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 SELECCIÓN DE POEMAS  (1ª Parte)

 

José Antonio Olivar

(1938-2020)

 

En recuerdo agradecido a nuestro compañero y colaborador OLIVAR, fallecido el 19 de marzo de 1919, presentamos parte de sus excelentes poemas.

 

 Cedidas por Fernándo Menéndez Viejo

 

INTRODUCCIÓN

“El ave voló alto”

     La trayectoria literaria de José Antonio Olivar Cubiella, periodista, escritor y poeta, nacido en Lastres, Asturias, en 1938, está marcada por estas principales etapas en su vida.

    En un período inicial, están los estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Oviedo, seguido de unos años de vida parroquial en el pueblo asturiano de Villaviciosa y, posteriormente, se traslada a Madrid para realizar estudios de Periodismo en la Escuela Oficial.

     En esta etapa juvenil puso ya de manifiesto sus indudables dotes para la poesía. Prueba de ello es el haber conseguido diversos premios nacionales de poesía (el premio ciudad de Palma, el premio ciudad de Huelva, los Juegos Florales de la ciudad de Badalona, el Tartessos de Sevilla, etc.) que significaron para él un gran estímulo. A éste período juvenil pertenecen los  primeros poemas de la presente selección.

     Hacia finales de los 70 se casa, vienen los hijos y dice adiós a una cierta vida bohemia pues pronto es llamado a formar parte del equipo de redacción de la revista HOLA, empresa en la que se jubiló como director adjunto. Empieza entonces un tiempo de madurez y equilibrio emocional en su vida.

     Aparte de las tareas de coordinación en la citada revista, escribe numerosos textos de temática religiosa a los que ponen música varios compositores españoles y publicando buen número de discos LP a cargo de distintas editoras nacionales de este tipo de música.

     Él mantuvo firme hasta el final su pulso creativo como periodista y escritor pero sin abandonar el campo poético y el musical.

 

Fernando M. Viejo

 

 


 

1.­- DETALLE  PARA UN AUTORRETRATO

 

    A la tercera viene la vencida

porque ley es de vida la insistencia.

Yo, en cambio, me he embarcado en la impaciencia

de, en una vez, ganarme la partida.

 

    ¿Es buena, acaso, es mala mi salida?

¿Yo soy un caso?

                                   Un caso de conciencia

a mí me crea la maledicencia

de quien piense que no entendí la vida.

 

    Aquí tenéis mi caso. Y si fracaso,

no os dé pena de mí, que el gusto es mío

si es tan sólo en mi fuente donde bebo.

 

    Aquí tenéis mi vida. Como un vaso.

Como un verso al trasluz.                   

                                                 Y hasta confío

que a nadie he de pagar: yo a nadie debo.

 

 

2.­- COMO SOY

    Yo soy así. Pretendo repetirme

que está mi solución en los senderos

que no encontré. Prefiero arrepentirme

de cuanto traicioné por ser sincero.

 

   Pudiera confesarme, y convertirme

en uno más, … y en más que sometido.

Pero, antes de volver, prefiero irme

por cualquier senda falta de sentido.

 

   Yo bajé a la vergüenza del vencido,

y me subí al engaño de la gloria.

Y, a fuerza de vivir, sólo he bebido

el desbordado baso de mi historia.

 

    Digo verdad si miento convencido

de que debo ocultar cuanto acontece.

Digo mitad si aduzco el cometido

de mi entera razón siempre en mis trece.

 

   Nada encontré inmortal porque he buscado

hasta el final: no quise que la esquina

apagase mi luz con su reclamo:

De mi trigo ha de ser toda mi harina.

 

   No se nombra mi calle entre las buenas.

Sale el sol y la gente; y yo me vengo

a habitar en mi mundo de hora incierta.

Y, si el corazón brama, lo detengo.

 

   Avidez de caricia, tierna espuma

poso en el borde fiel de lo que quiero.

Luz como mi trasluz no habrá ninguna.

Por todo he de morir si una vez muero.

 

   Para ver quién habita en mi cabeza

alguna escala construirme intento,

y, al final, me la quita la pereza

de nunca comenzar por lo primero.

 

   Mirad la arena tibia de mi pecho.

Mirad el mar. Sus olas son mis manos.

Rompen contra las cosas y los cielos.

Soy sólo arena y mar. Tan sólo humano.

