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Nº 7  2016

REVISTA 2016

 

7.1 Biografía de Covadonga (continuación)  (Silverio Cerra)

7.2 Mis cuatro años de Escolanía                      (Fer. M. Viejo)

7.3 Veinte años                                                  (Manuel Suárez)

7.4 Unquera-Covadonga                                    (Ceferino Bermúdez)

7,5 Devoción Mariana                                        (Angel Solís)

7.6 Miradores en Covadonga                              (Cayo González)

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7.1 Biografía de Covadonga II (Silverio Cerra)

 

 BIOGRAFÍA DE COVADONGA  (continuación)

 

  Esta biografía de Covadonga me fue enviada meses antes de la muerte de Silverio Cerra. Dada su gran extensión publicaremos algunos breves capítulos en sucesivas Revistas en homenaje a nuestro querido compañero, estudioso y crítico sobre Covadonga.

 

 IV   UNA VICTORIA SALVADORA

 

   El motivo por el que es hoy universalmente conocida Covadonga se funda en la resistencia victoriosa de un grupo heroico de cristianos que en este sitio logró superar el ataque de los invasores mahometanos. Sin tal suceso, es muy probable que este lugar hubiera quedado, como tantos otros, en la insignificancia de cualquier pequeña aldea.

 

Antecedentes: un desastre y un paladín

 

   La ocasión remota de este choque fue el desastre sufrido por los godos en la batalla del Guadalete en el año 711. Entonces se produce “la pérdida de España” y la entrada de los sarracenos que pronto ocupan la Península Ibérica. Al fin, en el 713 invaden Asturias y fijan su capital en Gijón con un gobernador llamado Munuza.   

  Tras aquella catástrofe, muchos nobles, clérigos, soldados y gente común de los vencidos, huyendo de la muerte y la esclavitud, buscaron refugio en el remoto Norte. Según el anónimo toledano del 754, escapando ante los invasores, los restos del ejército godo y cuantos pudieron de los naturales del país, se refugiaron en Francia o más allá de los montes septentrionales de Hispania. Aquí se relacionan con los astures, amantes de su independencia, como se había demostrado frente a los romanos. Pronto fermenta una oposición contra el dominio musulmán, sobre todo en la parte oriental de la región.

   Aparece luego un jefe con liderazgo, Pelayo, espatario o miembro de la guardia del rey don Rodrigo. Según la Crónica de Alfonso III, era hijo del duque Favila, asesinado por Witiza. De su matrimonio con Gaudiosa nacieron Favila, su heredero en el mando, y Ermesinda, esposa de Alfonso I el Católico, el tercer rey en Cangas de Onís. Sobre su vida han circulado diversos relatos. Parece cierto que participó en la batalla del Guadalete y, tras la derrota y muerte del rey godo, escapó con un grupo de vencidos hacia la Cordillera Cantábrica.

   Se cuenta que estuvo en relación con Munuza en Gijón, el cual lo envió a Córdoba con una misión. Durante la ausencia se casó con la hermana de Pelayo. Éste, al retornar y sentirse ofendido, huyó. Lo persiguieron y, cuando se acercaban, él se lanzó al río Piloña, que bajaba muy crecido. Con audacia logró cruzarlo, mientras sus perseguidores, temerosos de anegarse, se detuvieron sin lograr detenerlo. Estos hechos lo empujaron a tomar la decisión de rebelarse contra los invasores. Algunos no aceptan tales narraciones. Sea como sea, en todo lo discutido sobre él, lo único innegable es su presencia en esta zona y su papel decisivo en la organización de la resistencia, en la dirección de la batalla victoriosa y en la creación posterior de un estado, aunque pequeño, dentro de Asturias y en las tierras adyacentes.

   Hacia el año 718, Pelayo se reúne con un concilium o asamblea de jerarcas del país. Al terminar aquel conceyu, lo aclaman como rey. La tradición pone tal hecho en el Repelao, contracción de rey pelagio, lugar próximo a Covadonga. En los años siguientes se consolida esta rebelión astur contra los árabes. En el 721 es elegido emir Ambasa ben Suhaym, que decide extinguir aquel foco subversivo.

 

 Triunfo de consecuencias universales

 

   Para aplastarlo, prepara una expedición en la primavera del año 722, dirigida por el general Alkamah. La cantidad de guerreros, en aquel territorio arisco y pobre, no podía ser grande, por problemas de movimiento y subsistencia. Antonio Ballesteros Beretta estima su número en 4.000. Salen de Gijón, y por las viejas sendas empedradas caminan hasta llegar al valle del Sella. Parece que un primer choque del ejército musulmán con los cristianos, inferiores en soldados y medios, resultó favorable a los atacantes. Pelayo comprende que su hueste, en campo abierto, no podrá resistir con garantía para superar otro ataque.

 

 

   Entonces guía a los suyos hacia el fondo del valle, donde se abre la Cova-domínica en la pared, fácilmente defendible, del monte Auseva. Él se instala dentro y distribuye a su gente en grupos escondidos por las laderas vecinas. El 22 de julio Alkamah decide atacar. Sus escuadrones avanzan por las vegas bajas, pero, al adentrarse en la angostura del valle, la senda pedregosa por las orillas del río los obliga a marchar en fila e impide maniobrar a la caballería.

   Al fin, se asoman al ámbito de Covadonga donde tropiezan con la cerrada resistencia de un frente guerrero, coordinado desde la gruta. A la vez sufren múltiples ataques por las cuestas de alrededor, desde las cuales irrumpe una tormenta de piedras, gritos, flechas y venablos. El ejército sarraceno no puede avanzar ni concentrarse. Es batido desde posiciones más altas por grupos pequeños, pero muy móviles, a los que no puede alcanzar. Las crónicas añaden que entonces se desencadenó una furiosa tempestad. Los atacantes sufren incontables bajas y rupturas en la formación. Brota el pánico, y los moros se dispersan buscando huir. Los que salen hacia el centro de Asturias son eliminados en su mayoría. El mismo general Alkamah acaba pereciendo.

   Sólo la vanguardia, al ver lo que pasaba detrás, concentra su esfuerzo sobre la zona de praderas en la margen derecha del valle y logra romper una salida para escapar de Covadonga hacia los Lagos. Los fugitivos atraviesan el macizo occidental de los Picos de Europa. Bajan al desfiladero y cruzan el Cares. Suben luego por Amuesa y, caminando por los senderos del macizo central, descienden a la Liébana. Al llegar a Cosgaya, junto al río Deva, son aniquilados. Este hecho fue atribuido a un derrumbe de tierra que los aplastó. Lo más probable es que los montañeses de la comarca estuvieran advertidos y los atacasen hasta acabar con los fugitivos.

   La noticia llega a Gijón. Munuza, con las tropas que le quedan, huye hacia el Sur, para escapar por la ruta de la Mesa. Pero en la collada de Olalíes, entre Proaza y Quirós, le esperan fuerzas astures que vencen y eliminan al representante del Imperio Omeya, extendido entonces desde Galicia hasta la India. La presencia musulmana queda barrida de Asturias. Aquí recibe su primer frenazo decisivo la expansión árabe. La victoria del rey franco Carlos Martel en Poitiers fue diez años más tarde.

   A continuación, Pelayo establece su aula regia en Cangas de Onís.

El resto de su vida no fue tranquilo. Siguió guerreando y defendiendo lo conquistado. De hecho, durante su reinado, Asturias, Cantabria y, probablemente, Galicia quedaron libres de invasores. Murió en el año 737. Fue sepultado, junto con Gaudiosa, su mujer, en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, donde aún hoy se muestran sus sepulcros vacíos. En un momento indeterminado fueron trasladados a Covadonga. Ahora un sarcófago en la pared de la Cueva contiene los cuerpos de ambos esposos, como testifican las palabras grabadas en su cabecera.

   La batalla de Covadonga exalta en primer lugar la grandeza de la figura de Pelayo, que superó con inteligencia y valentía las tremendas dificultades de su empresa. Realza también su dignidad en no rendirse ni adaptarse a la nueva situación, como otros muchos dignatarios. La admiración se agranda al compararle con los traidores, como el conde don Julián, los hijos de Witiza o el obispo don Opas, que colaboraron con los invasores e hicieron posible la derrota y el cautiverio de su patria.

   El triunfo en este choque quizá no sea destacable por el número de combatientes, pero es enorme por su transcendencia futura. Encierra significados que aquí no cabe explicar, pero produce efectos que no podemos olvidar. Implica recobrar tierras perdidas y, sobre todo, recuperar valor y energías para mantenerse y luego ensanchar el horizonte. Planta así el germen de una sociedad nueva. Se inicia y proyecta la nación española. Se afirma la monarquía asturiana, cuya línea persiste, de manera sorprendente por tanto tiempo, hasta la monarquía actual. Es más, como defiende el gran historiador Claudio Sánchez Albornoz, aquí se salvó Europa y el mundo occidental cristiano, como espacio de cultura dinámica y espiritual, humanista y creativa.

 

 

V   LA CRUZ DE LA VICTORIA

 

   La joya más admirable de la orfebrería asturiana, y quizá de la Alta Edad Media, fue realizada también en la estela de Covadonga. Es la Cruz de la Victoria que lleva en su nombre el triunfo sobre los invasores, hecho decisivo para la monarquía asturiana, pues allí está su nacimiento. Una vieja tradición recuerda que ésta fue la cruz que acompañó a Pelayo durante el tremendo choque que tenía lugar en el fondo del valle ante la Cueva. No la veía en el cielo, como Constantino en la batalla de puente Milvio, sino que la tendría a su lado, quizá sostenida por el ermitaño residente en aquel refugio.

   La tradición oral, testificada en 1388 en la concesión del título de Príncipe de Asturias, entra claramente  en la historia escrita con el Viage de Ambrosio de Morales, donde califica esta cruz como “la más rica joya que hay en España”. Pero hay testimonios anteriores que la autentifican. En efecto, cuando Favila construye en su capital, Cangas de Onís, en el año 737 una “basilicam in honore Sanctae Crucis”, una basílica en honor de la Santa Cruz,  no podía ser otra que la cruz de su padre. La dedicatoria latina de esta iglesia revela que aquí había personas de alto nivel cultural. Más tarde, una cruz pintada en San Julián de los Prados, templo cuya construcción fue ordenada por Alfonso II, es también la Cruz de la Victoria. Es por ello lógico que Alfonso III ordene decorarla con tanta riqueza, pues constituye un signo del origen y continuidad del reino que él gobierna. El adorno con oro y piedras preciosas fue realizado en el castillo de Gauzón, sobre la ría de Avilés. Concluyó en el año 908. Entonces, los reyes Alfonso y Jimena la ofrecen a San Salvador, el templo de la corte asturiana.

   Las intenciones de la dignísima ofrenda están emotivamente expresadas en el texto, cuyo hilo de oro, soldado a la chapa del reverso, recorre sus brazos superior, izquierdo, derecho e inferior. Vamos a leerlo por su orden:

SUSCEPTUM PLACIDE MANEAT HOC IN HONORE DEI QUOD OFFERUNT FAMULI XTI ADEFONSUS PRINCEPS ET SCEMENA REGINA.

Perdure plácidamente recibido este don que ofrecen

en honor de Dios los siervos de Jesucristo Alfonso, príncipe,

y Jimena, reina.

QUISQUIS AUFERRE HOC DONARIA NOSTRA PRAESUMPSERIT, FULMINE DIVINO INTEREAT IPSE.

Quien se atreviere a robar estos nuestros dones,

él mismo perezca por el rayo divino.

HOC OPUS PERFECTUM ET CONCESSUM EST

SANTO SALVATORI OVETENSE SEDIS.

Esta obra fue terminada y concedida

a San Salvador de la sede ovetense.

HOC SIGNO TUETUR PIUS. HOC SIGNO VINCITUR INIMICUS. ET OPERATUM EST IN CASTELLO GAUZON.      ANNO REGNI NOSTRI XLII DISCURRENTE.

ERA DCCCCXLVI.

Con este signo se protege el piadoso. Con este signo es

vencido el enemigo. Y fue realizado en el castillo de Gauzón. Corriendo el año 42 de nuestro reinado.

En la era 946. Año 908.

 

   La Cruz de la Victoria es cruz latina, o sea, más alta que ancha. Su longitud alcanza 92 centímetros y 72 la anchura. El grosor varía entre 2,5 centímetros en los brazos y 4 en el medallón. Su peso alcanza 4.967 gramos. Está constituida por dos piezas de roble, que, al cruzarse en el centro, forman un círculo, en cuyo reverso aparece el hueco para las reliquias. Partiendo de este núcleo los brazos se ensanchan levemente para terminar en un semicírculo rematado por tres pequeños discos. Una lámina de oro la cubre totalmente. Sobre ella se despliega una riquísima decoración, especialmente en la cara frontal. Todo gira en torno al medallón del centro, que es núcleo que sostiene y armoniza el resto. El desarrollo de filamentos de oro, esmaltes, perlas y piedras de colores, crea un conjunto de belleza insuperable, que aquí no cabe describir. El reverso, salvo el disco central, es más sencillo, pero allí se escriben en hilos de oro los cuatro textos que explican su origen y sentido. Sus elementos materiales no alcanzan gran valor económico, pero con ellos sus orfebres realizaron una maravilla. Asombra tan bellísimo esplendor, conservado tras los avatares sufridos en sus 1100 años de vida. Así es la Cruz de Covadonga, la Cruz de Asturias, que flamea en su bandera. Una cuarteta popular lo resume todo:

Ista ye la nuesa Cruz,

la de t’os los asturianos,

la que alluma con so luz,

pa facemos t’os hermanos.

Esta es la nuestra Cruz,

la de todos los asturianos,

la que alumbra con su luz

para hacernos a todos hermanos.

 

VI. LA SANTA CUEVA. NOMBRE

 

   En Asturias abundan las cuevas, sobre todo en los terrenos calizos, donde el agua con su persistente roce y, ante todo, con su acción química provoca sobre la piedra surcos y grietas que alteran la superficie exterior de las rocas. Con el tiempo, excava también grandes concavidades vacías que, cuando se abren al exterior, son pozos, si son verticales, o cuevas, cuando tiene horizontal el suelo. En los Picos de Europa las cavernas pueden contarse por cientos en su número. Además, cada una es diferente en su forma y tamaño.

   Estas cavidades, cuando eran accesibles, fueron utilizadas por el hombre primitivo. Le ofrecían refugio contra las inclemencias del clima. También, poniendo muros o empalizadas en su entrada, lo defendían contra posibles ataques de animales salvajes o de otros grupos enemigos. La ocupación continuada de grutas ha dejado restos de toda especie, que, al acumularse, originaron sedimentos estratificados que guardaban una serie de capas con elementos de diversas épocas. Esto permite a la investigación actual conocer los tipos de existencia vigentes en aquellos tiempos, incluso hasta cientos de miles de años atrás. De este modo, los períodos prehistóricos han podido establecerse por el estudio relacionado de los estratos sucesivos.

