como grandes actores compañeros como el citado Manuel Rubio o el noreñense Eloy Noval Junquera.

También en los recreos del tiempo de la gran nevada don Óscar nos llevaba a la sala de estudio y allí nos enseñaba canciones extraídas del libro Villancicos de Navidad, del Seminario de Logroño, como Campana sobre campana, Postores, venid, Fun, fun, fun, y otras muchas, y también canciones profanas como En la punta de un manzano...

Para la Misa Conventual del Domingo de la gran nevada, como no podían subir a cantar la Misa los escolanos, que entonces habitaban un edificio en la parte baja de Covadonga, más allá del parque y de la escuela, espalaron un camino desde la entrada principal del Seminario hasta la puerta de la Basílica, para que una docena de nosotros, más los acólitos, fuéramos a cantar la Misa. Nos llegaba la nieve más arriba de la cintura.

Fue una Misa casi fantasmagórica, con sólo los celebrantes y los acólitos, don Amaro predicando como siempre desde el pulpito y nosotros doce cantando desde el coro, con don Emiliano de organista.

Ese tiempo frío produjo, además de catarros y dolencias similares, una casi epidemia de sabañones en manos y pies, hasta el punto de que algunos tuvieron que quedar acostados en su camarilla varios días, solos y sin luz, sin más visitas que a la hora de traerles la comida. ¡Imagínense los pobres que teníamos la camarilla en el tercer piso abuhardillado, con las buhardillas tupidas por la nieve, solos y sin luz, tres o cuatro días allí! Incluso en la primavera del año 54, íbamos un día de excursión larga hasta los lagos y, al llegar al Mirador de la Reina, tuvimos que dar la vuelta, pues el espesor de la nieve sobrepasaba el metro, y eso en el mes de mayo.

Como ya he señalado al hablar de la excursión a Orandí, allí se sume en una gran gruta el río que luego cae al estanque por debajo de la Cueva. Hoy día, quizás porque las filtraciones se producen a un nivel más bajo, se ve únicamente un pequeño chorro. En aquellos años caían por debajo de la Cueva varios chorros a diferente altura y, sobre todo, un enorme y fantástico chorro central, que caía sobre el estanque con horrísono estrépito, oyéndose, en el silencio de entonces de Covadonga, en todo el recinto del Santuario.

Esto fue lo más destacado (al menos, lo que yo recuerdo) del curso 1952-53, "primer año -como me decía mi padre en la dedicatoria del misal que rne regaló con motivo de mi ingreso en el Seminario- de mi (nuestra) vocación sacerdotal".

 

 Curso 1953 - 54

 Como es natural, la vida diaria en este curso no era muy diferente a la del 52-53, por lo que la narración del mismo va a ser necesa­riamente más breve y sólo voy a consignar los hechos más relevantes y diferentes del mismo.

EL CURSO COMIENZA EL 1 DE OCTUBRE DE 1953, JUEVES.
 

De los 101 alumnos del curso anterior, nos presentamos ese día 73 (es decir, hubo, tanto a lo largo del curso como al final del mismo, 28 bajas).

A ellos se agregaron 8 nuevos alumnos, que se incorporaban directamente a 2°, sin haber cursado 1°, entre ellos, por ejemplo, Silverio Cerra, profesor luego de Filosofía en el Seminario Mayor y en la EUP, Enrique de Ossó hasta su jubilación y prolífico escritor y biógrafo; y Guillermo Mañana, de Carbayín, prestigioso médico y excelente montañero, autor de monografías sobre los Picos de Europa.

También se incorporaron ocho alumnos repetidores de 2° curso (¡el latín de don César!), entre ellos Elviro Martínez, hoy profesor jubilado del colegio La Inmaculada de Gijón y autor de varios libros sobre leyendas, costumbres canciones y gastronomía de Asturias.

Total, que el curso de 2° del año académico 1953-54 quedó formado por 89 alumnos.

También hubo una mínima variación en el profesorado. Como hemos dicho anteriormente, don Ananías, sin dejar sus clases de Matemáticas y de Geografía-Historia, pasó a ser Director de la recién inaugurada Casa de Ejercicios, siendo sustituido por el también sacerdote leonés don Horacio Domínguez Alonso, joven sacerdote ordenado en el año 1952.

Don Horacio, hoy retirado en León, fue durante muchos años párroco de San Antolín de Ibias, donde, parece ser, le tocó un buen pellizco de lotería en el sorteo de Reyes de hace unos años. También hubo cambios en la estructura del curso; en lugar del riguroso orden alfabético, la clase de Latín de don César se organizó con los alumnos que habían obtenido Notable y Sobresaliente en eí curso 52-53 ("Benerneritus" y "Meritissimus" en la terminología latina), mientras los aprobados ("Meritus"), repetidores y nuevos se incorporaban a la cíase dirigida principalmente por don Ramón, y don Óscar y don Horacio se encargaban corno profesores principales de los cursos de 1°.

Esto originó cambios en la distribución de las aulas: los dos cursos de 1° se ubicaban en las clases situadas en primer lugar en el ala derecha del primer piso; la clase de don Ramón en el aula del fondo del piso 1n y la clase de 2° de don César en la parte del fondo de la Sala de Estudios.