 

3.-  PATIO SIN LUZ

           Premio Huelva de Poesía 1967

   

   Nos han revuelto el río, y la calada

dificultosa está; nos han abierto

una ventana inútil con un patio

sin luz, sin el descaro suficiente

para, mañana y tarde y a deshora,

vocear al vecindario que es tiempo de recuento,

de obras sin más amores, de mejores razones.

    Nos han revuelto en usos sin sentido,

y han puesto un cielo raso irreformable.

Nos han devuelto a un fin que es el principio

de siempre, donde estábamos ayer, donde mañana

lo verán otros ojos en hijos de los nuestros.

    Poca ventilación queda alma abajo;

no hay posibilidades hombre arriba.

La primogenitura se cambió por un orden

sin plato de lentejas, y acaso sin concierto.

Esta noria no cede a la cordura

de un distinto quehacer sin más explicaciones.

    En nombre de supremos sortilegios,

de resortes altísimos, nos han robado al hombre.

Nos han robado al hombre, y no se sabe

en dónde lo han puesto.

Dígalo quien lo sepa, y se termina

un juego sin final, y en el que nadie gana.

   Aisladamente no es posible auparse

para intentar un logro de alegría,

vecina del sosiego, si están puerta con puerta,

y de acuerdo, el recelo, el miedo o la desgana.

 

Digo serenamente, sin ilegalidades,

que aquí la situación es soportable

sólo por el momento, y no lamento

la esperanza por tierra, y la fe porque conviene.                                                               

 

 

 

4.-  PALABRAS A MÍ MISMO

                         (A Antonio Torres como recuerdo de cuando me leía en voz baja  mis poemas en mi pensión de Villaviciosa. Asturias.)

 

     Quiero hablarme al oído por si logro escucharme.

Decir quiero la vida que habita en la hondonada

de mi sentir. Presiento que estoy al fin y al cabo

de una calle que a solas yo recorro

sin tino y sin señal de una salida: asomo

de que la luz está donde yo insista

en que alumbrar debiera.

      Debo hablarme a mí mismo. O saber cuanto ocurra

al borde de este leve volumen que se dice

que late y que combate, que acoge y desparrama.

     Debo hablarme lo mismo: lo que sé.

Y, si yo no lo hago ¿quién lo haría?

¿Quién podría decirme que yo mismo

consisto en frágil aire, y por la tierra tierna

o duramente hostil, la estancia, el libro

de mis días, y el ocio y el empleo,

y, si ellos no me asisten, dejo de ser yo mismo?

¿Quién me aseguraría que si nombro

y utilizo mi mesa y mi tabaco

o mi ilusión, todo me está gritando

que, porque vivo, vive?

     Y, si miro hacia atrás, quiero adentrarme

en lo que pudo ser cuanto no ha sido

elegido por mí, y habita ahora

la fría o inexistente soledad

de lo posible.

       Levemente anoto

relativos caminos, absolutas

encrucijadas, claros derroteros

y turbias soluciones. Entretuve

mi tiempo en una feria; y hoy la vida

me sacó del encierro de niño deslumbrado.

       Pude ser la alegría de los míos, el miedo

del que habitaba enfrente, la ternura

de quien odiaba el agua y sus misiones

de claridad. Anduve un mar de ideas,

y fue un desierto cuanto ha comenzado

a florecer en mí. La vuelta entera

debí escoger. Mantuve la manía

de dar a los demás si a mí no me sobraba.

      

5.­- EL HOMBRE

 

Era un hombre pequeño. No sabía

medir la voluntad con que contaba.

Caminaba despacio, por si acaso

podía equivocarse. Toda esquina

le sabía a final. Y no acertaba

a bien llevar ni a concluirse cosa

alguna conducente para la vida diaria.

 

Escribía despacio. Su letra era pequeña

verdad que sólo daba a los más íntimos.

     Hasta amaba el deporte, y, en las tardes, jugaba

en su sitio de bar. Pronosticaba

sobre fe y elecciones; y, otras veces,

llegaba a hablar de falda o de sueldos

cortos, de situaciones en el límite

de cuanto es soportable.

 

    Se murió en una tarde, igual que mueren todos

los que evitar intentan cuanto es irremediable.

Hablaron mucho de él. En los pañuelos

estuvo su memoria hasta que el río

la borró. Desde luego, sabemos

que nos dejó el consuelo de sabernos

con lágrimas aún. Estaba escrito

su nombre sobre el frío de la tierra.

 

   Y, para más señales,

Debo decir que olvido su nombre y su apellido.