   Las cuevas fueron usadas no sólo para ser habitadas y acumular desechos, sino también, con el tiempo, acabaron recibiendo otros papeles de carácter significativo, particularmente en galerías interiores. Sobre sus paredes se grabaron multitud de signos, clasificables en tipologías estéticas o ideológicas. También se realizaron pinturas de carácter muy realista, que en ocasiones evolucionaron en una simplificación progresiva hasta acercarse a niveles de abstracción. El realizar figuras en una pared oscura, con necesidad de iluminación constante, no debe entenderse como una simple diversión. Es probable que tales actos, ejecutados en lugar secreto y seguro, tuviesen una finalidad muy importante, relacionada con la caza, la reproducción, la salud u otros motivos que por ahora no podemos conocer.

   La palabra Covadonga designa primero una cueva y más tarde una batalla. Pero ¿qué significa realmente este nombre? En su primera aparición, en la versión Rotense de la Crónica de Alfonso III muestra la forma de coba domínica, que en la Baja Edad Media evolucionó, quizá por los intermediosCovadómnicaCovadónnica y Covadónega, hasta el actual Covadonga. En este vocablo, el primer término tiene una raíz etimológica evidente, pues no ha modificado su morfología. Cova, en efecto, es un adjetivo del latín vulgar que significa excavada o cóncava. Eso es la Cueva, una concavidad vaciada por el agua, que sigue abierta, lejos del suelo, sobre una amplia pared caliza en la base del Monte Auseva.

   El segundo término, en la vieja crónica, aparece como domínica, voz procedente de la forma latina domínica, adjetivo femenino derivado del sustantivo dómina, que viene de domus o casa, refiriéndose entonces a la dueña de la casa. Por ello, aquí expresa la relación de dicha cueva con su dueña. Y tal señora es una mujer de carácter especial. Si fuese varón, sería más fácil usar el genitivo, y decir dómini.

   En conclusión, esta Cova, ya substantivada, se califica con el adjetivo domínica, porque es la ‘Cueva de la Señora’. Está claro que había una dama, cuya categoría daba nombre al lugar. ¿Quién podía ser? El título de domínica no era usual para diosas ni para mujeres. No quedan huellas. Entonces debe indicar una fémina diferente, una dómina no común. Si aceptamos la tradición de que en la gruta vivía un ermitaño, tal persona sólo podía ser María, la Madre de Jesús. Esto queda confirmado en la versión Sebastianense de la Crónica de Alfonso III, donde viene como coua sancte Marie.

 

 

VII. LA SANTA CUEVA. REALIDAD

 

   Desde sus comienzos medievales hasta finales del siglo XIX el culto a Nuestra Señora tuvo lugar exclusivamente en la Cueva. Su colocación en el centro de un paredón rocoso con un borde superior que avanza coronado de árboles la convierte en una maravilla natural. La altura presente, cuya medida alcanza a unos 30 metros, no es la primitiva. El nivel anterior del suelo estaba más bajo, pero se fue subiendo por los grandes rellenos que se realizaron a lo largo del siglo XX, sobre todo para equilibrar el trazado de la carretera.

   Esta elevación sobre el terreno circundante planteó durante mucho tiempo el problema del acceso. Es probable que durante los primeros ochocientos años subiesen por escaleras de madera, adosadas a la parte derecha del Pozón. En el siglo XVI, al construirse la colegiata de San Fernando, se añadieron unas escaleras “parte de piedra y parte de madera, labradas todas a mano, con haber en todas noventa escalones”, según la vio Ambrosio de Morales.

 

La Cueva hasta el siglo XX

 

   Las edificaciones medievales que allí estuvieron alzadas no son conocidas, ni por pintura ni por descripción escrita. La primera referencia histórica de una construcción en ella aparece en el viaje realizado por Morales en 1572. Describe la gruta, con un altar dentro, cerrada sobre el Pozón con unas paredes de madera, sostenidas por vigas que volaban sobre el abismo de un modo tan exagerado, que parecía imposible que se sostuvieran. Así, “vuelan tanto sin ningún sosteniente, que parece milagro no caerse con todo el edificio, y desto tiene temor quien mira de abajo”.

   En la fatídica noche del 17 de octubre del año 1777 un incendio devastador arrasó todo su espacio con lo que allí había, salvo los sepulcros de piedra. Se quemaron la figura de la Santina, los vasos y ornamentos sagrados, el mobiliario, las vigas y el muro de madera que avanzaba hacia el exterior. Según las actas capitulares, todo quedó “reducido a zenizas sin haberse rescatado el Santísimo Sacramento, la imagen de Nuestra Señora, ni otra cosa alguna”. Tan desastroso accidente produjo enorme impacto y sensación en toda España.

   Se atribuyó el fuego a un rayo, lo que parece muy difícil, pues la roca superior se adelanta para cubrir el espacio de la gruta. La causa más probable fue una lámpara o unas velas que quedaron sin apagar. Por el enorme calor se fundieron todos los metales y cayeron al pozo de abajo. Al darse cuenta de ello, con grandes esfuerzos lograron sacar seis arrobas de oro y plata, equivalentes a 69 kilos, y un crucifijo de los Duques de Gandía muy destrozado. Estas piezas y otras joyas del Santuario, en 1809, por temor a que los soldados napoleónicos las robasen, fueron llevadas por el Marqués de la Romana a Gijón y embarcadas hacia un lugar seguro. Para culminar la desgracia, el navío receptor naufragó en su viaje, perdiéndose todo en el fondo del mar.

   La gruta quedó desolada, tristemente vacía y desnuda. En 1820 se construyó un corredor de madera, para proteger el borde sobre el Pozón. También, hacia el margen interior izquierdo, se levantó una pequeña capilla cuadrada, que por su menudencia fue denominada el Humilladero.

   En el proceso de reconstrucción de Covadonga, iniciado por el obispo Benito Sanz y Forés, su colaborador Roberto Frasinelli construyó en el año 1874, también sobre el ángulo izquierdo de la Cueva, una capilla llamada El camarín. El material empleado para su estructura fue la madera. Su estilo se inspiraba en el prerrománico y en el bizantino. Tenía planta rectangular. Hacia el exterior, su blanca pared mostraba dos tramos separados por contrafuertes. En cada uno se abrían dos ventanas geminadas. Se coronaba con un friso de arquitos y una cornisa almenada.

   Hacia el interior, su frontispicio estaba formado por tres arcos de medio punto apoyados en dobles columnas, que permitían la contemplación desde fuera. Sobre las enjutas de los arcos había dos medallones con las letras alfa y omega pendientes de unas orlas, recordando a Santa María del Naranco. El friso estaba constituido por una docena de arcos con los doce apóstoles. Encima se alargaba un voladizo almenado apoyado en una serie de ménsulas. En el centro una espadaña menuda sostenía la campana. El arco central era la entrada. Hacia dentro mostraba la pequeña nave con el mobiliario. Sobre las maderas brillaban motivos bizantinos, con presencia constante del pan de oro. Un arco dorado abría el ábside con altar de mármol. Encima se erguía el pedestal donde un castillete áureo enmarcaba a la Virgen. Antonio Gasch, dorador valenciano, había sido el fino realizador de la decoración. El obispo Sanz y Forés puso el primer pan de oro, y con su mano volvió a poner el último el 4 de octubre de 1875. El prelado no consideraba la abundancia de este metal como exhibición de riqueza, sino digno reflejo de la domus aurea, casa de oro, como es calificada María en la letanía lauretana.

   Por otra parte, decidió proteger la Cueva, a la que se enriqueció con una sólida balconada de madera, con sus balaustres formando arcos. A la vez, la Escalera del Perdón o de las Promesas, que aparecía muy arruinada, fue sustituida por la sólida construcción actual con sus ciento cuatro peldaños de piedra, logrando así la consistencia que nunca había poseído. Al llegar arriba tiene un descanso sobre el sólido estribo angular, arrimado a la roca, que no sólo da base a la escalera, sino que también crea un amplio mirador. Abajo, a la izquierda del Pozón, se arregló el sendero y fue colocada una pila en la Fuente del Matrimonio.

   El camarín fue muy criticado por su riqueza. Se repetía que desentonaba con la simplicidad de la piedra exterior. Tanto él como la balconada serán quitados, rápida y sorprendentemente, en 1938. Luis Menéndez Pidal escribe: “sin que mediara consulta alguna sobre el caso, se lleva a la práctica, súbitamente, el levantado y destrucción del camarín y demás obras del barandal”. La Cueva queda otra vez despojada, vacía y desnuda. La restauración llevada a cabo entre 1939 y 1951 ha creado la fisonomía actual, sólida y sencilla, de su interior, cuyas líneas convergen, desde todos los extremos, hacia la imagen de Nuestra Señora. La atmósfera luminosa que vibra desde la altura del horizonte y se vuelca hacia dentro acaba creando un espacio propio, no grande, pero sí de atractivo encanto.

 

Entrada actual a la Cueva

 

 

   En 1908 el ingeniero César García de Castro abrió el actual túnel de acceso a la Cueva. Desde la última curva de la carretera, hacia la izquierda, avanza una senda de losas enrojecidas hasta el punto de entrada. El trazado primero de esta galería atravesaba el interior de la montaña sin ninguna abertura hasta el ámbito de la Antecueva. Por ello era un largo y oscuro pasadizo, donde se generaban fuertes corrientes de aire, cuyo efecto se notaba en la misma gruta. Para embellecerlo y corregir los problemas surgidos, fue modificado en la reforma general de Covadonga en los años 40 del siglo XX. Se abrió en el medio la oquedad del crucero que, además de favorecer la ventilación, ofrece una bella perspectiva a través de su Calvario. Luego, para romper la monotonía del tramo final, se añadieron dos arcos fajones que proporcionan una suave armonía al espacio.

   En el costado izquierdo de la entrada destaca una lápida fijada en la roca. Recuerda la visita del Papa Juan Pablo II a Covadonga en agosto del año 1989. Llegó en la tarde del día 20. Durmió aquí. Por la mañana del 21 se detuvo un largo tiempo de oración ante la Santina. Luego celebró la misa en la plaza, donde recordó el papel de Covadonga en la historia europea. Después realizó un paseo por la pradera del lago Ercina. El texto conmemorativo de un hecho, tan destacado en la historia del Santuario, dice así:

 

 

 

PEREGRINO DE LA FE, S. S. JUAN PABLO II

VISITÓ NUESTRA DIÓCESIS

LOS DÍAS 20 Y 21 DE AGOSTO DE 1989.

EN LA SANTA CUEVA

ORÓ LARGAMENTE ANTE LA SANTINA Y CELEBRÓ

LA EUCARISTÍA EN LA EXPLANADA DE LA BASÍLICA.

EN LA COLEGIATA RECIBIÓ

AL PATRONATO DEL REAL SITIO,

PRESIDIDO POR S. A. R. PRÍNCIPE DE ASTURIAS.

COVADONGA ES UNA DE LAS PRIMERAS PIEDRAS

DE UNA EUROPA CUYAS RAÍCES CRISTIANAS

AHONDAN EN SU HISTORIA Y EN SU CULTURA.

EL REINO CRISTIANO NACIDO EN ESTAS MONTAÑAS PUSO EN MOVIMIENTO UNA MANERA DE VIVIR

Y EXPRESAR LA EXISTENCIA BAJO LA

INSPIRACIÓN DEL EVANGELIO”. De la homilía.

   La entrada del túnel se cierra con una puerta de barras de hierro, obsequio del ayuntamiento de Langreo en su voto de 1954. El letrero de la franja superior hacia fuera dice: SANTA CUEVA, y dentro VOTO DE LANGREO A LA SMMA. VIRGEN. MCMLIV. AÑO MARIANO.

 

    En el primer tramo del túnel están colocados los lampadarios. Aquí las personas que deseen ofrecer alguna vela pueden cumplir esta costumbre que se realiza en la Iglesia desde antiguo. La cera que se quema en honor de la Virgen es signo de nuestra devoción. Al encenderla, expresamos el deseo de que el lento pasar de nuestra existencia sea también algo que se va gastando en el servicio del Señor, como el cirio que se consume. Antes, las candelas se encendían dentro de la Cueva. Más tarde, los lampadarios estuvieron colocados en la Antecueva, bajo la escalera. El paso de miles de personas cada día originó ciertos inconvenientes. Entonces, se trasladaron cerca de la entrada, donde ahora están situados sin causar molestias a los visitantes.

   Hacia la mitad del túnel aparece un espacio, abierto en el año 1944, para permitir la entrada de luz y ventilación. Allí se colocó un Calvario de piedra blanca. El contraste de la sombra interior con la repentina claridad que entra confiere a las cruces un destacado relieve sobre el panorama que se extiende más allá. Esta contemplación, con su gracia sugerente, puede movernos a ciertas reflexiones. La más sencilla sería invitarnos a seguir mirando las cosas del mundo como aquí, a través del mensaje que proclaman estos signos de nuestra redención.

   A continuación, el subterráneo cruza bajo un arco de medio punto, abocinado y con grandes dovelas. La puerta, normalmente abierta, se cierra cuando las corrientes de aire son demasiado fuertes. Esta segunda sección, guarnecida con dos arcos que rompen la monótona dureza de la roca, va abriendo, al avanzar, nuevas perspectivas sobre lo que nos espera delante. Hacia la mitad, en un entrante a la derecha, donde antes había un solitario arcón de madera, ahora se ha colocado una placa con el texto del himno de Covadonga, compuesto en 1918, cuando se celebró la coronación de la Virgen.

 

La Antecueva

 

   El túnel termina en el espacioso ámbito de la Antecueva, cuyo techo y paredes mantienen su estado natural. El acceso, observado desde dentro, muestra un arco abocinado donde aparecen tres escudos con gran riqueza en su dibujo. El central es el escudo de España con la Cruz de la Victoria. A la izquierda está el emblema de Asturias con la misma cruz sobre fondo azul. A la derecha está el escudo de Cangas de Onís con una cruz de roble sobre la media luna y una silueta de su puente romano. El lema que Cangas exhibe es: MINIMA URBIUM. MAXIMA SEDIUM, Mínima de las ciudades. Máxima de las sedes.

   Inmediatamente, hacia la derecha está el limosnero, un prisma cuadrado, tallado en piedra arenisca. Dos franjas de hierro forjado abrazan su parte superior. Lleva unas palabras del evangelio de San Mateo (6,3):

TE AUTEM FACIENTE ELEMOSYNAM,

NESCIAT SINISTRA TUA

QUID FACIAT DEXTERA TUA.

Cuando des limosna,

no sepa tu mano izquierda

lo que haga tu derecha.

