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   IN MERMORIAM D. CUSTODIO DÍAZ FERNÁNDEZ

Demoré por largo tiempo (quizá por la pena de su ausencia) ponerme a escribir esta nota necrológica de nuestro compañero Ángel Custodio Díaz Fernández, de nuestro buen amigo Custodio. El viernes, día 11 de enero, cumplidos ya los tres meses de su fallecimiento, crucé al atardecer por delante del edificio del viejo Hospital y recordé las muchas veces que él atravesó esas puertas en busca de salud y de cuidados para su larga enfermedad. En ese momento me comprometí conmigo mismo a escribir sobre recuerdos vividos con él, pero sobre todo sobre él mismo, llegado al término de su carrera vital ‘sin desfallecer’.

A ejemplo de Job, “no pensaba en su muerte; no deseaba la muerte; no vivía en angustia”. Sabía de sus limitaciones, a veces paralizantes y progresivas, pero mantenía la serenidad que, en contadas ocasiones, se derrumbaba para sobreponerse enseguida. Poseía una voluntad de atleta: ¡era ‘alleranu’, ho! Sabía que ‘al final de la vida solo nos queda lo que hemos regalado; lo que hemos guardado lo perdemos sin remedio’. Ya había previsto celebrar ‘a lo grande’ sus 80 años el 10 de diciembre con algunas personas cercanas… y… ¡le llamaron a celebrarlos en el ‘hogar’ del cielo, en el encuentro con tantos amigos ‘con los que él tanto quería’!
 
¿Fue su muerte una bendición? Ingresó en el HUCA el día 5 de octubre por la tarde por un resfriado y, a las 8.05 del sábado, día 6, sonó el teléfono por una llamada del HUCA confirmando su muerte (aún conservo ‘en la nube’ y en el recuerdo esta llamada). Pregunto: ¿Fue su muerte una bendición, sabiendo que el Dr. Parkinson lo iba atenazando día a día? Al alba fue arrebatado por sus ángeles custodios hasta la morada de Dios y adquirió un nuevo y definitivo e-mail CORAZONDEDIOS@Α.Ω
 
Durante sus años de enfermedad siempre sintió necesidad de estar activo: en las parroquias de Cancienes y Solís mientras pudo y, ya en el proceso más paralizante, en los paseos diarios desde la Casa Sacerdotal tanto cuando él era autónomo como después cuando necesitaba de un lazarillo.
 
Disfrutaba encontrándose con gente conocida: compañeros, feligreses de sus recordadas parroquias o con participantes de la Fraternidad de Lourdes con quienes él recordaba los buenos momentos vividos en las peregrinaciones anteriores o preparaba la del año siguiente ¡Cuánta pena sintió en los años en que no pudo asistir a la peregrinación a Lourdes! No se amilanó nunca para salir a comer con los compañeros o amigos o para asistir al tanatorio a despedir a sus amigos y feligreses; en esos momentos, ‘espolletaba’. Necesitaba airearse fuera de los cuatro muros de la Casa Sacerdotal en lo que suponen de encierro, ‘serpentear’ por las calles y callejas de la ciudad vieja… y encontrar y saludar efusivamente a antiguos compañeros y a las nuevas amistades que él se adquirió estando ya en la Casa Sacerdotal. “¿Sufres Díaz?” (en expresión coloquial entre compañeros). Sí, sufría cuando no podía dar el paseo matutino dado el avance de la enfermedad y las limitaciones que ‘le imponían’.
 
Él quería a la gente y la gente le quería a él. Fue un cura cercano y comunicativo, Alternaba también en los ambientes de calle: asambleas de vecinos, chigres, boleras… en consonancia con el dicho ‘es mejor estar en el bar y pensar en la iglesia que estar en la iglesia y pensar en el bar’. Era un amante de la cuatreada y de la tonada y se sabía dónde había actuación de ‘canción asturiana’ y acudía, si le era posible, igual que los jóvenes acuden a los festivales musicales. El Cuarteto Torner le entusiasmaba.
 
Fue la Casa Sacerdotal su hogar durante más de 20 años; en ella encontró cobijo, cuidados, atenciones, compañía, cariño. Como bien dijo el Sr. Arzobispo en la misa de funeral: “lo que no podía expresar con palabras, lo expresaba con la mirada“. De esta forma, compartió oraciones y comidas con los residentes en la Casa. Es muy posible que las cuentas de la Librería noten un bajón en las ventas, ya que Custodio era un asiduo ojeador y comprador de libros, que leía de principio a fin, además de las revistas de información de la Iglesia que seguía recibiendo semanal o mensualmente. Así llenaba sus días.
 
¡Cómo lucía sobre su ataúd el pañuelo azul de la Fraternidad de Lourdes, que alguien con mucho cariño le colocó encima…!; con él al cuello y con emoción se presentaría a María, la Madre, como tantas veces lo había hecho ante la imagen de Lourdes.
 
En la misa del funeral celebrado en la iglesia de Santa María la Real de La Corte estábamos casi todos: compañeros de curso, sacerdotes de la Casa y otros sacerdotes amigos, feligreses de sus queridas parroquias de Sotrondio, Rioseco, Cancienes y Solís, responsables de la Asociación de Parkinson, hermanas Dominicas, cuidadores de la Casa…
 

En su parroquia del bello pueblo de Bello, el pueblo de sus primeros pasos y trabajos, acompañando a sus hermanas, sobrinas (a quienes él tanto quería) y otros familiares cercanos, sus paisanos del pueblo llenaron la iglesia parroquial en este último homenaje a su vecino. Sus restos reposan en el cementerio parroquial y él vive junto a Dios en quien creyó y confió.

 

“Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos” Sal. 137,8
Tú eres, Señor, ya mi Todo
 
Ceferino Álvarez Bermúdez

 

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