 

                            

 

29.- DESPEDIDA

    Ven conmigo, un instante,

pon tu mano en mi mano

y paseemos

y démosle también a nuestra muerte

este trozo de vida

para que se lo coma y calle.

Ven a mí, sal de ti,

un instante.

   

     No te lo robaré por mucho tiempo,

sólo  hasta esa esquina de la calle

en donde el viento cuenta sus papeles.

    Escucha, pon calor

un momento

en la fría humedad de mi tarde.

   

    Pon tu música

en mis sordos oídos repletos

de martillos, silencios y metales.

Y hasta no volver nunca

despidámonos,

hasta que estemos ciegos,

hasta que estemos mudos

y sordos, y dormidos

para siempre,

despidámonos.

 

                                                                                                                                  

 

30.- LASTRES

    Si digo Lastres pienso en una escuela

del dos por dos, el mapa y un recreo

jugando a la pelota y a la talla

entre una algarabía de alpargatas corriendo;

si digo Lastres sé que estoy nombrando

las cosas más queridas de mi pueblo,

y hay una infancia entera que me viene a la boca,

y hay un sabor a vida que me recorre el cuerpo;

si digo Lastres digo la palabra

que puede provocarme más recuerdos.

 

    Yo no fui pescador porque la vida

llevó mi barca hacia otros derroteros.

Pero siento la mar como siento a la madre

que, de niño perdí; igual que siento

a la mujer que amo (amo la mar

sobre todas las cosas, cual primer mandamiento

…porque es la mar Dios mismo que llama en cada ola,

y porque para el hombre la mar es un remedio

contra miedo y zozobra, contra mediocridades

y otros mil egoísmos, el gran medicamento). 

 

   Hombres del mar: hermanos del peligro,

y amigos de la luna y del esfuerzo,

que miráis el semblante y adivináis el rumbo

de la inmensa familia de los vientos.

Hombres del mar: amigos de la anchura,

sabedores del mal y del buen tiempo:

en vuestro corazón hay una barca

hecha con la madera de nobles sentimientos.

Poco pedís: un mar libre de trabas,

un mar hacia bonanza y hasta propicio el cielo.

 

    Hombres del mar, como lo fue mi padre:

hoy los de tierra adentro

establecen las leyes y colocan barreras

donde nunca las hubo, que es la mar como el cielo:

cosa de todos hecha para todos,

libre de prohibiciones y recelos,

… porque la mar es una: la mar es un gran vientre

lleno de ágiles algas de que se van nutriendo

los millones de razas de peces multiformes

que se sienten hermanos, que ignoran el invento

de las mil divisiones de la tierra.

Todo el mar es de todos: sus olas no soportan

límites y linderos.

 

    Hombres del mar, amigos marineros;

cuando todos hoy luchan por lo suyo,

vosotros os matáis y otros viven a base

de vuestro ingente esfuerzo.

Sobre vosotros reinan armadores y empresas.

Y andan a vuestros lomos otros diversos dueños:

dueño, el intermediario que especula,

dueño, el asentador que almacena dinero

sin preguntarse nunca qué le pasa a una barca

cuando el cielo se nubla y el mar se vuelve infierno.

 

    Hay que tener el corazón muy grande

para ser marinero.

Hay que tener el alma sedienta de aventuras

para salir del puerto.

 

    Esto no es un poema: es una vía de agua

que me sale de adentro,

que se desboca viva porque sale empujada

por un tren de vivencias y recuerdos.

Si me llevó la vida a anclarme tierra adentro,

pido que, cuando muera, me entierren en mi pueblo

pues quiero sentir cerca la torre de la iglesia

y el campo de San Roque, y que cale en mi cuerpo

el ruido de las olas rompiendo en la escollera

y el sabor a “salmoria” que asciende desde el puerto.

                            

                                           Madrid. 2 de agosto de 1978

 

 

31.- COVADONGA, SESENTA AÑOS DESPUÉS

 

 

 

Seis y siete de octubre del año 2012.

Marcados por un halo de excursión del Imserso,

varios septuagenarios llegan a Covadonga.

Ciertamente no son jubilados al uso

que, por matar el tiempo, practiquen el turismo.

Muy otro es el motivo que hoy hasta aquí los trae:

Vienen a reencontrarse y a recordar el tiempo

en que, siendo unos niños, aquí se conocieron

y se hicieron amigos y fueron condiscípulos.

De verdad que ha llovido. Ha llovido con ganas.