   La pared que sigue despliega en su concavidad los pliegues y cantos revueltos que aparecen en las superficies de las cuevas calizas. En su centro hubo hace tiempo un altar de San Melchor de Quirós, hoy día retirado. Al otro lado, en la esquina que traza la peña hacia la entrada desde abajo, aparece la pila de agua bendita con figura de copa tallada en piedra clara. Su base octogonal sostiene una semiesfera pétrea que tiene grabada en su parte superior una banda en relieve con un título compuesto por el canónigo Martín Andreu Valdés:

SANCTA ET INNOCENS CREATURA

AQUAE, SITIENTI POPULO

DE PETRA PRODUCTA.

IN NOMINE PATRIS ET FILII

ET SPIRITUS SANCTI. AMEN.

Santa e inocente criatura

del agua, sacada de la roca

para el pueblo sediento.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

   Inmediatamente se abre el portón de barras de hierro donde termina la Escalera del Perdón o de las Promesas. Sobre el dintel que lo corona brilla una inscripción en caracteres dorados, que dice:

AQUÍ, AL NOMBRE DE LA MADRE DE DIOS,

DE ENTRE LAS ROCAS,

SOBRE LAS CUMBRES, SURGIÓ ESPAÑA.

   Por la abertura de esta entrada se baja a un rellano, que se extiende unos escalones más abajo. Es un lugar desde el cual se pueden tener unas perspectivas originales sobre la Cueva y el Pozón. En la pared de la derecha, hay una placa de bronce en forma de disco con el rostro en relieve, que rememora la visita a Covadonga el 20 de julio de 1954 del Cardenal Angelo Roncalli, arzobispo de Venecia y futuro Papa Juan XXIII. Su autor fue Gerardo Zaragoza. En su borde circular aparecen estas palabras:

YO AMO A LA MADONNA DE COVADONGA

 COMO LA AMÁIS VOSOTROS, LOS ASTURIANOS.

 TENGO SU IMAGEN EN MI DORMITORIO

 Y PARA ELLA ES MI PRIMERA ORACIÓN DE LA MAÑANA.

   Retornemos a la Antecueva, para acercarnos a la escalera que sube hacia la gruta. En la pared derecha hay dos placas que recuerdan la visita de Isabel II con sus hijos Alfonso XII y la infanta María Isabel:

EL DÍA 28 DE AGOSTO DE 1858

VISITARON ESTA SAGRADA CUEVA

SS. MM. Y AA. RR. LA REINA DE ESPAÑA

DOÑA ISABEL II, SU AUGUSTO ESPOSO

DON FRANCISCO DE ASÍS

Y LOS SERENÍSIMOS SEÑORES

DON ALFONSO, PRÍNCIPE DE ASTURIAS,

Y DOÑA MARÍA ISABEL FRANCISCA DE ASÍS,

INFANTA DE ESPAÑA.

EN DICHO DÍA Y EN ESTE MISMO SITIO

LES FUE ADMINISTRADO A SS. AA. RR.

EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN.

 

   La otra placa al lado recuerda la visita de San Antonio María Claret que los acompañaba:

EL 28 DE AGOSTO DE 1858

DESPUÉS DE RECORRER

APOSTÓLICAMENTE TODA ASTURIAS

SAN ANTONIO MARÍA CLARET,

PEREGRINO DE LA SANTINA,

CELEBRÓ LA EUCARISTÍA

EN ESTA SANTA CUEVA.

   Esta visita de la máxima autoridad del estado para confirmar a sus hijos en la fe ha sido interpretada por personas allegadas al Santuario como el comienzo de su recuperación, tras el triste abandono sufrido a consecuencia del incendio arrasador de 1777.

   Subiendo nueve peldaños se accede a la Cueva por otra puerta de hierro, coronada por la Cruz de la Victoria en el centro. Una plegaria recorre el friso con una invocación a la Santina y el comienzo del Ave María. El texto del frente es:

SANCTA MARIA DE COVADONGA,

ORA PRO NOBIS.

Santa María de Covadonga,

ruega por nosotros.

El texto del reverso es:

AVE MARIA, GRATIA PLENA,

DOMINUS TECUM,

BENEDICTA TU IN MULIERIBUS.

Salve María, llena de gracia,

el Señor es contigo,

bendita tú entre las mujeres.

 

 

 

 

El interior de la Santa Cueva

 

 

   El suelo de la Cueva muestra la apariencia de un semicírculo irregular. Se ha conservado la roca original con mínimas correcciones. El lienzo de roca caliza que constituye la pared derecha se eleva recta unos metros y luego abomba su concavidad hacia arriba y hacia fuera. Podemos percibir, y casi sentir, sus rugosidades pétreas y sus curvas irregulares. Al comienzo, sigue una línea más o menos recta, pero poco más allá de su mitad se encorva hacia dentro formando un ángulo profundo y cerrado por arriba. Esta aguda concavidad se hiende al fondo. Por esa rotura entra el fragor de los chorros de agua, cuando crece el torrente que se despeña desde Orandi. El aspecto actual es obra de la restauración realizada tras la Guerra Civil por Luis Menéndez Pidal. Éste recuperó, en lo posible, el suelo natural de la gruta, quitando muchos añadidos de tiempo atrás. Veamos la situación actual partiendo de la entrada.

   El borde izquierdo de la Cueva está en su totalidad protegido por una sólida barandilla de hierro que delimita el espacio y confiere protección. Estos cierres de seguridad se han puesto desde el principio. Los anteriores fueron de madera, incluso la balaustrada de Frasinelli. El primer pretil de hierro fue colocado durante la restauración de Menéndez Pidal. Éste se ha quitado hace poco y se ha sustituido por otra barandilla, también de fundición. La verja y el suelo de la Cueva, frente al altar, tienen un pequeño espacio más bajo conocido como Tribuna de las Bendiciones. Esta rebaja permite una buena percepción de la imagen desde la plazoleta inferior.

   Las dimensiones internas de su piso rocoso no son fáciles de establecer, pues lo accidentado de todo su contorno contribuye a la belleza, pero dificulta la exactitud. Su longitud puede estimarse en unos 20 metros. La anchura oscila según los puntos de medida. La máxima, desde el balcón de las bendiciones hasta el entrante que se abre al fondo, alcanza unos 11 metros.

   Todo en la Cueva está pensado y orientado para realzar la presencia de la Virgen. Su espacio se divide en dos secciones: la delantera con hileras de bancos se destina a los visitantes. La segunda marcada por un pequeño pretil es el espacio reservado para el altar, la imagen, la exedra, la sede, el ambón y la Capilla-sagrario.

   Veamos ahora sus elementos en detalle. En la pared de la derecha aparece una inscripción que recuerda la obra de San Pedro Poveda:

EN COVADONGA NACIÓ LA INSTITUCIÓN TERESIANA,

FUNDADA POR PEDRO POVEDA,

CANÓNIGO DE ESTE CABILDO. 1906-1913.

 

   Siguiendo unos pasos por el mismo lado, se observa una pequeña cavidad guarnecida por un arco de medio punto con tres arquivoltas. Dentro se guarda el sarcófago de Don Pelayo y de Gaudiosa, su mujer. La urna no es antigua. La inscripción, grabada en el siglo XVII, dice:

AQUÍ YAZE EL SEÑOR REY DON PELAIO

ELLECTO EL AÑO DE 716 QUE EN

ESTA MILAGROSA CUEBA COME-

NZÓ LA RESTAURACIÓN DE ESPA-

ÑA BENZIDOS LOS MOROS. FALLECIÓ

AÑO 737 Y LE ACOMPAÑA SU MUGER Y ERMANA.

 

   El banco de piedra que corre por la base de la pared tiene por objeto ocultar los huecos que allí se hicieron para encajar las vigas que salían fuera de la Cueva en el viejo templo de madera que volaba sobre el abismo. Frasinelli los mantuvo porque puso un solado de madera en toda la Cueva y allí se ajustaban las vigas de sostén.

   Al fondo, está el altar para la celebración del sacrificio de la misa. Está construido con piedra arenisca de un color gris claro. Sobre la base se alza un cuerpo de sillarejo que sostiene una gran losa monolítica que sobresale hacia ambos lados. Es la tabla superior de la mesa del altar, sobre la que se celebra la misa. Su borde en bisel presenta decoración de crucería tallada. El frontal está cubierto por un antipendio de bronce que representa en sintéticos relieves la batalla de Covadonga presidida por la Virgen sedente dentro de la mandorla central con la súplica tomada del salmo 73,22:

EXSURGE DOMINE, JUDICA CAUSAM TUAM.

 Levántate, Señor, defiende tu causa.

    Un largo paño blanco viste el conjunto, cayendo hacia el suelo y suavizando con su blandura y oscilaciones la dureza de la piedra que cubre. En ambos extremos, erguidos como centinelas de bronce y cera, aparecen los candelabros. Antiguamente, éstos elevaban las candelas que alumbraban el ambiente, pero ahora son recuerdo de Cristo, luz del mundo, y de la fe que debe iluminar desde cada uno de los creyentes. Cerca del lado izquierdo del altar está colocado el crucifijo, presencia del Calvario, que debe presidir toda misa, pues el pan y el vino al consagrarse por separado actualizan el cuerpo muerto y la sangre derramada del Señor en la cruz. De frente, un pedestal de arenisca clara forma el ambón, con el águila de San Juan, bella pieza de bronce dorado a fuego con las alas abiertas. Sostiene una placa con molduras caladas en el metal y el borde inferior alzado para sujetar el libro de lecturas. Es ofrenda de la villa de Avilés, cuando cumplió el voto a la Santina hace varias décadas.

   Inmediatamente detrás del altar, se asienta una pilastra cúbica de piedra arenisca de tono rosado con estrías talladas en sus lados y una orla en su parte superior con el texto de las letanías en caracteres dorados. En su plano superior brilla una peana rectangular con sus lados cubiertos de una banda plateada con finas molduras. Sobre ella está colocada la imagen de la Virgen de Covadonga. Su figura es una talla de madera policromada con unos 50 centímetro de alto. El velo blanco encuadra su rostro, dulce y sereno. Lleva la corona sobre su cabeza y una flor en la mano derecha. En la otra mano sostiene al Niño Jesús que vuelve el rostro hacia ella. Sobre la blancura del vestido de seda destellan bordados en hilo de oro. Su manto de terciopelo con ricos brocados cae abriéndose hacia los lados. El color del manto cambia según las fiestas o los tiempos litúrgicos. Todas las líneas de la ropa ascienden para destacar el rostro. La talla descansa sobre una peana de madera coronada por tres cabezas de ángeles, realizada por Gerardo Zaragoza, pues la anterior había desaparecido durante la Guerra Civil. Una amplia guirnalda de flores envuelve el pedestal por sus cuatro costados.

   La figura de Nuestra Señora y su pedestal estuvieron exentos mucho tiempo, después de la restauración de Menéndez Pidal. En una renovación posterior se colocó una exedra semicircular dorada entre ellos y la roca del fondo, que envuelve a la imagen y crea un espacio propio para ella. Su brillante superficie muestra una columnata con arcos en su espacio superior. En el espacio sobre las columnas destacan preciosos esmaltes circulares. En su parte baja presenta en hilera los relieves de los reyes caudillos: Pelayo, Alfonso I el Católico, Fruela, Alfonso II el Casto, Ramiro I, Ordoño I y Alfonso III el Magno. En los remates frontales de sus bordes cuatro ángeles finísimos completan la hermosura de este conjunto. Sobre los lados del altar penden del techo dos lámparas de plata que reproducen las coronas de Guarrazar, mandadas hacer por el rey godo Recesvinto. Fueron regaladas en los años sesenta del siglo XX. Las cadenillas que de ellas penden llevan letras que repiten la frase: AVE MARIA GRATIA PLENA, Salve María, llena de gracia. El frontal, la exedra y las lámparas son obra de Juan José García, discípulo de Félix Granda.

   En el espacio donde la Cueva se adentra en el monte se abre una depresión natural a su derecha. En su angosta penumbra fue colocado el sepulcro de Alfonso I el Católico. La inscripción sobre el sarcófago, cuya letra tiene pocos siglos, rememora los avances conquistadores de este rey:

AQUÍ YAZE EL CATÓLI-

CO Y SANTO REI DON

ALONSO EL PRIMERO

I SU MUGER DOÑA ERMENI-

SENDA ERMANA DE DON

FAVILA A QUIEN SUZEDIÓ.

GANÓ ESTE REI MUCHAS VI-

TORIAS A LOS MOROS. FALLECIÓ

EN CANGAS. AÑO DE 757.

   En el saliente de la peña a la izquierda del altar se sitúa la cátedra episcopal. Es un sillón formado por gruesos prismas de piedra lisa, que en el respaldo tiene grabado un crismón. Los bordes están adornados con entrelazos en relieve y su lado exterior lleva grabados los nombres de los obispos: a la izquierda, Francisco Arce Ochotorena y Benjamín Arriba y Castro; a la derecha, Francisco Javier Lauzurica y Torralba. Descansa sobre dos oseznos agazapados, graciosa labor del escultor Zaragoza.

   Sobre el ángulo final de la Cueva, avanzando un tanto sobre el abismo, están alzadas las paredes de sillería de la Capilla-sagrario, como un pequeño templo románico con su pórtico de medio punto, sus ventanitas de aspillera y sus finos contrafuertes. La espadaña sostiene una campana donada por el ayuntamiento de Gijón, que lleva grabada la inscripción, compuesta por Joaquín A. Bonet, cronista de la villa:

LLAMO AL PEREGRINO A LA MORADA

DE SANTA MARÍA DE COVADONGA,

INSPIRADORA DE PELAYO, REY DE GIJÓN.

DONADA POR EL ILTRE. AYUNTAMIENTO DE GIJÓN

EN CONMEMORACIÓN DE SU VOTO A COVADONGA

VII-SEPT-MCMXLIX.

   Esta capilla, obra del arquitecto Luis Menéndez Pidal, sustituye a la anterior realizada por Frasinelli en madera, dañada en 1936 y barrida en 1938. Consta de una nave cuyo ábside se abre a la roca, apareciendo ésta como retablo. El altar barroco está presidido por un baldaquino, donde permanece un sitial para albergar la imagen de la Virgen en los días de mal tiempo. Su cubierta está formada por una armadura de madera de castaño con áurea decoración. El artesonado es también de madera policromada sobre fondo de oro, obra del dorador valenciano Juan García Talens. En los muros laterales están los dos escudos de los obispos Benjamín Arriba y Castro y Francisco Javier Lauzurica y Torralba. Sobre el muro una inscripción original de Martín Andreu revela las tres dimensiones del lugar: Eucaristía, María y la batalla:

A MATRE QUIDEM VICTORIAM

A FILIO VERAM NUTRITIONEM

AD VIAM SUSCIPIENTES,

EX ADIPE ENIM FRUMENTI CIBAVIT

ET DE PETRA MELLE SATURAVIT.

En verdad recibiendo de la Madre

 la victoria; del Hijo verdadera

 nutrición para el camino,

pues los alimentó con flor de trigo

y sació con miel de la peña.

