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IN MEMORIAM 

ANGEL MENÉNDEZ TABLADO

 

  

ANGEL TABLADO. UN MAESTRO  AUTÉNTICO Y CRISTIANO

 

En la misa del funeral de Ángel se le saludaba y despedía, al mismo tiempo,  como “una buena persona, un buen amigo, y un buen cristiano”, notas que definían perfectamente  su trayectoria biográfica y su personalidad.

 

            Tablado nació el 30 de diciembre del 1940 en Vegameoro, un pueblo de las estribaciones de Leitariegos, en el inmenso concejo de Cangas del Narcea. En aquella aldea recoleta resultaba más fácil afrontar y superar las estreches económicas y las carencias de una sociedad duramente golpeada por la Guerra Civil recién terminada. Sus padres, Adela y Ángel, maestro nacional, le llevaron de la mano en la formación humana, religiosa y académica sin grandes dificultades. De su madre heredó el talante profundamente cristiano y amable; del padre, el amor a la enseñanza que demostró hasta los últimos momentos de su vida, y del que dieron fehaciente testimonio numerosos alumnos y compañeros del Colegio de Pumarín que pasaron por la Cruz Roja de Gijón los últimos días. Y sobre su familia, la figura casi mítica de D. Mariano, cura bien formado, exquisito de modales, agudo, a veces hasta lo volteriano, en sus juicios y anécdotas, que contaba con humor y mucha gracia.  La sombra protectora y la figura de D. Mariano, a caballo, vestido de cazador y referente obligado en cualquier negocio aldeano relevante, constituyeron siempre para los aldeanos de Vegameoro y de los entornos, para Ángel de manera especial, un recuerdo  señero.

 

            En realidad, la devoción de Ángel a las personas, sin distingos ni acepciones, a su dignidad y a la enseñanza, venía de lejos. En muchas ocasiones le hemos oído hablar de don Ivo, su abuelo, un maestro muy estimado en la villa de Cangas que le honró de forma permanente con una calle. Influido además por su tío Mariano, párroco destacado de Noreña y canónigo de prestigio, entró en el Seminario, primero en Covadonga y después en Oviedo por dos veces, una antes de hacer el servicio militar y la otra, que parecía ya definitiva, a la vuelta. De hecho, llegó hasta los cursos finales de Teología. A Ángel le marcaron mucho aquellos años de seminarista y hablaba siempre con agradecimiento de su paso por Covadonga y el Prau Picón. De Covadonga, y de los cursos de verano de manera especial. En ellos aprendió a ver cine, a asomarse a la literatura contemporánea, vetada por las normas oficiales y peligrosa, según se decía en ambientes pacatos de los años cincuenta y sesenta. Se acordaba muchas veces de las clases de idiomas, de la música, del conocimiento minucioso de los excelsos paisajes que circundaban y embellecían el Real Sitio. Y tenía razón, porque yo mismo y otros muchos que pasamos por allí compartimos también con agrado aquellas experiencias. Sólo tenían un pequeño problema: que duraban demasiado, todo el verano, y nos alejaban de la familia mucho tiempo. Quienes no tenían excesivo arraigo familiar estaban muy satisfechos por las estancias veraniegas de Covadonga muy parecidas a una moderna Universidad de verano. Ángel, no del todo, porque Vegameoro de Cangas y su familia tiraban mucho.

 

            ¿Por qué dejó Ángel el Seminario? ¿Por qué no comenzó la escalada de las órdenes menores y mayores? ¿Por qué no se ordenó de sacerdote y derivó hacia los derroteros de la enseñanza primaria? Confieso que nunca me atreví a preguntarle, ni el lo confesó abiertamente, aunque en ocasiones formulara alguna velada insinuación.

           

Con el título de maestro y después de alguna estancia en centros, no lejos  de Gijón, recaló definitivamente en el de San José de Pumarín, un colegio de barriada nueva, popular, de contradicciones importantes, pero, al mismo tiempo, estimulantes y con enormes potencialidades, por tratarse de gentes sencillas que veían en el joven profesor un verdadero maestro, un amigo y un faro seguro. Ángel era maestro en el aula y fuera. No tenía alumnos sino amigos. No tenía colegas de profesión con las casi inevitables disputas de competencias y promociones, sino compañeros en la misma tarea vocacional. Para Ángel, subir a Pumarín cada día, muchas veces lo hacía caminando, era asistir a una fiesta amistosa y familiar con sus alumnos, para él más importantes seguramente que el propio colegio y el claustro. Cuando se jubiló de forma definitiva –precedida de una jubilación parcial- no lo celebró porque en el fondo de su alma le costaba desatar ataduras fuertes y sentía que algo se rompía en su interior. Las visitas de última hora de aquella gente de Pumarín fueron para él un verdadero y gozoso lenitivo. No en vano “recordar” es pasar por el corazón de nuevo experiencias y sobre todo personas para gozarse con su presencia.