Y, sin embargo, el tiempo, ese monstruo infrenable

que todo lo tritura y lo avienta al olvido,

no logró destejer esa fina textura

que año tras año ellos supieron ir tejiendo

con los mágicos hilos de imborrables recuerdos.

     Aquí están los que quedan y los que no han podido

venir pero se sienten también aquí presentes.

Y en la mente de todos están los que se encuentran

justó allá, en la otra orilla, donde no habita el tiempo,

en el lugar que todos tenemos reservado.

    Aunque no es una guerra sino una ley de vida,

sé que iremos cayendo, nos iremos marchando

por más que no sepamos ni el día ni la hora

hacia ese lugar mágico que es la casa del Padre.

Mas, mientras eso llega, seguiremos estando

al lado del cañón y en el punto de encuentro

a la luz del Auseva y la Cruz de Pelayo.

Con el agua hasta el cuello o entre un runrún de achaques,

es ya decisión nuestra volver todos los años.

Y, cuando quede el último, que venga a Covadonga

y que beba en la fuente y suba hasta la Cueva

y desgrane el rosario de los nombres de todos

diciéndole a la Virgen que todos la querían

y que, aunque un día elegimos caminos diferentes,

nunca nos olvidamos del “Bendita la Reina”

que canta a Covadonga como “cuna de España”,

ni de los entrañables fuegos de campamento,

 del “Salve Regina”, entonado en la Cueva.                           

 

 

32.- SIEMPRE NOS QUEDA COVADONGA

                               I

 

    Aviso a navegantes peritos en lirismo,

a inquisidores que hurgan en creación ajena

y a algunos diletantes que, huérfanos de ideas,

juzgarán este escrito con rigor académico.

    Esto no es un poema: son recuerdos que hilvano

con aguja enhebrada con hilo de añoranza.

y que ofrezco envasados en verso alejandrino

que les sirva de balsa contra tanto naufragio

que devasta las tierras del mar de la memoria

aventando sus restos al rincón del olvido.

 

    Esto no es un poema: son gajes de un oficio

que me llevó a hacer versos porque un verso es la vida,

inevitable herida que a traición nos hicieron

cuando nos invitaron a venir a este mundo.

 

    Crónica a vuelapluma bien pudiera ser esto.

Puesta en pie de unos años que, aunque al igual que todos,

no vayan a volver, nadie podrá quitárnoslos

porque son para siempre nuestro último equipaje.

 

    Crónica de unos años envueltos en nostalgia

que es siempre referencia de un paraíso perdido.

Y es que el hombre no es sólo cuerpo y alma,

sino también nostalgia, esa materia mágica

compuesta de carencias, y que siempre precisas

para poder soñar o, simple y llanamente,

para echarle coraje y, así, seguir tirando

con lo que fue o que pudo haber sido, y aquello

que no será jamás porque la vida

no tiene marcha atrás ni se detiene nunca.

 

                                   II

 

    Covadonga es un ave que levanta su vuelo

y remonta los aires al filo de la historia.

Covadonga es un atrio de magia y geografía,

Altar mayor de España antes que España fuera

tropel de disensiones y mezquinas querencias.

 

    Con la cruz de Pelayo y el signo del Auseva, 

el monte cuya entraña es el fragor de un río

que se oculta en Orandi para precipitarse

-cual si se arrodillaran su furia y su torrente-

a los pies de la Virgen que reside en la Cueva.

 

     Covadonga es la punta de lanza del empeño

de ganar lo perdido y de perder el miedo

a admitir que el milagro es un pan cotidiano

que debe compartirse con los pies en la tierra,

con la mente lanzada a empresas siderales,

con las manos dispuestas a estrechar otras manos

y la mirada puesta más allá de las cosas.

 

    Covadonga es el arco en que se tensa el alma.

Es la ventana abierta a los cuatro mil vientos

que ventilan los días, los sueños y las mentes.

Es una torrentera de buenas intenciones.

Y es puntual referencia a que hay otros modos

y formas y maneras para la convivencia.

 

                                 III

 

Un día Covadonga, seña y cuna de España,

acunó nuestros sueños más bellos y más nobles.

Era mil novecientos cincuenta y dos.

Septiembre.

Llovía a cosa hecha: se desquitaba el cielo.

 

 

 

 

Y un centenar de niños llegábamos dispuestos

a iniciar una “mili” que duró doce años.