   La mirada que desde la balaustrada de la Cueva dirijan nuestros ojos hacia el exterior se encontrará con uno de los cuadros naturales más hermosos que se puedan concebir. Hacia su derecha apreciará la pared grisácea del Auseva, tapizada de musgos y pequeñas plantas que, nacidas en la roca, se agitan temblorosas sobre el abismo. Más allá, se mueve el verde flotante del bosque que sube hacia Orandi. Sigue el arisco Cantiello, cuyo borde aserrado oculta el reguero de la Gusana. Hacia arriba trepa una ladera tapizada por negras ericáceas que tocan el cielo al fundirse con los oscuros ángulos que definen las cumbres de Cuesta Cavia. Al frente brillan los contrafuertes y molduras de las paredes rosadas de la Basílica, como un fino cuadro impresionista apoyado en el bosque que la circunda. Su marco se despliega al fondo por la Cuesta de Ginés, entre masas de arbustos, peñascos y largas torrenteras, cuyas líneas convergen hacia la cima. Allí, sobre 753 metros de mole caliza, la Cruz de Priena preside un dilatado panorama de valles y cumbres.

(Continuará)

 Silverio Cerra Suárez

 

 

7.2   MIS CUATRO AÑOS DE ESCOLANÍA

 Fernando Menéndez Viejo

 

Me pide, por enésima vez, mi buen amigo Cayo González, que escriba una reseña para la web

'covadongadigital' sobre mi estancia y vivencias en la Escolanía de Covadonga como primer

destino después de la ordenación. En esta ocasión  ya no me puedo negar, dada la insistencia.

Nos vamos a situar en medio del año 1964. Año en el que confluyen varias cosas relevantes,

como son la finalización de mis estudios sacerdotales con la consiguiente ordenación con sólo

veintitrés  años; en la diócesis inicia su mandato episcopal D. Vicente Enrique y Tarancón; 

el Concilio Vaticano II se encuentra en plena celebración y, como anhelante expectativa para

los compañeros de promoción, está la espera de destino como incógnita guardada en alguno de

los despachos de las oficinas del obispado.

Mientras llegaba ese momento, uno era muy libre de pensar o de hacer cábalas en torno a esa

incógnita que marcaría el estilo y el quehacer de todo cura de reciente hornada. En mi caso

concreto, me rondaba la cabeza una idea, una especie de sueño que, en caso de llevarse a efec-

to,yo tendría que rechazar no ya como una tentación sino como algo imposible de llevar a cabo.

Dada mi facilidad personal para la música, pensaba yo, quizá el equipo eclesiástico que dispo-

nía de nuestros destinos me podría plantear una ampliación de estudios musicales en algún cen-

tro extranjero o nacional. Si se diera esa coyuntura, yo no podría asumirlo desde el momento

en que Concha, mi madre, quedaría sola y “al devalu”, como dicen en Gijón. Ella era viuda, con

poca salud, sin la casina ya del Prau Picón (por deshaucio) y muy pegadina a su fíu cura. Mi

hermano mayor estaba en Venezuela como emigrante, por tanto, la deducción era fácil de hacer.

Pero a la hora de la verdad, nadie me habló de la posibilidad de una graduación musical. Nada.

Coincidía que, por entonces, la Escolanía estaba en horas bajas debido a la poca salud del que

era entonces su director, D. Florentino Rebollar, y aquella institución música, tan imprescin-

dible en un Santuario como el de Covadonga, no podía estar renqueante o a media marcha.

 

 

La situación habría que arreglarla con alguien joven, entusiasta y que supiera el solfeo sufi-

ciente como para tener disponible algún motete, alguna misa, alguna antífona gregoriana junto

al “Bendita la Reina” y poco más. Y si, además, se arreglaba bien ante el teclado de un armo-

nium, mejor. Total, que la exigencia no era grande, el acceso al puesto era "digital" y la men-

te y el espíritu del posible candidato estaban perfectamente diseñados para ejercer una obedien-

cia ciega e incondicional al mandato del obispo.

Se me hizo la consiguiente llamada al obispado y se me presenta la propuesta. No recuerdo haber

puesto especiales objeciones a la misma. Es más, pienso que aquello, a bote pronto, me parecía

hasta un halago y asumí el encargo.

Pero resulta que, cuando ya ha pasado un tiempo (cuando ya el "destino nos dispersó" y después

de haber tomado "otras sendas en la vida", como dice el genial texto de Olivar que hemos conver-

tido en himno de curso) y para que no se quede nada en el tintero, me di cuenta de la seducción

a la que fui sometido con ese destino y, a la vez, el riesgo que corría el obispado enviándome

a Covadonga para hacerme cargo de la Escolanía. Inicio la tarea completamente solo musicalmente,

sin haber practicado todavía técnica alguna de dirección de coros, ni técnica vocal, ni haber

conocido un poco la psicología del mundo infantil. En fin, aunque aquello era para mí casi dar

un salto en el vacío, no cabe duda de que el reto era importante y la oportunidad única para po-

nerme a prueba a mí mismo. Y en aquel momento fueron la ilusión y a una buena dosis de incon-

ciencia (y, siendo sincero, de vanidad, cómo no)  las que pusieron en marcha mi responsabilidad

junto a la confianza que depositaba en mí el señor obispo. (No puedo olvidar las palabras que

Mons. Tarancón me dijo para animarme en plena novena de la Santina de aquel mismo año: 《Fernando,hay que lograr que no vuelva a decirme D. Camilo Alonso Vega, 'esos escolanos cantan como gatinos capados'》. Lo cual fue para mí un poderoso acicate y no podía decepcionarle. (D. Vicente sabía mucho…).

La primera medida en aquel mes de junio del 94, fue saber qué tipo de voces estaban más necesita-

das de refuerzo o de reposición. Y lo cierto era que tal necesidad se extendía a todas las gamas

de altura vocal.

Un segundo paso sería saber con qué número total de niños podría yo contar (el internado sólo

admitía hasta treinta).

Vendría luego la realización del casting de selección vocal. En este apartado concreto eran bue-

nos expertos D. Alfredo de la Roza, el propio D Florentino y el adlater D. Aladino Alonso, al

haber ellos realizado en anteriores etapas el mismo cometido.

Se fue avisando a casi todos los párrocos de la diócesis para que dieran la noticia de la celebra-

ción de una prueba de voces para niños de edad comprendida entre siete y ocho años para que pudie-

ran formar parte de la Escolanía como cantores y en calidad de régimen de internado gratuito. Esa

prueba iba a tener lugar en el Seminario de Oviedo en distintas fechas durante la segunda quincena

de septiembre de aquel año. Un mensaje similar, en forma de anuncio, se envió también a toda la

prensa asturiana (La Nueva España, La Voz de Asturias, Región, Voluntad y Hoja del Lunes), dejan-

do clara la finalidad de dicha prueba.

Tanto la respuesta de las familias como las posibilidades de selección fueron muy buenas. Se había

conseguido formar el equipo vocal suficientemente válido como para iniciar el trabajo de ensayos

y hacer frente a las normales intervenciones dentro de los cultos del Santuario.

Antes de exponer cómo era la vida dentro de la Escolanía, me detendré un poco en el ambiente gene-

ral del Santuario (el “paisanaje”).

El mundo de este bello y original Santuario que todos conocemos y amamos, estaba integrado, en su

mayoría, por instituciones eclesiásticas: el Cabildo-Catedral (con D. Manuel Rodríguez como abad,

D. Manuel García como Magistral, D. Alfonso Rivero, D. Vicente Marturet, D. José Llano, D. Flore-

ntino Rebollar, D. César Marqués y D Jesús Lobo como canónigos; eran, en cambio, beneficiados, D.

José Ramón Lobo y D. Aladino Alonso).

Otra importante entidad religiosa era el Seminario Menor, con D. César marqués como rector de la

misma y como prefectos-profesores, D. Santiago Velasco Arteche, D. José Luis Fernández, D. Eladio González Quintana y D. Rafael Álvarez Rey. Más tarde D. Javier Gómez Cuesta, D. Jesús Bayon…

 

 Estaba la propia Escolanía, con un director administrativo, D. Aladino, y un director musical.

Lo que entonces había sido Colegiata, se convirtió en Casa Diocesana de Ejercicios y comenzó sien-

do atendida por un equipo de Misioneras Seculares.

En lo que llamábamos “La Casina”, se alojaba un pequeño núcleo de señoritas tersianas que atendían

los aspectos ornamentales y de limpieza de los altares de la Basílica y de la Cueva y los distin-

tos mantos de la Santina.

 

 

Aparte de este anterior núcleo religioso, estaba uno civil muy reducido, como era el que atendía

los aspectos hosteleros, el más famoso era la Hostelería el Peregrino (“Casa Pedro” era el nombre

familiar), luego las personas que atendían los distintos puestos de venta de recuerdos y medallas

y, por fin, dos o tres números de la Guardia Civil.

Por lo que se refiere a la vida dentro de la propia Escolanía, sólo destacar que el régimen de

funcionamiento era el propio de un normal internado. Los niños, ciertamente, estaban muy bien

atendidos en todos los aspectos. Culturalmente estaban en manos de maestras tituladas que formaban parte de la Institución Tersiana de D. Pedro Poveda. Muy bien alimentados y el régimen de ensayos era de dos horas diarias divididas entre mañana y tarde más las sesiones diarias de técnica de Lenguaje Musical.

Es interesante destacar que, como tal institución en el Santuario, la Escolanía estaba regentada,

como ya se señaló, por dos responsables que, estatutariamente, dependían directamente del el Sr.

Abad y no del Cabildo Catedralicio. Parece que ésta era la mejor fórmula para evitar cualquier

tipo de conflictos o problemas.

En el aspecto económico, el centro disponía de dos fuentes principales  de financiación, por un

lado, el obispado asignaba una parte de los ingresos generales del Santuario a este centro y,

por otra parte, recibía el porcentaje arancelario que le correspondía por la participación en

las bodas por las intervenciones musicales de los cantores. O sea, que  los escolanos tenían que

contribuir (vulgo,"sudar”) su estancia y sustento al tener que solemnizar con píos cantos

cada boda que se celebraba. Subrayo esta última frase porque en primavera y verano eran frecuentes

los días con varias bodas seguidas en el mismo día, por ejemplo, una en la Basílica, a las 12 y

otras dos en la Cueva, a las 13 y a las 14 o viceversa. Total, un panorama ideal para tener a los

niños “tranquilos”, con la “voz a punto” y a las 15, a comer. ¡Casi nada, lo del ojo…! La situa-

ción era como para haber cursado una denuncia al Tribunal de Menores por abuso, (mis quejas al

Sr. Abad no surtían el más mínimo efecto).

A todo esto, mi situación personal era la de un currante sin sueldo. ¿Motivo?, pues por el mero

hecho de estar con estancia y alojamiento gratis en la Escolanía. Cosa que se prolongó durante el

primer año. Pero al segundo, yo solicito al Cabildo una de las viviendas para beneficiados que

estaba vacía en la zona de la Explanada. Se me adjudica y así pude traer conmigo a mi madre.

Para poder asignarme unos emolumentos, el Cabildo propuso al Obispo mi nombramiento como benefi-

ciado de la Basílica. Buena noticia era ésta que yo le comunico a mi madre. Ella, sin saber nada

acerca de los nombre de las dignidades capitulares, y, sin pensarlo mucho, me dice muy convencida:

“anda, fíu, mejor que estés ‘beneficiau’ y no ‘perjudicau’ como hasta ahora”.

El calendario diario de actividades de los niños, salvo esa dura y abusiva situación de la concen-

tración de bodas, era, como ya se ha indicado, la normal en un internado infantil.

Las horas libres que ofrecía cada jornada me sirvieron para poder estudiar y profundizar en mu-

chos aspectos musicales. El principal problema era que todo estaba regido por el autodidactismo.

No podía disfrutar de la sombra protectora de un buen maestro de música. Mi única guía era la

práctica musical con los niños en ensayos y actuaciones y el posterior autoanálisis de resulta-

dos. Sistema éste que obliga, por un lado, a ejercer una férrea autocrítica y una revisión obje-

tiva de lo realizado, y por otro lado, a tener los sentidos muy abiertos, sobre todo los del es-

cuchar y ver mucha música ajena con tiempo y en profundidad.

A medida que todo el mundo era testigo del avance y madurez del pequeño grupo de cantores -Cova-

donga, en este sentido, no dejaba de ser un escaparate- empezaron a aparecer cosas interesantes.

Entre las que se encontraba el haber ganado la fase provincial en la convocatoria del concurso

nacional de coros infantiles que lanzó la Sección Femenina Española. El jurado, en Oviedo,

(compuesto por D. Mario Nuevo, Director del Conservatorio e Inmaculada Quintanal, profesora de

música) entre varios coros infantiles, otorga el premio a  Escolanía de Covadonga, con el compro-

miso de acudir a Madrid a la fase nacional. Se acudió,  pero no se consiguió clasificación. No

obstante el coro vio otros horizontes y otra perspectiva que las paredes de su hermoso caserón

de estilo asturiano o el de los montes que nos rodeaban.

Otra cosa que sin lugar a dudas rompía nuestra monotonía y enriquecía musicalmente eran los

conciertos conjuntos Schola Cantorum-Escolanía durante los cursillos de verano del Seminario

Mayor que, por un motivo u otro, había que llevar a cabo en presencia del Obispo y otras autori-

dades.  Y, sobre todo, el período de Novena de la Santina, en la que siempre se desempolvaban

bras de buen nivel musical, como eran las distintas estrofas de los Himnos de Covadonga de Busca

Sagastizabal y de Otaño, amén de la Salve Montserratina de Pau Casals u otros motetes marianos o

eucarísticos que D. Alfredo llevaba en cartera para la ocasión.

 

 

 

Algo que nos causó cierto asombro y mucha ilusión fue una llamada desde Radio Nacional de España

de Madrid, de la sección de música clásica, en la que se nos pedía una grabación para sus regis-

tros centrales. Nos pusimos más anchos que largos el día en que los técnicos de esa casa descar-

garon los equipos de grabación frente a la entrada de la Basílica para efectuar dentro de ella

el registro. Recuerdo que habíamos preparado unas Villanescas a tres voces iguales de Francisco

Guerrero, el Ave María de Victoria a 4 v.i. y las invocaciones a la Virgen de Covadonga a 3 v.i.

de D. José Olaizola. Era el año 1965.

En 1966, otra emisora que se interesó mucho por la Escolanía fue Radio Asturias de Oviedo y, de

hecho, el locutor Eloy Lana, secundó la orden de dirección de dicha emisora para realizar una

grabación con temas navideños. Como el aviso se hizo con suficiente antelación, tuve yo margen

para armonizar alguno de los villancicos que recoge Eduardo Torner en su Cancionero de la Lírica

Asturiana.

