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 MIS RESABIOS DE NIÑO, MADRE

 

No son los rosarios que, entre ensoñaciones, obligación y devoción, desgranábamos ante tu imagen. Son los amargos sabores que uno paladea toda la vida.

No es denuncia ni inculpación, sino simple catarsis al aire de la libertad de pensamiento, sin más cortapisa que no caer en la repulsiva adulación. Pienso que nadie reprobará mi derecho y libertad a rememorar algún episodio de mi vida en la primera experiencia comunitaria  y masiva, una vez que se ha desinhibido relativamente mi carácter  un tanto reprimido. Es historia particular, subjetiva, sin ánimo de elevarla a categoría grupal.

Pasado el tiempo de pudores, prejuicios y temores, sobre todo a provocar reacciones adversas en personas cuya estimación me importa mucho y a dañar el sentimiento que llaman “respeto a los muertos”, es bueno que descargue infantiles rencores. Aún con empeño de sinceridad, siguen vigentes barreras psicológicas conscientes, además de las inconscientes, sobre temas relativamente reservados en mis relaciones, o también en ausencia de ellas, con mis superiores y compañeros.

 

 

 No se trata de nada escandaloso que, yo en mi inocencia, nunca vi, ni siquiera imaginé que pudiera existir, ni tampoco de exigencia puritana alguna de ideal santidad. Simplemente esperaba una cercanía más comprensiva, bondadosa y paternal que un niño desarraigado de su familia, anímicamente retraído, débil y acomplejado, necesitaba y no encontró. Reclamaba, sin expresarla, una atención afectuosa que solo busqué con escapadas a la Cova-longa y encontré alivio y acogida maternal a los pies de la Santina, “consolatrix afflictorum”. Fue deseo que, con el tiempo, suscitó dudas atormentadas invocando ansiosamente amor.

Baste como muestra aquellos aires de superioridad, dominio y control disciplinario que, entonando ya tarde un “mea culpa”, marcó mi vida profesional de autoritarismo y exigencia. Aquella displicencia y hasta intentos de ridiculizar en público, -así lo interpretaba yo-, propios del profesor D. Oscar y del rector D. Cesar; me veo en la clase de latín situada en el martillo del estudio, obligado al imperio del “venias hic”, dispuesto a sufrir la risa pública, cortada, para sorpresa visible del ínclito canónigo y condiscípulos selectos, ante mi rápida interpretación y llegada a la tarima con la cabeza bien levantada: “bene, bene”. O aquel mocetón moreno, con cara indescifrable, ¿amargada?, y cuya altura era enaltecida con su negro bonete; inapelablemente unos iban a los soleados “habitáculos”, incluso a los deseados “martillos”, mientras que otros siempre éramos reenviados al ático de S. Tarsicio; me veía perdido en sus clases de matemáticas, tanto que, terminé 2º con la impresión de saber menos que cuando hice el ingreso. El remate de rechazo infantil llegó aquel soleado domingo que, con zapatos, sotana, fajín, esclavina y bonete, tuvimos que subir a la Cruz, al menos hasta la fuente, no por el sendero habitual, sino “pico arriba” por la vertiente colateral.

Tú sabías, Madre, de estas penas, luchas y esperanzas que, con insistencia y fervor, te rogaba me ayudases a superar. ¿Recuerdas cómo te rezábamos, hasta en filas, por aquel mini “Breviario mariano”, o cuando uníamos nuestro afecto al canto escolano: “Madre mía de Covadonga, sálvame…..”? Te ruego ahora me ayudes a liberarme de esos “espíritus malignos” que son los resabios tantos años guardados.

 

                                                                      Angel Solís Alvarez

 

 

 

 

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