 

Todavía era posguerra: época de patatas

-¡suerte que las había porque el hambre era norma!-

guisadas… a la viuda, entre un rumor de Kempis

-el libro que hacia el yermo empujó a Amado Nervo-

flotando en un silencio que tan sólo rompían

cucharadas cual lebreles que, a la caza del caldo,

luchaban a porfía en loco tintineo.

 

   Así era el seminario. Así. Mas por encima

del latín y los rezos, del vuelo de sotanas

y fajines azules e impolutos roquetes

o de los guardapolvos grises como tristezas;

más allá de los dogmas, detrás de la Escolástica,

entre los silogismos y el “anatema sit”,

éramos compañeros no sólo de fatigas

sino del bello sueño que consistía en ser

pescadores de hombres en un mar nada en calma,

mensajeros de Cristo (mas nunca guerrilleros

de ningún Cristo-Rey …cual Júpiter tonante).

 

    Temblorosas semillas de un empeño evangélico,

devenimos en árbol que quería elevarse

a las cumbres de un cielo que no estaba en le tierra. 

 

    Nos dieron muchos dogmas y poca tolerancia.

Porque así era la cosa y el signo de la época.

Hijos de nuestro tiempo pero nunca embobados

por yugos o por flechas, por hoces o martillos,

aceptamos el yugo más dulce y llevadero,

 y fue nuestro deseo ser flechas de concordia

sin hozar en la charca de los resentimientos

y sin martillear a quienes discrepaban.

 

    Y salimos con ganas de comernos el mundo,

materia que, por cierto, no es nada digerible.

Pero el mundo no pudo acabar con nosotros,

aunque fuimos cambiando porque todo cambiaba

…y no estábamos hechos de diferente harina.

Hay una cosa cierta y clara como el día:

nosotros ni avanzamos a lomo del olvido,

ni fue la cobardía nuestra cabalgadura.

 

    Nunca y jamás olvido. Nunca las deserciones.

Nunca al canto del gallo le precedió el momento

de negar, como Pedro. que fuimos lo que éramos:

en nuestras biografías nunca existió ni existe

el estúpido velo con que más de un preboste

hoy oculta la suya enviando al olvido

la realidad contante de que también ha sido

-y eso imprime carácter- “sacerdos in aeternum”.

 

                                     IV

 

    Cincuenta años después yo volví a Covadonga.

Y allí estaba Pelayo y allí estaba el Auseva.

Allí estábamos todos (todos los que pudieron

asistir a la cita), y cada uno era hijo

de su madre y su vida. Pero nadie creía

ser resto de un naufragio. No éramos producto

de un general fracaso: ni los que resistieron

ni aquellos que nos fuimos quedando en el camino.

 

     Éramos llama viva cada cual en lo suyo.

 Y éramos, ante todo, las cuentas de un rosario

hecho milagro vivo, sentido y desgranado

por los lentos pasillos de un largo seminario.

                       ……………………………

     Los unos les contaban sus vidas a los otros

como medio siglo antes también las desgranaban

en los largos paseos a La Riera y Llerices,

a la Cruz de Pelayo, Los Lagos y La Venta.

 

                                                                              51

Donde un día hubo niños se peinaban mil canas.

Se atisbaban ya achaques donde hubo adolescencia.

Mas tras los viejos rostros cincelados de arrugas

destellaban los ojos de idéntica manera

que hace cincuenta años en aquella primera

llegada a Covadonga, pues miraban de frente

con la misma nobleza, con entusiasmo idéntico.

 

    Sin duda éramos todos los que ese día estuvimos.

Pero sería injusto atreverse a afirmar

que quienes no acudieron lo hicieron por pensar

de distinta manera. Y lo más doloroso

fue la obligada ausencia de Novoa, Rubio y tantos

que no pudieron ir por la explicable excusa

de que ya se encontraban más allá de esta vida.

 

V

 

    Esto no es un poema ni maldita la falta.

Son palabras que brotan más allá del oficio

del que vivo por ser juntador de palabras

porque aquí me limito a juntar sentimientos,

querencias y nostalgias -mimbres del mismo cesto-

en torno al devenir de un centenar de niños

que en el cincuenta y dos iniciamos un vuelo.

   Cincuenta años más tarde, volvimos a encontrarnos

en el de siempre: el punto de partida.  

 

    Hoy, al igual que Bogart y al igual que Ingrid Bergman,

nos sentimos los mismos y estamos convencidos

de que a nosotros siempre nos queda Covadonga.

 

                                      Año 2006

 

(Continuará)

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