De esta grabación, precisamente, conservo una copia en cassette que me proporcionó el Sr. Toyos,

técnico de sonido, que conservo como oro en paño. Y, en concreto, las obras fueron:

“Qué buen año”, “Llorando está en un portal”, “Tan largo ha sido en gastar”, a 3 v.i,  las tres

recogidos por Torner (“No hay tal andar”, “Alsa Bayona” y “A esta puerta hemos llegado”) y por

último, la pieza navideña de Gebaert “Oh, mi buen Jesús” a 3 y 4 v.i.

La Semana Santa también brindó oportunidades para la confección de programas  especiales de can-

tos en las diversas liturgias y recuerdo haber compuesto, como Gradual de Jueves Santo, un

“Christus factus est” a cuatro voces con una configuración armónica modernilla y, hasta cierto

punto, atrevida.

Podría decirse que, con el trabajo tenaz y el paso de los días, el grupo de cantores ya había

adquirido una cierta madurez y soltura. Recuerdo que en el verano quizá del 67, fuimos un día de

excursión a la playa de Póo de Llanes y, por la tarde, después de la merienda, nos reunimos en

la terraza del merendero de la playa y nos pusimos a cantar el “Atardecer” de Sergio Domingo

ante el silencio y admiración de todos los bañistas presentes. Total, que ya se podía funcionar

sin complejos.

 Durante los años 1967 y 68, Covadonga, con un ambiente humano pobre, limitado y   estrechín, me

empezó a ahogar cada vez más. Iba siguiendo por revistas y prensa la evolución de las distintas

sesiones del Vaticano II, iba cambiando impresiones con el clero más joven del Seminario Menor

y comprobabas que unas nuevas perspectivas se abrían dentro de la Iglesia. Comprendí que había

llegado el momento de plantearle al Obispo Tarancón un cambio de aires, cosa a la que accedió

después de insistirme mucho en que consolidase lo que había iniciado. En principio me destinaba

al Seminario Mayor como prefecto en Latinos, a lo que me negué en redondo. Yo lo que anhelaba

era experiencia parroquial. El hombre accedió a mi petición y el nuevo destino fue la parroquia

de S. Lorenzo de Gijón (septiembre del 68) como coadjutor-organista y otras múltiples tareas de

la mano -y la gracia a raudales- de D. Manuel A. Menéndez (“Zaqueo”).

A partir de ese último destino, mi vida ya dio un giro totalmente nuevo. 

 

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7.3  

Veinte años (1952 a 1972)

 

 ¡Ahí es na! Diría un castizo. “Que veinte años no es nada”, diría el tanguista.

El uno de octubre del año 1952, Ingresé en el seminario de Covadonga; me faltaban tres meses para cumplir los 12 años.

 

 

 

Abandoné el hogar familiar, para no volver más que de visita. Entraba a formar parte de otro hogar, más extenso, en el que viviría veinte años. En 1972 dejé de ser sacerdote, culminando un proceso de salida, que venía madurando desde cuatro  años antes. Mi condición de hijo pródigo (cual fatal predestinación) me llevó a abandonar  el que había sido mi nuevo hogar eclesial y  clerical.   Fueron veinte años, en los que crecí y me conformé como la persona  que sería para toda la vida. Dicen que esos 20 años son los mejores de la vida; puede ser. Lo cierto  es  que sí  fueron 10 años de mi juventud y otros 10 de mi primera edad adulta, que no volverían.

Nuestro amigo Cayo, alma mater de la revista, viene pidiéndome  que escriba algo, “lo que sea” para el número de este año. Se lo había prometido hace tiempo. Me lanzo al ruedo  con unas páginas, a modo de confesión, que quizás sean materia para aprobar o censurar, discutir o rebatir, pero en cualquier caso para dialogar y contrastar.

Me resulta difícil, por no decir imposible,  resumir en pocas líneas qué  aspectos considero más positivos y negativos de estos años, en que participé  como miembro de  la comunidad eclesiástica.

Como aclaración general e introductoria debo señalar que la visión aquí expresada se refiere exclusivamente a mi persona. Reconozco y admito con sinceridad que otros compañeros hayan vivido estos años de modo totalmente distinto. En consecuencia, habrán tenido para ellos un significado muy diferente, mientras estuvieron en el seminario y a lo largo de su carrera sacerdotal o secular.

Intentaré someramente dar, más que unas pinceladas, unos brochazos, sin acritud ni amargura, pues nunca he fomentado estas actitudes, cuando recuerdo o hablo de mis  años como seminarista  y sacerdote.

Si me fuera dado volver a vivir de nuevo  ese período de mi vida (sueño vano, excepto para los que creen en la transmigración o en una  eternidad, donde fueran posibles infinitas vidas), sin dudar, haría, mejorando en lo posible, entre otros, los siguientes hechos o experiencias vividos.

La iniciación seria y disciplinada en el estudio y la lectura de libros, que nunca había probado, ni siquiera imaginado. Desde  ese momento me convertí en tenaz y aplicado lector de cuantos libros caían en mis manos.  El placer por  la lectura  me acompañó siempre y lo valoro como un regalo que no tiene precio. Podría decir, parodiando al gran poeta, San Juan de la Cruz: “ya no guardo ganado / ni ya tengo  otro oficio /, que ya  solo en leer es mi ejercicio”. El desarrollo de capacidades para pensar, memorizar, así como la ascesis y disciplina en el trabajo intelectual, ha sido una herencia (o activo, como se dice ahora) muy importante en mi vida.

Junto con el estudio, el aprendizaje en toda clase de juegos es otra de las vivencias a destacar: fútbol, frontón, ping-pong, futbolín; y otros juegos de mesa: ajedrez, damas, dominó…Esta afición ha sido una constante en mi vida. Me ha proporcionado la enorme posibilidad de no aburrirme nunca; y de ser capaz de emplear el tiempo con otras personas de manera gratificante y placentera.

He dicho en repetidas ocasiones que si viajara a un desconocido planeta, donde hubiera  toda clase de inventos y adelantos inimaginables, no me asombraría tanto ni provocaría  el impacto que los libros y los juegos me produjeron, cuando llegué al seminario.

Otra cuestión, que valoro como muy beneficiosa, ha sido el  conocimiento adquirido del latín y,  en cursos posteriores, del griego. Lamento no haber sido mejor estudiante en estas dos materias.  Este conocimiento lo  he agradecido  a lo largo de mi vida, sobre todo  ahora que la memoria me abandona con frecuencia. Gracias a descomponer las etimologías, puedo deducir  el significado de muchas palabras.  Dudo si los planes actuales de estudio,  que excluyen  las lenguas clásicas en la formación no universitaria, tienen en cuenta este efecto para el aprendizaje permanente; quizás los responsables de los programas educativos confían en que  nuevas tecnologías serán capaces de suplir esta carencia.

En relación con la enseñanza recibida, he de destacar mi gratitud por la afición al estudio de la historia, que sería una base firme para mi futuro profesional, como profesor de esta asignatura en Enseñanzas Medias durante 30; hasta que me jubilé. Recuerdo con cariño las horas que dediqué como ayudante en la biblioteca durante algunos años. A modo de  anécdota contaré que leí casi todos los tomos de la” Historia de la Iglesia” de Ludovico Pastor. Amén de otros  libros que me hacían olvidar los manuales cerrados y encorsetados de los textos de la editorial la BAC.  

 

 

 

En Covadonga aprendí a mirar y valorar la naturaleza, y a contemplar el paisaje, como elemento sustancial para el crecimiento físico y mental del ser humano. Es verdad que en aldea de Linares-Congostinas había y hay paisajes únicos, pero  me faltaba tomar conciencia de  la perspectiva que encontré en los Picos de Europa. La facultad de apropiarse de la música, el olor, color y alma de los paisajes, lo practiqué en Covadonga, en especial, durante los meses de verano, cuando cursábamos Filosofía y Teología.

Otro aprendizaje importante fue la iniciación al canto en general y coral en particular.  He sido miembro de muchos  coros y grupos musicales, durante  seis  décadas, cantando gregoriano,  polifonía y  folclore popular. Temas  que he compartido con mucha gente con las que  he me divertido. Ser miembro  de la Scola Cantorum significó también respirar un aire fresco en la vida monótona y disciplinada del seminario; salíamos  a  dar conciertos, por  las  parroquias y teatros. Es verdad que los cantores  pagábamos el  tributo de cantar los oficios religiosos de    la  Semana Santa en la catedral. Durante interminables horas, estábamos recluidos en el coro para acompañar los largos y tediosos actos litúrgicos, que dirigían el  obispo y los canónigos. Otro respiro  importante fue la salida de los domingos al catecismo en la parroquia de Latores,  donde pasábamos la mañana otro compañero y yo, organizando la sesión de catecismo.

Crecieron en mí unas Inagotables ganas por viajar y soñar (otra   forma gratuita y placentera de viajar) hacia otros lugares  y ambientes. En la medida de mis posibilidades físicas y económicas, nunca dejé de emprender viajes y excursiones de todo tipo y condición: por Asturias, España, Europa y América. .

He de destacar también la cimentación de amistades con compañeros  (no los cito porque son muchos) que se mantuvieron (algunos ya descansan en paz)  y se mantienen firmes como torre construida sobre roca. Cuando existía la “mili” obligatoria, se decía que esta era un semillero de amistades inquebrantables; ¡qué decir entonces  de una milicia cuya duración de 13 años no tiene parangón con cualquier otra¡

Si me preguntan con qué te quedas como más positivo y beneficioso de los 13 años de Seminario, sin dudar, respondo que ha sido el “conato” (intento, esfuerzo) por ser buena persona. Creo que  las prácticas religiosas, las lecturas (en especial la Biblia, que fatigué y sigo fatigando), las meditaciones y reflexiones incontables e imponderables, han contribuido, en cierta medida, a conseguir este objetivo. No sé valorar  el tiempo perdido, pese a que ha sido excesivo en mi caso. Porque vamos a ser sinceros, después de tanto penar y trabajar ¿es haber perdido el tiempo si no has conseguido fama, dinero, poder, reconocimiento social, bienestar material? No sé.  Solo diré que estoy convencido de que todo el tiempo que no dediquemos a ser buenas personas es tiempo perdido. Intentar hacer el bien no es patrimonio de nadie y por supuesto de ningún credo religioso. Creo, más bien, que es consustancial a la condición humana, en la misma proporción que lo es la tendencia a hacer el mal. En todo caso, estoy seguro de que la vida en el seminario me ayudó a ser mejor persona.

Por el contrario, en el Seminario hice acopio de  mucho lastre con el que he cargado sobre mí, cual piedra de Sísifo.  Desde que entré en Seminario hasta que llegué a la parroquia (en esta se diversificaban más las tareas), fueron innumerables e interminables las horas dedicadas a  misas ordinarias y solemnes, confesiones y comuniones, rosarios y breviarios, sermones y meditaciones, homilías y melodías, novenas por docenas, exámenes de conciencia y retiros de paciencia... En fin, un hartazgo, donde cada día se producía el milagro de coger fuerzas para  soportarlo. Lo dicho: cargar con la piedra de Sísifo. En mi caso, se dio un proceso de inconformismo latente en mi interior, pues  fui  capaz de soñar y viajar con la mente hacia otros mundos.

Con el tiempo tuve que aprender a investigar, a desarrollar el espíritu crítico, a pensar por mí mismo y no por los dictados  que marcaban algunos textos rancios y profesores dogmáticos. El trabajo en equipo brillaba por su ausencia, salvo en contadas ocasiones. 

Nos envolvía, y respirábamos, un ambiente de nacional-catolicismo; padecíamos el fervor tridentino, más caduco y anticuado, que la jerarquía eclesiástica, franquista, impuso férreamente sobre las mentes y conciencias de los cristianos y, muy especial, de los destinados al sacerdocio.

Sirva como ejemplo este hecho. Es increíble que nadie nos dijera una palabra, al menos en privado, sobre los muertos y desaparecidos por la represión franquista en las fosas comunes, sobre las que nadie rezaba ni un sencillo padrenuestro.

Nunca he digerido bien el recorte, (más apropiado sería decir el robo) de vacaciones escolares, cuando nos recluían, tras pocas semanas con la familia, a pasar más de  un mes de verano en el seminario. Nuestros superiores temían que peligrara nuestra  vocación. El lema era: “firme  vocación,  poca vacación” . Cuando cursamos Filosofía y Teología” perdíamos” casi dos meses en Covadonga.  Aunque los profesores hacían un meritorio esfuerzo por elaborar un buen programa de formación y actividades. Eran esfuerzos vanos ya que  los resultados fueron bastante escasos. No se aprovechaba el tiempo (salvo contadas y honrosas excepciones). Fue una increíble pérdida de tiempo: no nos prepararon para el estudio serio de un idioma moderno, para empezar una carrera civil, para fomentar una investigación interesante, o para aficionarse a una preparación de tipo técnico profesional. Estos itinerarios formativos  eran totalmente compatibles con los estudios eclesiásticos. Teníamos todo el tiempo del mundo. La férrea censura a la que estábamos sometidos nos imponía rezos y cánticos continuos; a  mantenernos ausentes de  cualquier de debate y crítica; y estar  ajenos a todo atisbo de  libertad mental  y social.

El fútbol, los bolos, los paseos… así como el frontón y los juegos de mesa cuando llovía, fueron una constante distracción que aliviaron el empacho de misas, rosarios, cánticos monótonos, meditaciones dirigidas, procesiones cansinas, triduos, y otros actos litúrgicos.

Un hito en mi trayectoria eclesiástica fue el compromiso de enrolarme como misionero para América Latina o Hispanoamérica, como se decía en aquella época. En 2º de Teología firmé un acuerdo con un obispo argentino (barrio de Avellaneda en Buenos Aires) por el cual el obispado sufragaba los gastos de manutención y pensión durante los años de estudio que me faltaban. En mi caso, incluía también la estancia en el Colegio Hispanoamericano de Salamanca y los estudios de licenciatura en Teología en la Universidad Pontificia, durante dos años. A esto hay que añadir un año más de preparación pastoral y sociológica, previa a la inmediata marcha, en el Colegio Vasco de Quiroga de Madrid.  En total fueron cuatro años de estudio financiados por los fieles de dicha diócesis. Esta es una pequeña muestra, si la comparamos con los miles de religiosos y religiosas españolas que enviaban donativos y limosnas hacia sus casas madres de España.

Me preguntado muchas veces ¿cuánto dinero aportó la Iglesia americana a la española en aquella época de subdesarrollo que vivía nuestro país? Lo enviado para Obra de Cooperación Sacerdotal Hispano Americana (OCSHA) no ha sido poco. Fueron más de 2000 los sacerdotes que viajaron como misioneros (hoy en día quedan unos 400) y otros muchos los que, por razones diversas, no llegamos a ir. En el caso de los curas asturianos la dictadura argentina  expulsó  a varios  y nos cerró la entrada a los demás. Creo que nunca se valoró ni agradeció, en su justa medida, la  ayuda de la  iglesia americana a la española.