LAS ASIGNATURAS eran prácticamente idénticas a las de 1°, con el único cambio de Historia en lugar de Geografía. Por lo demás, la vida diaria, clases, comidas... eran prácticamente idénticas al curso anterior, con la única novedad de que ahora los de 2° éramos, a pesar de la escasa edad de la mayoría, los "veteranos" y podíamos permitirnos algunas bromas con los novatos de 1º, como hacerles "la petaca" en la cama o "mandarles a buscar el cordoveyu" en el parque aledaño a la Basílica.

Por supuesto, los que durante el curso 52-53 habíamos tenido la camarilla en el tercer piso abuhardillado, pasamos a tenerla en el 2° piso, dejando las buhardillas para los "pipiolos" de 1°.

Como hechos más relevantes del curso 53-54 destaco únicamente los siguientes:

1n: Construcción de la Capilla del Seminario, justo encima del Salón de Actos del piso bajo.

Una capilla hermosa, con un enorme ventanal en semirrotonda mirando al monte Auseva, con altar exento, que permitía, en ocasiones, decir la misa cara a los fieles (el Obispo Lauzurica era muy partidario de este tipo de altares, no habituales en aquellos años, por lo que cambió los alta res respectivos de la Cate­dral de Oviedo y de la Basílica de Covadonga, haciéndolos exentos y eliminando los retablos posteriores de los mismos).

Detrás del altar, en una hornacina, se colocó una bella imagen de la Virgen de Covadonga.

De esta manera la Misa diaria ya se celebraba en esta capilla y solo acudíamos a la Basílica los domingos y fiestas para la Misa Conventual.

2-: Una de las primeras actividades de don Ananías como director de la Casa de Ejercicios fue la organización de una tanda para las madres de los seminaristas.

A ella acudieron muchas de nuestras respectivas madres y casi, casi por sorpresa, pudimos verlas el día de la apertura y el día de la clausura. Fue una iniciativa que no se volvió a repetir y cuya continuidad creo que hubiera sido interesante.

3°: El año 1954 fue declarado por Su Santidad Pío XII Año Mariano. Con este motivo Covadonga fue sede de distintos actos y peregrinaciones en homenaje a la Santina y nuestra tranquila y feliz posesión del Santuario se vio alterada, alegremente, por estos actos y por el número de visitantes.

4°: Dentro de los actos de este Año Mariano, en el mes de mayo de 1954 se produjo en la Basílica la ordenación de los seminaristas de la promoción 1942-1954. Eran un total de unos 35 nuevos sacerdotes (¡vaya diferencia con los tiempos actuales!). Recuerdo entre ellos a don Alfredo Valdés Blanco, lavianés, luego profesor del Seminario Mayor, Canónigo Doctoral de Covadonga y hoy capellán de la Residencia San Agustín de Aviles, y a don Fernando Rubio Sardón, leonés, párroco desde hace muchos años de San Juan el Real de Oviedo.

EN una ceremonia realmente emocionante para aquellos niños y jóvenes seminaristas que, por primera vez, veían en vivo y en directo, con toda la solemnidad de la ceremonia litúrgica, presidida por el obispo Lauzurica, una ordenación sacerdotal.

Y éste fue casi el colofón de los dos primeros cursos de nuestra promoción en Covadonga. En octubre siguiente, los supervivientes ya pasábamos al Seminario Mayor de Oviedo para continuar allí los cursos de Latinos.

En los últimos días del curso, las visitas a la Santina en su Cueva estaban a la vez llenas de alegría y de nostalgia.

COLOFÓN

 Después de tantos años transcurridos desde entonces, al recordar aquellos cursos, lo hago sin resabios, resquemores ni resentimientos. Al contrario.

Claro está que, vistas desde la óptica de hoy, algunas experiencias y enseñanzas quizás deberían haber sido de otra manera. Pero ése es un error que debe evitarse: juzgar los tiem­pos pasados con la óptica de hoy, sin tener en cuenta contexto, circunstancias, avatares de aquel momento.

Pero siempre estaré agradecido a! Seminario ya Covadonga.

Desde esta altura de mi vida creo que hay bastantes cosas que reconocer a la formación allí recibida:

1. En primer lugar, un robustecimiento y maduración en la fe. Aquella fe iniciada por el Bautismo en San Salvador de Perlora y acrecentada por la primera Comunión y la Confirmación en San Pedro de los Arcos de Oviedo, maduró en Covadonga y sigue al día de hoy, con la lógica y necesaria evolución.

2.En 2° íugar, una permanente devoción a la Santina.

En mi casa siempre ha habido una imagen de la Virgen; mi hija mayor se llama Covadonga y prácticamente voy todos los años, una o dos veces, a postrarme a los pies de la Señora en la Santa Cueva.

3. Unida a la anterior una perenne preocupación por Covadonga y su entorno y por el papel que, a mi juicio, debería jugar Covadonga en la Asturias de hoy.

Me gustaría que algún día Covadonga llegara a ser y a significar para el Principado lo mismo, por lo menos, que Montserrat significa para Cataluña. Más o menos, éste es uno de los objetivos prioritarios de la Asociación Foro Covadonga.