 

            ¡Con que gozo devoto se retiraba Ángel a su casa familiar de Vegameoro! Conocía perfectamente los Sacramentos de la vida del siempre admirado franciscano, Leonardo Boff, y trataba de reproducir y vivir las experiencias del sacramento de la casa. Esa plenitud de Vegameoro era una realidad mucho más plena cuando abría sus puertas para pasar un fin de semana o “puentes de guardar” con sus amigos y con las personas de su grupo cristiano. Pudimos comprobar que la hermosa y poderosa casa rural era su “cosmos” preferido. Contemplaba y amaba cada rincón, cada cachivache,  cada espacio, cada adorno, cada instrumento, como parte de un todo armónico. Por eso el orden era también para él una obsesión. La preparaba antes con esmero y marchaba siempre unos días más tarde para dejar cada cosa en su sitio.  Pero si la casa de Vegameoro era para Ángel su “microcosmos”, el pueblo y el gran paisaje de Leitariegos reunía todas las características de un “macrocosmos”. Conocía a todos los vecinos, los quería y compartía con ellos sus vivencias que iban adquiriendo forma elocuente cuando lo contaba. Conocía metro a metro todos los caminos, los pastizales, las brañas, los escobios, los riachuelos… Durante los veranos y otoños participaba en las tareas aldeanas como un lugareño más. Como no tenía vacas propias, estaba pendiente de las de los caseríos vecinos como si fueran suyas. Es una pena que no tengamos fotografías del Ángel “urbanita”, con su guiada de ganadero, conduciendo la vacada a sus rediles desde los “prata, pascua”: los lugares de pastizal.

           

 

Ángel perteneció desde sus comienzos, hace más de cuarenta años –y sigue perteneciendo con el peso fuerte de la presencia de su silla vacía después de la muerte- al grupo “Y”: una comunidad cristiana con personas de Avilés, Gijón y Oviedo, que nunca quiso llamarse comunidad, como tal, porque le parecía excesivamente pretencioso. Era uno de sus miembros más asiduos en las dos reuniones de cada mes y en las fiestas relativamente frecuentes que en ocasiones  juntaban a dos o tres generaciones ¡Cuantas veces oía decir a Ángel que “aquello” era una verdadera gracia de Dios! Participaba de manera habitual y muy activa y en ocasiones acaloradamente, sobre todo cuando las reflexiones discurrían por derroteros demasiado novedosos que no encajaban del todo en su forma particular de entender y vivir una fe profundamente arraigada y proclive hacia un cierto tradicionalismo. Cuando los discursos eran de tipo político-social, a Ángel le ocurría lo mismo. Algunos planteamientos de la “postmodernidad”, en la teoría y en sus dimensiones prácticas,  en las antípodas de su forma de ver la vida, más moderada, le cabreaban no poco.  En la hora postrera, este grupo cristiano, esta comunidad a su pesar, se convirtió pata Ángel –lo había sido siempre- en su propia familia, junto con la hermana Adelina que asistía aturdida al final de una muerte anunciada.  Esta “familia religiosa” vivió la muerte de Ángel como un hito  de su Pascua y de la de su madre, acontecida el mismo día pero veinte años antes.

 

            Gracias, Ángel, por todo: por tu vida, por tu persona, por tu manera de ser, por tu trayectoria uniforme y densa, por reproducir, a tu modo, las actitudes básicas de los alegres y sencillos de corazón del Libro de los Hechos de los Apóstoles (2,46). Gracias, Ángel, por contarme entre tus amigos para siempre. Permíteme despedirme de ti con un  poema de Borges que canta las excelencias de la amistad:

“En estos días pensé en mis amigos y amigas,/ entre ellos, apareciste tu./ No estabas arriba, ni abajo ni en medio./ No encabezabas  ni concluías la lista./No eras ni el número uno ni el  número final./ Lo que si sé es que te destacabas por alguna cualidad que/ transmitías  y con la cual desde hace tiempo se ennoblece mi vida./ Y tampoco tengo la pretensión de ser el primero, o el segundo o el tercero de la lista./ Basta que me quieras como amigo./ Entonces entendí que realmente somos amigos./ Hice lo que todo amigo:/  Oré…y le agradecía a Dios por ti./ Por ser mi amigo.

 

 

                        Javier Fernández Conde

 

 

 

 

 

 

 

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