¿Por qué me animé a dar este paso? Hubo varias razones. Una, no menor, fue aliviar la situación económica que padecía mi familia, que corría con los gastos de mi  internado. Por supuesto, la razón principal  y oficial era  evangelizar, convertir y salvar almas de países que necesitaban sacerdotes. También hay que añadir la dosis de quijotismo, con espíritu conquistador o evangelizador, latente en la   idiosincrasia de muchos  jóvenes, bien fomentado y cultivado por la Iglesia, en esa época. Pero creo que como determinante, más o menos consciente, estaba presente mi condición de hijo pródigo, que buscaba motivos para abandonar el hogar diocesano y emprender nuevos rumbos.

El estudio de la Teología, en la Universidad Pontificia, como indiqué antes, provocó en  mí una apertura mental trascendental, pues allí rompí los moldes fijados por los textos de los jesuitas, inspirados en el Concilio de Trento. En Salamanca, se respiraba una nueva situación  eclesiástica y académica, promovida por el concilio Vaticano II, unida a la variedad de profesorado de diversas órdenes religiosas. 

Muchas veces me  he preguntado cómo y por qué aguanté y perseveré durante 13 años  en un internado, como una burbuja de otra época. No conviene olvidar que  la dictadura ideológica, religiosa y política era  común a toda España. La pregunta es la misma que se hace mucha gente, cuando vive situaciones familiares, laborales y sociales, insoportables desde muchos puntos de vista, durante años y años, e incluso toda la vida.

Una de las consecuencias más sutiles de la dictadura franquista fue la opresión síquica que padeció la mayoría de la población en los muchos años  de posguerra. Toda dictadura procura llevar a cabo, para mantenerse en el poder, la  castración mental y síquica de la población.

Al pueblo le quedaba la capacidad de aguantar, de sufrir, de padecer, de ser junco, cuando no podía ser otra cosa, de rebelarse por dentro, porque si lo hacía a las claras lo pagaba caro.  Ya dice la Biblia que la paciencia de los pobres (entendida como rebeldía sufriente y sufrida –igual que Job- ) nunca perecerá, porque es eterna.

Esta opresión sucedía en el seminario y en toda  la estructura eclesiástica, como sucedía en las canteras y minas, en el campo y en el mar, en el  ejército, en los centros de enseñanza, en las fábricas, en los trabajos de todo tipo y condición. El que vivió la guerra y la larga posguerra  ha   soportado lo insoportable; ha sufrido lo insufrible. Los niños y jóvenes, en el seminario (considerados como privilegiados) y fuera del seminario, crecimos  fajados y curtidos para soportar eso y más.

Después de terminar los estudios, dediqué dos años a la labor pastoral a tiempo completo en la parroquia de Santa  Eulalia de La Felguera, donde trabajé lo mejor que pude y supe. De mi experiencia pastoral, como coadjutor en La Felguera, no guardo más que buenos recuerdos. Los compañeros de  la parroquia y de la zona de la cuenca del Nalón fueron (y muchos aún son) entrañables amigos. Unos siguen de curas y otros (los más) abandonaron, como yo, el  estado sacerdotal.

Como ya señalé anteriormente, no fue posible la marcha a Argentina, como tenía previsto. Empecé entonces una peregrinación por diversas ciudades y residencias: Mieres, La Peña, Gijón, Luxemburgo, Madrid.  Iba siempre muy  ligero de equipaje. Una maleta con ropa y unos libros (la Biblia, el Breviario, los tomos de “Literatura del siglo XX y Cristianismo” y  “El  Quijote” de bolsillo).

Al regreso de Madrid, pasé varios meses retirado en la parroquia de San Juan de Mieres, donde  maduré  la decisión de hacerme cura obrero. De acuerdo con Francisco Rivera, empezamos los dos  a trabajar como peones en una empresa de construcción. Era el mes de mayo de 1969. Fuimos a vivir en  la casa parroquial de La Peña. A los pocos meses, partí para Gijón, donde conviví con otros compañeros que trabajaban también como curas obreros.

Este paso que di, tras muchas charlas y meditaciones, selló de manera irreversible mi separación de la estructura eclesiástica y sacerdotal. En los primero meses, rezaba el breviario y decía misa los domingos, en algún funeral, alguna boda… Otras prácticas fueron cayendo de mi rutina, sin darme cuenta, como hojas maduras. Un día dejas de rezar el breviario para no hacerlo nunca más. Celebras misa cada vez con menos frecuencia, para pasar a una  al mes,  o de tarde en tarde, debido a algún compromiso personal, hasta que celebras la última, que fue en el entierro de mi padre. No había roto del todo, seguía en el hogar, pero no entraba en la casa.

El choque con el mundo obrero, las preocupaciones laborales, así como la participación en actividades reivindicativas de carácter sindical y político, ocupaban todo mi tiempo. Sin olvidar que me metí en el ambiente de la gente normal en relación con las diversiones y relaciones con chicas.

La aventura daba comienzo en toda su dimensión y crudeza. Fue empezar de cero. Sin oficio ni profesión definida (peón en la construcción, en una cordelería, pintor de brocha gorda…), el  choque fue como una caída libre desde un globo en el que había sobrevolado durante muchos años. En una primera etapa, piensas en la evangelización, en llevar el mensaje del evangelio a los más pobres y sufrientes, para acabar convenciéndote de que es inútil, vano, ese esfuerzo. La iglesia, tal como estaba estructurada en aquel momento tenía muy poco, o nada, que decir en ese mundo. Tal como fue concebida la experiencia de los curas obreros no tenía futuro. Es evidente, que a nivel personal y en la conciencia de cada cual cabe desarrollar el compromiso religioso, en concreto cristiano, pero llegué a la conclusión de que para ese viaje no necesitaba estas alforjas. Para ser buena persona, practicar la justica y la solidaridad, comprometerse en la lucha por los derechos humanos,… no se requiere, ni se necesita,  (aunque creo  que a muchos les ayude, y lo consideren necesario) ir a misa todos los domingos, confesar y comulgar, rezar  rosarios y practicar otra serie de ritos litúrgicos.

En el año 1972, durante mi estancia en Luxemburgo,  trabajé como peón de la construcción y me alejé de todo contacto con la iglesia “oficial”, aunque seguí vinculado a movimientos sociales de signo cristiano. En ese mismo año llegó el momento de abandonar  el sacerdocio de manera oficial y despedirme definitivamente. Solicité  la secularización, que me  fue concedida al año siguiente. Como hijo pródigo abandonaba la casa eclesial, que me había acogido  durante 20 años, sin más herencia  que el  enriquecimiento intelectual  y ético que aprendí y practiqué con muchas personas a las que comprendo y quiero.

Manuel Suárez.  Madrid, 2016

 

 

 

 7.4    

 De Unquera a Covadonga en dos ETAPAS

 

El GR 105 es un sendero de Gran Recorrido que une Oviedo y Covadonga al que se le denomina ‘Ruta de las Peregrinaciones’.

El GR 105.2 es una variante del anterior que va de Llanes a Covadonga.

El itinerario, aquí descrito, se amplía para así completar el ‘Camín de Oriente’ partiendo del límite de la provincia y siguiendo ‘La Senda Costera’.

Queremos emprender el recorrido desde Bustio – Parque de La Remansona (Ría de Tinamayor) - hasta Covadonga. Nos propusimos hacer este recorrido en sólo dos etapas y así se presenta aquí en reseña escrita y gráfica.

 

Ver GR 105.2

http:// www. terra.es/ personal3/andacaminos

http://personal.redestb.es/maki/rper2.htm

 

Primera etapa: Unquera-Llanes

 

Iniciamos en Bustio la llamada ‘Senda Costera’, que nos dirigirá hasta Llanes por travesía bien señalizada y coincidente, en parte, con el ‘Camino de Santiago por la Costa’ y con el ‘Itinerario Europeo E9’.

Nuestro recorrido va a hacer algún desvío intencionado buscando lugares de interés que hemos de visitar más despacio en otra ocasión (como así hicimos).

El recorrido se inicia en el Parque de La Remansona, tomando el sendero de la izquierda para alcanzar enseguida el primer hito, bien hincado, que marca el kilómetro 1.

 

    

 

                                                                                 

 

Este primer tramo de subida fuerte nos despereza totalmente y sirve para engrasar nuestras bielas y desentumecer los músculos aletargados por la sentada en coche desde Oviedo.

Una vez que se corona esta primera subida se puede elegir alcanzar en unos minutos el pueblo de Pimiango, siguiendo hacia la izquierda la pista asfaltada, o bien, dar el primer rodeo ‘very interesting’ eligiendo seguir la pista a la derecha, hacia los parajes, sin par, de Tina.

 

 

 

 

 

La primera vez que, casualmente, llegué hasta el Monasterio de Tina quedé alucinado ante aquellas ruinas “¿todo esto… tan cerca y sin descubrir?” me reproché. Escribo ‘casualmente’ porque seguí una senda  marcada que no sabía a dónde se dirigía, mientras esperaba el turno para visitar La Cueva del Pindal. ¡Tres joyas, no identificables, juntas: Cueva del Pindal, Monasterio de Tina y Ermita de San Emeterio! Esta visita ocasional data de febrero de 2005 y aquí se ofrecen algunas imágenes de la situación ‘ruinosa’ de esta belleza.

Cuando nos acercamos, haciendo la ruta Bustio-Llanes, aquellas ruinas ya tenían otra cara.

 

               

 

 

 

 

 

                                                                      

 

Es éste un paraje que hay que disfrutar, junto con la Ensenada de Moral, cuando se visite El Pindal (¡al menos, dos veces en la vida!).

Junto a la fuente de San Emeterio hacemos un alto en el camino para comer unas almendras y algo más.

 

 

 

 

Emprendemos la subida hacia Pimiango, deteniéndonos en el  Mirador ‘Pico de Pimiango’ a contemplar ‘la rasa’ del mar y la rasa costera: ambas nos hablan de infinito; al fondo… Sierra del Cuera y Picos de Europa… ¡casi ná!

En Pimiango, quizá el pueblo más vistoso del recorrido, encontramos a quien nos facilitó la entrada en la iglesia parroquial donde se encuentra la imagen de la ‘Virgen de Tina’ y unos retablos e imágenes que ennoblecen este lugar.

                                                                                      

                                                                                   

          

 

                                                                            

 

Nos encaminamos hacia La Peral donde cruzamos la N-634 (¡la autovía es virtual: está aún en los papeles!) y seguimos la senda bien señalizada hacia La Franca, coincidente aquí con el ‘Camino de Santiago’, hasta el cruce del río Cabra, donde curiosamente la ‘senda costera’ y la E9 nos jugaron una mala pasada: nos ‘obligaron’ a hacer una larga y costosa subida hasta la Sierra Plana de La Borbolla, recorriendo la crestería para descender en picado hasta Buelna -- ¿? –

 Se recomienda, en el cruce del río Cabra, seguir la señalización del ‘Camino de Santiago’, que bordea por la ladera hasta salir a la carretera N-634 que hemos de recorrer en un tramo no muy largo hasta el pueblo de Buelna.

Desde este cuidado lugar el recorrido se hace todo él por la rasa costera, disfrutando del mar azul y de la tierra verde, de horizonte y de quietud.

Llegamos a Pendueles donde una fuente en el camino nos invita a detenernos en una para da discrecional. Cruzando el pueblo se encuentra la iglesia de San Acisclo, de portada gótica, y algunas estampas típicas.

 

    

 

                                                                          

                                                                                   

La senda nos conduce hacia Vidiago. Sin entrar en este lugar el camino nos lleva a maravillarnos de otra grata sorpresa: los bufones de Arenillas. Si tenemos la suerte de que haya marejada y sol, el espectáculo está servido: los ‘surtidores’ son ‘imagen y sonido’, que impresionan y dejan un recuerdo ‘imperecedero’.

El núcleo habitado que encontraremos después de un largo recorrido por bosque bajo y atravesando el río Purón es Andrín.

                                                                                   

  

 

                                                                                    

 

Si así lo pide el cuerpo, es un buen lugar para acercarse al bar y beber una cerveza fresca antes de emprender la subida hacia el mirador sobre las playas de Andrín y La Ballota y con la vista de la meta  - Llanes – en la ya larga travesía realizada.

 

 

 

Hacer el recorrido que nos acerque a Llanes siguiendo la ruta señalada, por la ladera de la izquierda para bajar por la capilla del Cristo es ‘perder el tiempo’, pudiendo seguir la carretera hacia el pueblo de Cue, avanzando entre un vergel de margaritas ‘gigantes’ a la vera de la carretera, y entrar en la Villa por Toró.

 

                                                                                   

 

 

Hemos de atravesar la bonita villa de Llanes (de lo que nadie puede arrepentirse) para llegar a la estación de FEVE con el fin de retornar en tren a Unquera, en donde dejamos nuestro vehículo que nos llevará a Oviedo.

Resultó una caminata larga, pero cómoda y esplendorosa, que merece repetirse (como así lo hicimos al año siguiente).

Es final de etapa, pero no final de camino, que D.M. será la Santa Cueva de Covadonga en la segunda etapa.

 

 

Segunda etapa: Llanes-Covadonga

Debemos rendir homenaje de agradecimiento, una vez más, al Grupo Rivayagüe porque la señalización de la ruta y su descripción pormenorizada nos sirvió en todo momento para nuestro recorrido. 

Este Grupo Montañero de Oviedo fue un impulsor ejemplar en promover senderismo hacia Covadonga (algunas de las líneas entrecomilladas están copiadas de su descripción del ‘Camín de Oriente’).

Este relato de viaje pretende ser descriptivo de la ruta a seguir y recoger, al mismo tiempo, algunos de los datos y observaciones del recorrido y también de los recuerdos que permanecen después de haberlo hecho hace ya varios años.

Fue en septiembre cuando nos pusimos a recorrer este ‘Camín de Oriente’ en esta segunda etapa. Madrugamos y llegamos a Llanes cuando esta villa marinera  estaba despertando. Dejamos el coche debidamente aparcado y a las 8 de la mañana, calzadas las botas y demás pertrechos, comenzamos el camino que debía llevarnos a Covadonga, hasta los pies de La Santina.

Pretendemos hacer este recorrido de 44 kilómetros en un único día. Contamos con la estimada colaboración de un buen amigo que iría a esperarnos a Covadonga y, en cómodo viaje, acercarnos al punto de partida, Llanes, y poder así regresar en nuestro propio coche a Nava y Oviedo, lugares  de residencia de los cuatro caminantes de esta jornada.

Salimos de Llanes por la carretera que une Póo con esta hermosa villa turística.