4. Al mismo tiempo creo que allí se forjaron y comenzaron a desarrollarse virtudes, hábitos y valores de compañerismo, disciplina, espíritu de sacrificio, firmeza, responsabilidad, cumplimiento del deber... Ya sé que, quizás, no sean valores que coticen al alza en la sociedad de hoy, pero a mí me han servido durante toda mi vida y no voy a renunciar a ellos a estas alturas.

5. Por último, desarrolló en mí un gran hábito de estudio. Antes de ingresar en Covadonga, no me gustaba estudiar en absoluto. Conservo algunos libros de estudio anteriores a Covadonga, salpicados de (lamparones de aceite, pues, para conseguir que estudiase algunos minutos, mi madre me sentaba en la meseta de la cocina, mientras ella freía las patatas para la cena).

Es más, yo creo que fui a Covadonga, desde la inocencia de aquellos pocos años, por dos razones:

En primer lugar, por la solemnidad de la liturgia, que a mí me fascinaba. Por los veranos, en el pueblo de mis abuelos maternos, yo hacía de monaguillo del entonces párroco don Celestino García (q.e.p.d.), un sacerdote poleso que a mí siempre me ha parecido lo más semejante al famoso cura de Ars, San Juan María Vianney, con unas ligeras gotas del don Camilo de Guaresci.

En segundo lugar (repito que desde la inocencia de los pocos años) yo creía que para ser cura no había que estudiar mucho: yo veía que decían la Misa leyendo por el libro (yo leía muy bien desde muy niño) y, aunque era en latín, a mí, por las contestaciones de la Misa, aquello no me parecía muy difícil. Luego expilcaban a los fíeles en castellano el Evangelio que acababan de leer en latín, adornado muchas veces por digresiones pintorescas, casi en la línea de Fray Gerundio de Campazas (como el nombre del animal en que iba subido el Buen Samaritano, el número concreto de velas de la barca de la pesca milagrosa o el numero exacto de centímetros que medía la serpiente/demonio tentadora de Eva...).

Cuando llegué a Covadonga y vi que, además de Latín y de los Evangelios, había que estudiar también lengua, matemáticas, geografía... como en cualquier otro colegio, estuve a punto de exclamar: ¡si lo sé, no vengo!

Pero en fin, tantas horas de estudio y de clases, junto con el estímulo de los profesores y el ejemplo de tantos compañeros, inteligentes y aplicadísimos, hicieron que yo también cogiese gusto al estudio, que haya seguido estudiando toda la vida y que haya cursado tres carreras.

Por todo ello, y algunas cosas más, siempre estaré agradecido a Covadonga y al Seminario.

FINAL

El 14 de marzo de 1964, el entonces arzobispo de Oviedo, Monseñor Segundo García de Sierra y Méndez, ya preconizado arzobispo de Burgos, ordenaba en la Iglesia de San Pedro de La Felguera a 31 nuevos sacerdotes, correspondientes a la promoción 1952-64.

  

Entre ellos, 19 de los que habían comenzado el curso 52-53 (el 18,81 %, siete de los que se habían incorporado a la promoción en 2° (uno nuevo y seis repetidores) y cinco incorporados en cursos posteriores ya en e! Seminario de Oviedo.

Andando el tiempo, dos de los 19 (Manuel Rubio, ya citado y José Antonio Novoa) fallecieron prematuramente y 13 de los 31 han obtenido dispensa de sus votos sacerdotales, por lo que en activo corno curas quedan hoy únicamente 16 (10 sólo de los 19, el 9,9% de los 101 que comenzaron) haciendo cierto, una vez más, aquello de "muchos son los llamados, mas pocos los elegidos".

Ello no obsta para que muchos de aquellos compañeros sigamos hoy conservando lazos de amistad.

Todos los años, el 14 de marzo, nos reunimos unos cuantos para celebrar el aniversario de la ordenación, bien en Oviedo, bien en !a capital

de la parroquia de alguno de los sacerdotes en activo.

Los días 29 y 30 de septiembre de 2002, 50° aniversario del comienzo de curso 1952-53, nos reunimos en Covadonga un total de 32 compañeros (entre ellos dos de los que habían pasado al Seminario de León en el año 1955).

De los encuentros periódicos del 14 de marzo y de este extraordinario de septiembre de 2002 , surgió la idea de formar la Asociación Foro Covadonga, y de la Comisión de Cultura de la  misma la idea de editar esta revista.

Desde aquí animo a todos los componentes de aquella promoción, a sus familiares y amigos,  a componentes de otras promociones, a los'' lectores de esta revista y, en general, a quienes amen a la Santina y a Covadonga, a que se incorporen a esta Asociación para intentar conseguir, entre todos, que Covadonga llegue a significar algo importante para Asturias.

Tomado literalmente de la revista "Foro Covadonga" páginas 212 a la 230. Ediciones NOBEL S.A. Oviedo, Junio 2005.

 

Foro COVADONGA  |  cefeab@telefonica.net; cayogonzalezgutierrez@gmail.com