 

 

 

Una vez en Póo, pasando por delante de la iglesia parroquial dedicada a San Vicente (año 1869) y en un sonoro silencio, avanzamos por conocidos rincones de esta población costera para adentrarnos, una vez cruzados autopista y ‘o camín de ferro’, en la senda interior, que, dejando a un lado el pueblo de Porrúa, siempre a la sombra de la Sierra del Cuera, de camino ancho se pasa a sendero desdibujado, débilmente señalizado; por el arroyo de La Bola,  el camino, con fina arena blanca, discurre entre viejos robles hacia  las aldeas de Piedra y de Lledías de Posada. “Con frecuecia la tupida vegetación dificulta el seguimiento del camino; ya se sabe que la exuberante naturaleza asturiana no se doblega ante los caminos, por lo que su mantenimiento ha de ser siempre constante. ¡Más le vale aquí al senderista cambiar el piolet por una hoz!”.  Sabíamos que en la aldea de Lledías había panadería; para aproximarnos hasta allí nos orientó el buen olor de la hornada recién hecha; una señora nos aprovisionó de pan para el camino de la jornada; llevábamos ya en la mochila el buen acompañamiento para el pan: jamón, chorizo y queso sin olvidarnos de la fruta, chocolate, higos pasos y almendras.

Se atraviesa el pueblo y, dejando a la derecha la carretera que lo une con Posada, se orienta el sendero dejando siempre a la izquierda la Sierra de Peña Llabres . Este tramo del camino estaba  tan embarrado que nos obligó a saltar a las fincas hasta que se comienza a bordear el pico Llabres. Una vez recorrida esta ladera pedregosa, dificultosa y en camino angosto, nos encontramos con un hermoso valle de árboles centenarios, robles y castaños, y con un pequeño grupo de vacas  que pastan todavía en el placer de la aún fresca mañana.

                                

 

 

Una fuerte pendiente nos acerca a la aldea de Rioseco, con fuente de agua abundante y ‘potabilísima’; desde aquí se nos abren nuevos horizontes: enfrente se levanta El Cordal del Benzúa que nos acompañará a lo largo del recorrido por el valle de Ardisana; una vez cruzada la aldea, un camino ancho, bien empalizado, nos aproxima al pueblo de Vibaño.

                                                                                     

 

                                                                                            

 

Son las  10.30  y después de casi tres horas de camino es preciso detenernos para beber de buena fuente y saborear parte de las viandas que llevamos en la mochila. La zona ajardinada junto a la bien cuidada iglesia de San Pedro es buen lugar para un corto descanso y un oportuno refrigerio.

El camino de salida nos lleva a la carretera Benia-Posada, o ‘Carretera de las Cabras’, hacia La Herrería. Los pueblos de La Ferrería, Los Callejos (Los Caleyos), Riocaliente (Ricaliente) y Mestas son lugares obligados de paso.

                        

 

                                    

 

En todos ellos se encuentran motivos para detenerse a contemplar y sacar una fotografía de referencia: puente de La Ferrería (de estilo románico recientemente reconstruido sobre el río Bedón), la Casona-Palacio del Cardenal Inguanzo, los sembrados de Los Caleyos, los hórreos de Riocaliente…

El Los Callejos se puede seguir el sendero señalado o descender a la carretera y seguir por ella hacia Mestas (nosotros nos decidimos, ante el consejo de un vecino del lugar, por esta segunda opción).

No ha de pasar desapercibida la majestuosa, aunque lejana, mole del Naranjo de Bulnesque presenta una muy grata contemplación desde este paso por Los Callejos y que hace revivir otras historias de rutas más duras.          

Mestas de Ardisana, después de otras dos horas de recorrido por carretera desde la última parada, es un bonito lugar para detenerse y tomar una cerveza en el Hostal Benzúa antes de emprender la ruta de subida al puerto de Piedrafita. Aquí, en Mestas, donde se juntan las aguas del Riensena y del Piedra Hita, es un agradable lugar, intermedio de la ruta del ‘Camín del Oriente’, para terminar la jornada si se decide dividir esta larga etapa en dos etapas más llevaderas.

 

                                                             

 

Pasado el Hostal, nos dirigimos por la carretera de la izquierda hacia los últimos pueblos de la comarca de Ardisana; Llumedián y Telledo, siguiendo el curso del río de Piedra Hita; Teyéu es un pequeño y cuidado pueblo de escasos habitantes, por lo que se puede apreciar, pero de cuidadas y vistosas viviendas. El sendero avanza ascendiendo suavemente por el valle y, como en todo valle de Asturias, discurre un riachuelo, el Piedra Hita, que es necesario cruzar en varias ocasiones. Conviene estar atentos a la señal de la ruta en el lugar que comienza la ascensión a la collada por el Camín Real de Piedrahita, que se conserva, en un tramo largo, empedrada tal como fue construida en la lejanía de los tiempos: los que la trabajaron lo hicieron para ser eterna. Iniciar esta calzada es quizá el punto más conflictivo del recorrido (por inexperiencia, una primera vez, yendo en solitario, seguí el valle hasta su nacimiento llegando a Riensena y a la invernal de Tronceda (de Busto Vela); esta segunda vez, en grupo, tuvimos nuestras dudas y vacilaciones, pero ocho ojos y cuatro cabezas ¡son más perspicaces!). Conviene seguir por el valle hasta que, en una revuelta, el sendero se orienta hacia el sur, a la izquierda del sentido de la marcha en un frondoso bosque de pinos; existe la propia señalización del GR bien visible (en la ladera de la derecha parte un sendero en zigzag que se orienta hacia Riensena).

 

 

                                                               

 

Gaspar Melchor de Jovellanos hace referencia en su diario, el 23 de septiembre de 1790, de su paso por este camino y puerto en viaje de Llanes a Covadonga, y vuelve a pasarlo en sentido inverso hacia Llanes, el día 8 de agosto de i791, en lo que el ilustre denomina ‘el gran viaje’”.

Según Sánchez-Albornoz, esta calzada fue abierta ya en tiempos de los romanos y formaba parte de aquella importante arteria de comunicaciones que partía de Lucus Asturum hacia territorio cántabro.

La subida que queda hasta el puerto  – calzada romana del Camín Real de Piedrafita - guarda historia de su viejo uso: fue transitada por arrieros y feriantes de las comarcas de Ardisana, que dejamos atrás, y de Corao a donde nos dirigimos; era paso obligado para los viajeros que realizaban la ruta de Llanes a Cangas de Onís y Oviedo. Esta subida no es demasiado costosa y pronto se hace del todo cómoda; como toda subida,  va abriendo horizontes a los ojos de la cara y a los ojos del alma: desde la collada de La Vega del Puerto nos parece tocar el Macizo de Picos de Europa. Este paso queda en la hilera de cumbres que va desde El Hibeo a la La Gelguerosa y Busto Vela y hace de límite entre  los concejos de Llanes y Cangas de Onís.

   

 

                      

 

Detenerse a contemplar los Macizos Central y Occidental de Picos desde la collada es algo sublime y gratificante; se divisa también La Cruz de Priena, que hemos de coronar  en la ruta a Covadonga.

 

 

Viene ahora una larga bajada hasta Corao. El camino desde esta collada nos lleva primero al pueblo de Cuerres, y por Llenín y Tárano se acerca uno, paso a paso, a Corao; desde la aldea de Táranu se avistan los pueblos del valle del río Chico, por el que discurre la carretera que va desde Labra a La Collada de Igena  y a Nueva de Llanes. Toda esta parte del recorrido se hace por un trayecto que no es deseado por ningún senderista: carretera y asfalto, pero ¡como la vida misma!, hay que recorrerlo si queremos llegar a la meta deseada. Llegados a Corao, pasamos al lado de la casona  de Frassinelli, donde vivió el ilustre ‘alemán de Corao’. Cruzamos el pueblo, bordeando la iglesia parroquial de excelente planta. Son las 4 de la tarde y es ya hora de detenerse a reponer fuerzas con el descanso y unos sabrosos bocadillos, acompañándolos de un buen vino en una de las cantinas de Corao, desierta a esas horas, para que nos avive en lo que resta de travesía.

 

                    

 

Calzamos de nuevo las botas y, cruzando ‘el castañeo de Corao’ y el río Güeña, nos encaminamos hacia Abamia, donde es obligado detenerse para contemplar y comentar la desafortunada restauración reciente de la iglesia parroquial de Sta. Eulalia, importante arquitectura románica, donde se encuentran enterrados los restos del incansable y emprendedor Roberto Frassinelli, rescatados de la desidia en que se encontraban en el cementerio adosado y trasladados al interior de la iglesia por alguien que sintió indignidad ante la situación y creyó que ‘enterrar dignamente a los muertos’ es una obra de misericordia y de reconocimiento; contemplamos en el entorno unos buenos ejemplares de texos que nos hablan de nuestros sabios abuelos (en esta iglesia, según la tradición, estuvieron enterrados Pelayo y su esposa Gaudosia antes de ser trasladados sus restos a Covadonga).

“Leemos a Ambrosio de Morales. ‘el día que yo estuve era domingo, y parecía que estaba allí el Real del Rey D. Pelayo, pues había alrededor de la iglesia más de doscientas lanzas hincadas, de los que venían a misa por aquellas brañas y pueden encontrar un oso, de que hay hartos, y quieren tener con qué defenderse’ “.

 

                                                                

 

 

“Esta iglesia quedó abandonada durante muchos años y lo que queda de la nave original es poco. Fue declarada Monumento de interés histórico-artístico en 1962, y, en los últimos años, restaurada en su mayoría por inquietud del párroco D. Fermín Alonso Álvarez y vecinos de Corao”.

 

 El sendero de subida hacia La Cruz de Priena  sigue la senda Frassinelli hacia Picos de Europa hasta un determinado recodo del camino, señalizado con ‘hitos’, que gira hacia la derecha y, por camperas y entre matorrales, nos conduce al Pico Priena o Cruz de Priena, que, con sus 722 metros de altitud, es el punto de mayor altura de este recorrido.

Una vez en la cumbre y antes de sentarnos a descansar alargamos nuestra mirada hacia el entorno privilegiado de Covadonga y reconocemos bien el lugar de La Santa Cueva. El senderista/visitante/turista no desea controlar el tiempo, si es posible, para admirar la belleza y  armonía que se pueden disfrutar en este lugar.

                                                              

 

 

Cuenta Martín Andreu en su libro ‘Para leer en Covadonga’ una ilustrativa anécdota:

 

“Cierto turista inglés indefectiblemente visitaba Covadonga en una época determinada cada año. Su estancia era brevísima pues no llegaba la duración de un día, pero, a su manera, podía juzgar que era suficiente y muy aprovechada. Llegaba en el tren y, a buen paso, emprendía la subida, monte arriba,  hacia el Pico Priena.

Ya en la cima, bien arropado, tomaba asiento frente al paisaje extraordinario que ante sus ojos se extendía. Mudo y estático tendía la vista, con atención reconcentrada.

Pasado un buen rato, regresaba para tomar el tren en el Repelao y no volvía a aparecer hasta el año siguiente con objeto de repetir la caminata sin variante alguna”

 

“Desde el Pico Priena se ve la pequeñez de las obras humanas: la magnífica Basílica, el soberbio Hotel Pelayo, las Casas de los Canónigos (habiendo perdido el pintoresco aspecto que antes tenían), la Hospedería, la iglesia de S. Fernando … todo se convierte en casitas de juguete”.

 

La Cruz primera, instalada en 1907 fue erigida ‘por memoria  de la completa victoria de los cristianos y su caudillo D. Pelayo contra los árabes’ según Las Actas Capitulares del Cabildo de Covadonga de octubre de 1906. 

Llevábamos un retraso de dos horas por lo que nos detenemos aquí el tiempo imprescindible para extender la mirada hacia el camino recorrido por el alto de Piedrahita, hacia el Sueve y el mar, hacia los pueblos del valle de Onís y a nuestra ya cercana meta: Covadonga, que nos aparecía con un esplendor distinto al que se ve cuando se llega en coche desde Cangas de Onís.

Sabemos que la bajada desde el Pico Priena se hará un tanto costosa por el cansancio muscular acumulado y queremos llegar a rezar una Salve ante La Santina antes que a las 8 cierren la Santa Cueva (y para no hacer prolongar por más tiempo la espera a nuestro ‘taxista voluntario’). La sinuosa Cuesta Ginés, pasando por El Pozo de La Oración,  nos lleva hasta la carretera junto al inicio del Parque del Príncipe; apuramos nuestros últimos  pasos, avistando el ‘chorrón’ que da origen al ría Diva y ascendemos de dos en dos los peldaños de ‘la escalera de La Promesa’ entrando en la Santa Cueva, dando por bien finalizado el esfuerzo realizado en la ruta del ‘Camín de Oriente’ a Covadonga ante la imagen de La Santina.

 

                  

 

 

Ni faltó ni sobró tiempo. No sobró ni faltó pan

para terminar la jornada de la manera buscada

en esta larga  caminata,

que quizá no repitamos otra vez o tal vez sí,

si alguien así lo propone porque entusiasmo no falta

y ¡ojalá! fuerzas tampoco.

Para todos los amigos (que sois muchos):

“hacer ‘el Camín de Oriente’ es cuestión de proponérselo.

Y, en llegando a Covadonga, orar, rezando una Salve,

nos abrirá más caminos y horizontes en la vida:

porque, al mirar a La Santina, recibimos la sonrisa de María.

 

 

 

 

Lo que viene a continuación son apuntes tomados ‘a pie de urna’ y se escriben para orientación, y también por satisfacción personal ¡por qué no confesarlo!

 

 

 

DATOS DE LA PRIMERA ETAPA

 

Bustio  --  San Emeterio                  6.250 pasos                          1      hora

San Emeterio – La Peral                 6.600    “                       1.20    “

La Peral  --  Buelna                           12.000    “                    2         “

Buelna  --- Pendueles                      3.000    “                       0.30    “

Pendueles  --  Andrín                       12.150    “                    2         “

Andrín  --  Llanes                    9.000    “                       1.30    “

 

            TOTAL               49.000 pasos (= 36.500 metros)         8.30 horas

 

 

DATOS DE LA SEGUNDA ETAPA

 

Llanes --  Lledías                           15.000 pasos                       2.30 horas

Lledías --  Mestas de Ardisana    13.000   “                     2.15    “

Mestas  -- Collada Vega del Puerto      14.000   “                     2.30    “

Collada V. del Puerto – Corao     11.000   “                     1.45    “

Corao  --  Covadonga                   11.000   “                     3.00    “

 

                   TOTAL      64.000 PASOS (44.000 metros) 12 HORAS

 

 

 

 7.5

DEVOCIÓN  MARIANA

 

11 – 12 – 13 – 14 años teníamos la mayoría y el rezo del Ave María, entre timbres y campanas, resonaba todo el día, pues con él iban en paralelo y prolongación todas nuestras penas y alegrías. Entretenían los dedos las cuentas del Rosario, ampliación repetitiva de la salutación angélica a la vez que revivimos los misterios evangélicos de forma concreta, familiar y real en María, como oración solidaria de y con los pobres y pequeños de todas las generaciones pasadas. Y, hasta en filas, se rezaba aquel Breviario mariano que nos iniciaba a saborear el canto de María como himno diario: “Magníficat anima mea Dominum”; primero como puro canto de alabanza y, en progreso de madurez, al contacto del mundo, el oprimido y el opresor, descubrimos su mensaje liberador. Admiración por María, sentida  como verdadera y querida Madre, que se adentraba sentimentalmente en nuestro espíritu al compás del seráfico canto escolano:”Madre mía de Covadonga, sálvame, sálvame y salva a España”.

 

 

Como aquel niño de Nazaret, tu hijo Jesús, corríamos con frecuencia a tu casa-Cueva para hacerte o conseguir una caricia y presentarte nuestras cuitas que tú atendías y solucionabas con un beso. En nuestros ojos infantiles entraba la estampa globalizada de ternura, protección y consuelo, junta a la admiración de Madre de Dios y Madre mía. En un trato íntimo, con palabras fluidas del Espíritu, entramos con ella en una visión de fe, en una experiencia de vida total, de Dios y de mi propio yo, en abandono, confianza y compromiso.

Ya jóvenes, se ampliaba esa imagen con los detalles de la belleza, de la feminidad y maternidad; la imaginación te vestía llena de gracia, de pureza, de juventud y alegría, a pesar de que una vana piedad cristiana había privado a nuestros ojos poder reconocerte “mujer en la que la Palabra se hizo carne” totemificando tu figura. Mirando la bella imagen que hay en la catedral,

 

 

contemplamos la feminidad de esta mujer, con el sentido pleno del misterio de la Encarnación y lo saboreamos con Jean-Paul Sastre en su poética evocación en una obra escénica de 1940, cuando hace decir a María:”Este Dios es mi hijo; esta carne divina es mi carne. Está hecho de mí, tiene mis ojos y la forma de su boca, es la forma de la mía; se parece a mí. Es Dios y se parece a mí”. Es bueno recoger en su imagen no solo su santidad, su fe, su pobreza, su sufrimiento, su virginidad, sino también su feminidad y maternidad. Vivíamos en la inauguración redentora de un mundo nuevo pues nuestra vida repetía el tiempo de esta mujer nueva, donde la virginidad era el modelo sin condenar la natural sexualidad; donde ella decía  “he aquí la esclava del Señor”, nuestra expresión era una obediencia y disponibilidad al servicio del Señor, cuando ella “guardaba en su corazón” sus vivencias, sus dudas, sus miedos y esperanzas, nosotros las meditábamos a la luz de la Palabra, frecuentemente orientada y animada por el director espiritual. Teníamos mirada de fe para ver en María la maravilla de la feminidad transfigurada por la gracia, cuyo brillo se refleja en todas las mujeres. Por ello podíamos repetir la bienaventuranza de los creyentes: “bienaventurados los pechos con que amamantaste al hijo de tu seno porque escuchaste y cumpliste su Palabra”.

Siempre cercana a nuestra actividad, ella era motivo de inspiración para que nuestra palabra recrease su canto al “Poderoso que hace grandes obras” y pudiese alabar a la vida y la acción en adoración y súplica exultante al Dios misericordioso que “enaltece a los humildes y colma de bienes a los hambrientos”, para vivir con Jesús la espiritualidad de los “pobres de Yahvé”, que tú, nueva Eva, hija de Sión, heredaste de la Palabra profética y transmitiste, como Madre de la primera comunidad de pobres creyentes, celebrando el misterio prodigioso que en tu seno se había realizado. Gracias a tu disponibilidad, Dios mismo se ha insertado en nuestra historia en plena realidad de humanidad, por lo que liberaste al cristianismo de ser un mito. Imaginando tu sencillez y pobreza nos era fácil y sentíamos como normal vivir la espiritualidad de los pobres, participar y aceptar plenamente el sufrimiento. Por eso cada día te coronábamos, como perfecto acierto de la creación, con todas las gracias según el Espíritu:”amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad….”, por lo que nos uníamos a cuantos “te bendecirán por todas las generaciones”.

Ora con nosotros, María, y concretiza tu Magnificat para este mundo nuestro de contradicciones pues, al limitado esfuerzo por la paz, la salud y la solidaridad se opone poderosamente su hundimiento en la guerra, en la pobreza y la muerte. Incluso la “muerte de Dios” en el pensamiento y en el corazón de los hombres, que trae como consecuencia la muerte del hombre. Pero, como dice Lutero: “María, con su expresión: el que es poderoso, despoja a una multitud de personajes de sus privilegios”. Danos fortaleza para estar, como tú, “de pié junto a la cruz” y no perder el ánimo ante los signos de la degenerada dignidad humana y desconfianza de la presencia liberadora de Dios. En cada nuevo amanecer la humanidad resucitada canta contigo el Magnificat, pues somos herederos en la fe de “la promesa hecha a nuestros padres a favor de Abrahám y de su descendencia para siempre”. En lo más profundo de nuestra fe judeocristiana late la experiencia del Dios Creador, “mi Salvador”, que vela y nos ama con infinito amor y hace en nosotros “mil maravillas”, siendo “causa de nuestra alegría”. En nombre de la humanidad acogedora has dicho “sí” a los planes de Dios y con alegría y adoración celebramos contigo el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, Salvador y Liberador, que hace al hombre más hombre, libre, audaz, descubridor de nuevos caminos, como Abrahám.

Con María cantamos al Dios transcendente, cuyo “nombre santo” nos predispone en actitud de escucha y acogida de su Palabra, que en ella se hace carne y en nosotros, “los que le temen”, o sea, los que la toman en serio, se hace “misericordia que alcanza de generación en generación”. Pena y dolor, sin embargo,  por cuantos montajes ideológicos, económicos y consumistas que impiden la fe en el Dios Creador y Misericordioso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a nuestros hermanos no creyentes, pero cuyo corazón también está hecho para Él.

En resumen: toda la vida alegrándonos por el hecho tan inimaginable como sencillo como la culminación de una mujer en la maternidad por la que Dios se ha hecho uno de nosotros en Jesucristo. Todo tan sin méritos propios de esta Humanidad caída, pues fue pura gracia. Solo ofrece plena disponibilidad la que se presenta como “esclava del Señor”; por cierto, testimonio que valora la primera comunidad  al recordar cómo aparca su nueva condición gestante para ayudar a su prima que está en necesidad, enseñándonos dónde está la verdadera dignidad y cómo se realiza la auténtica liberación.

Fue Covadonga lugar de refugio en tiempos turbulentos. Cada persona, en su breve historia,  pasa por momentos de necesidad de seguridad, de amor y acaso de pan; se busca respuesta en el plano social y psíquico; los pobres y pequeños encuentran salida en la figura maternal de María. Y el lugar se convierte en ocasión evangélica y concretización de la Iglesia de los pobres; se perfila entre montes y riscos la posibilidad de una humanidad nueva, de un pueblo con salud y paz, un santuario con la misión de la Iglesia de acompañar a los cansados y desorientados. Como fruto y nido de esta esperanza nace el Seminario Menor de Covadonga.

 

 

 

                                                              Angel Solís A.


 

 

7.6

 MIRADORES EN LA MONTAÑA DE COVADONGA

 

Las montañas del entorno de Covadonga forman uno de los paisajes más espléndidos de toda España. Situados en lugares estratégicos hay varios Miradores que muestran a los turistas la inmensa belleza del paisaje asturiano. Son otros muchos los lugares desde Covadonga a Peña Santa para contemplar esta naturaleza maravillosa. Nos detendremos únicamente en los más conocidos y pateados por mí y mis amigos durante unos cuantos años.

En el propio Santuario de Covadonga existen unos “balcones privilegiados” como son la misma Cueva de la Santina y su visión del “Pozón” y de la Cruz de Pelayo o de Priena. Otra vista buena es la que se ofrece desde el “hueco” con tres Cruces del túnel de entrada a la Santa Cueva. Un lugar muy visitado para ver la Basílica y el monte de la Cruz. Desde el paseo exterior de la Basílica podemos disfrutar con la vista del Monte Auseva, la Gruta de la Señora, el monte Priena y la subida hacia los lagos y los Picos de Europa.

 

CRUZ DE PRIENA O DE PELAYO

 

 

 

 

 

Son varias las Rutas que llevan a este monte. Se puede subir desde Corao, en la carretera de Cangas de Onís a Cabrales, pasando por el Pico de la Oración.

Hay diversas “subidas” desde el Santuario, las más clásicas y difíciles, en continuo zig-zag hasta llegar a los 725 metros donde se encuentra la Cruz. A escasos metros de la cima se encontraba la fuente Ginés donde saciábamos la sed en nuestra juventud. Hace tiempo que no existe.

No hace muchos años existía en lo alto del monte una Cruz enorme de hierro. Actualmente ha desaparecido, lo mismo que un buzón y un mojón.

La vista panorámica desde la Cruz de Priena es espectacular: Covadonga al fondo con la Basílica, la Cueva y el resto de edificaciones, la carretera hacia los Lagos, los Picos de Europa con Peña Santa, el Sueve,...


ASIENTO DE LOS CANÓNIGOS

Subiendo por la carretera de Covadonga a los Lagos, a unos dos a tres km. del inicio, en una curva prolongada a la derecha, nos encontramos a la izquierda de la carretera una pequeña explanada un poco más baja que la calzada. Es una especie de balconada sobre Covadonga. Es el llamadoAsiento de los Canónigos, en una zona muy frondosa, que dificulta en parte las  vistas del Santuario. Era el lugar obligado del paseo de los canónigos establecidos en el  Santuario; paseo un tanto complicado por el fuerte desnivel en algunos tramos, pero con poco tráfico al menos hasta tiempos recientes. Un pequeño cierre y unos bancos de piedra marcan el lugar para el descanso y la contemplación del Sagrado Sitio

 

 

 

MIRADOR DE LA REINA

 

La novela “Altar Mayor”  de Concha Espina nos describe magistralmente este Mirador así como el resto de la Carretera a los Lagos: El Mirador de la Reina: Ese sitio es una espléndida atalaya gratamente revestida de bancos y rastiles, flores y tapices de verdura que logró tanta solicitud en medio del salvaje tramonto, porque un día

 la reina Victoria de Battenberg [esposa de Alfonso XIII] se detuvo aquí para admirar uno de los semblantes extraordinarios de la solemne belleza de Asturias. Desde entonces se ha convertido en moderna posa del terrible sendero, un descanso que permite ver cómo saltan,  ensanchándose, las lejanías, se tienden las llanuras residuales, se forman los pliegues geológicos, brechas y campas, altitudes y abismos, en la misteriosa libertad de las cumbres…. 

  [Serafín a Teresina en el Mirador]:

 ¡No te vayas, espera; me vas a decir sí o no, delante de ese trono. ¡Mira!; es el altar mayor del mundo-y señala a Occidente, por donde huyen a esta hora las oraciones y los pájaros;….Tendrá más validez que en un templo artificial. Los montes son en Asturias la gran Mesa del Señor..

 

Este mirador se encuentra a mitad de camino hacia los Lagos, sobre unos 900 metros de altitud. Podemos observar desde él preciosos paisajes de Cangas de Onís y sus pueblos así como las montañas del Sueve y el mar Cantábrico en días despejados.

Existe un aparcamiento y asientos y el propio Mirador.

 

 

 

 MIRADOR DEL PRÍNCIPE

 

A la izquierda de Buferrera (donde antiguamente estaban las minas de hierro y actualmente un amplio  aparcamiento y unos edificios para explicar la interpretación de los Picos de Europa) subiendo un pequeño repecho llegamos al Mirador del Príncipe con una vista magnífica de la Vega de Comeya (quizá antiguamente un lago) y de la sierra del Sueve; espléndida atalaya de las montañas de Asturias.

 

MIRADOR DE ENTRELAGOS.

 

Se encuentra en la cumbre existente entre los Lagos Enol – de 750 m. de largo por unos 400 de ancho- y Ercina- de dimensiones mucho más pequeñas-. Desde este mirador obtenemos inmejorables vistas de los lagos y de los Picos de Europa. Actualmente hay una senda de piedra entre ambos lagos. Ya Concha Espina nos daba una visión preciosa:

 

 

 

 

 

           Los Lagos: Un “mar ermitaño” (Lago Enol) reproduce en su cristalina quietud la exaltada vegetación que amortigua su tono malva en la ingravidez musical del aire. Este es el lago kilométrico, inmóvil y sin explicación, de escondida profundidad. Está negro a fuerza de ser voluminoso, está triste y frío igual que un cadáver.

Al fondo, abismales, inaccesibles, las torres de las dos Peñas Santas: la de Enol y la de Caín, pórticos de una monstruosa y libérrima catedral que ha hecho Cantabria para asombro del mundo, con nieves y rocas, glaciares y agujas, hoces y llambrías.(desde el Ercina)

 

 

 

 

 

 

 

MIRADOR DEL REY

 

Al llegar al lago Enol nos dirigimos a la derecha hacia la Vega de Enol, una pradera amplia donde podemos ver un refugio de pastores (actualmente un pequeño bar), un capilla para la celebración de la fiesta de Santiago y una pista por la que continuamos unos tres km. dejando a la izda. el Pozo del Alemán (donde solía bañarse Frassinelli, el Alemán de Corao). Continuamos andando (hay una valla que impide el paso de vehículos) y llegamos al Mirador del Rey. Desde este Mirador podemos observar el Hayedo de Pome, parte del río Dobra…

 

 

 

 

 

 

 

MIRADOR DE ORDIALES

Partiendo de la Vega de Enol y antes de llegar al Mirador del Rey, giramos a la izquierda hacia el Pozo del Alemán.  En poco más de hora  y media llegamos a Vega Redonda con un buen Refugio de montaña. En poco más de una hora llegaremos al mirador de Ordiales, con una altura de 1681 ms.  Allí podemos leer la oración grabada en la roca: Nosotros, enamorados del Parque Nacional de Covadonga, en él desearíamos vivir, morir y reposar eternamente; pero esto último, en Ordiales, en el reino encantado de los rebecos y de las águilas, allí donde conocimos la felicidad de los Cielos y de la Tierra, allí donde la Naturaleza se nos presentó verdaderamente como un Templo.

 

 

 

 

 

En este mirador se encuentran desde 1949 los restos del Marqués de Pidal, don Pedro de Pidal y Bernaldo de Quirós, diputado, senador, ministro y Académico,  natural de Villaviciosa y que ayudó a la creación del Parque Nacional de los Picos de Europa. Él había sido el primero en escalar el Naranjo de Bulnes o Picu Urriellu el 5 de agosto de 1904 acompañado por el pastor Gregorio “El Cainejo”.

Desde este mirador podemos divisar  hasta Sajambre (en León) y las princiales montañas de la Cordillera Cantábrica en Asturias..


 

 

 

Cayo González

 

 

 

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