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UNA EXPERIENCIA EJEMPLAR

Con más o menos independencia, cada cual va construyendo su mundo de relaciones, intereses, gustos, aficiones y necesidades. Sin duda, los que conmigo van a leer esta página hemos tenido la suerte de crecer con, en, entre, para, por….los libros. Leer, estudiar, resumir, copiar, exponer, enseñar, fue siempre mi tarea y afición.

Total que más libros, cuadernos, apuntes, archivos, sugerencias, intuiciones, breves creaciones, provocaciones y, tras muchas horas de lectura y oración, de síntesis y relación, acopio de textos y citas, de vulgarización de contenidos difíciles y creación de otros, aparece otro libro y otros más, con un poco de orgullo y un mucho de ilusión.

Y, ¿ahora? Decisión y repartirlos. De sobra es sabido el bajo interés por la lectura; interés que es nulo, cuando no repulsivo, si el tema es religioso, como claramente era el caso. Pero contaba con algún punto a mi favor: el más importante era que aún conservaba, por aquel entonces, salud suficiente y capacidad de relación, así como ilusión evangelizadora; no había quedado en olvido aquel reclamo: ”¡ay de mí, si no evangelizo!” (1Cor.9,16-19); no por vanidad, sino necesidad imperiosa de servicio a los olvidados y sin interés egoísta alguno. Tanto era así, que soñaba que un papa, o el siguiente, tuviese la inspirada decisión de restablecer a los sacerdotes secularizados que lo deseasen en el ejercicio pastoral normal. Con dolor de corazón habíamos aceptado una secularización forzada y sufrido humillaciones eclesiásticas, además de la provocada incomprensión para los fieles y la lucha solitaria por una digna supervivencia, pero seguíamos agradecidos a la elección de Jesús y comprometidos con su misión.

 

 

 

Increíble que en estos tiempos de triste abandono religioso y desarme social y espiritual, perviva tal cerrazón eclesial, invocando principios y motivos más desencarnados que evangélicos. Pero yo custodiaba mi puesta en forma corporal, intelectual y espiritual que me permitiese acceder a la pastoral activa, no solo como acólito o subrogado de un clero perezoso; hasta que a los ochenta se llega a una meta en la que se vacían todas las ensoñaciones.

Por todo lo cual, “mi rostro cobarde se había vuelto duro como pedernal” (Is.50,7) y orillando sonrisas irónicas, gestos despectivos o disculpas mentirosas, ofrezco como regalo varios libros que hablan fundamentalmente de Jesucristo, Dios con nosotros, como ejemplo, solución y esperanza de todos, comenzando por los pequeños.

Otra razón de confianza que iba a favorecer mi tarea, creía que podía ser el haber ejercido mi magisterio de E.G.B. durante veintidós años en Nava, centro del que partía; sería conocido por muchos padres y antiguos alumnos; pero el tiempo pronto cambia situaciones y diluye superficiales quereres.

Por supuesto, comencé con amigos y vecinos; todos disponibles a aceptar el libro con sorpresa y admiración. Si al menos leyeron algo o fue al rincón oscuro o a la basura, nunca lo supe, ni traté de hurgarlo. Solo sé que ni de estos, ni de los doce mil que repartí, bien sea en mano o en casa por el buzón, ante la puerta o por la ventana…, no llega al 1% que me haya dado señal alguna de reconocimiento.

Entregar los primeros libros me supuso superar cobardía, vencer pereza y sortear autodisculpas, incluso encontrar vocabulario apropiado; creía haber hecho toda una proeza. Qué poco sabía entonces de los caminos estrechos, caleyas y caseríos, perros y puertas cerradas. Prefería las aldeas y lugares marginados; es difícil o imposible llegar a la gente en las villas: no puedes acceder a los pisos, salvo excepciones, y la calle no se presta a un diálogo, pues todo son prisas o lo parece. Total que recorrí todo el concejo de Nava, Bimenes, Sariego, Cabranes, Piloña y la zona próxima de Parres, Villaviciosa y Siero.

Lo más importante, sin duda, es el contacto con las personas: su salud, sus problemas; tras esto vienen sus historias, sus oscuridades; hasta llegar a su vivencia religiosa con cierto reconocimiento de su deficiencia; lógicamente, la conversación requiere y espera mi apertura personal, cosa que los acerca mucho; “cuando alguien te da su confianza, siempre quedas en deuda con él”. Sin duda, este es el campo eminentemente pastoral: el encuentro, el mutuo conocimiento, la relación personal, familiar, amistosa, comprometida.

Mi problema era la limitación en el tiempo: disponía de algunas mañanas y, entre llegar al lugar previsto, con frecuencia ya lejos, recorrer caminos visitando el mayor número posible de casas y volver con hora determinada; el tiempo se hacía corto. Busco el encuentro y noto en muchos rostros la sorpresa y la pregunta: “qué mueve a este hombre a venir hasta aquí y dejar regalado un libro, que dice escrito por él”. Algunas veces tengo ocasión de explicarme: ¡deseo daros la buena noticia de que Dios os ama y la prueba os la digo en ese libro sobre Jesús!

Se encuentra a muy poca gente: algún hombre ocupado que no soporta entretenimiento, así y todo, con ellos logré las conversaciones más sustanciosa; las mujeres atareadas en sus faenas caseras de la mañana, por cierto, bastante huidizas; los muy mayores cobijados hasta bastante tarde, los pocos niños en el colegio. El día que puedo hablar con una o dos personas

 

 

ya me doy por satisfecho. Los pueblos están semivacíos; puertas cerradas, muchas casas solo utilizadas para un fin de semana o vacaciones; silencio, solo alterado por el ladrido escandaloso de los perros; las nuevas casas, aisladas por muros que parecen decirte: ”no te necesitamos”; y uno se marcha desolado: “ni te conocen, Jesús, ni saben lo que pierden”.

Sientes la suspicacia con que te observan; “quien se gasta en venir al pueblo, algún interés personal trae”. ¡Señora, es un regalo!; “tanto peor, nadie da nada regalado”; la espalda o un gesto con la mano te dicen que allí no pintas nada. ¡Que tenga salud! “Igualmente”. Aun así, pienso que algo queda y comentará con la vecina. “Estoy ocupado, tengo prisa, no leo, veo mal”. Ante tanta negativa uno se consuela cuando algún que otro acepta el libro con agradecimiento y promesa de leerlo. El encuentro suele ser más relajado, incluso más efectivo, con los hombres.

Nunca ven a su párroco pararse a dialogar, visitar a los enfermos, saludar a sus feligreses; una Misa en su capilla de tarde en tarde, deprisa y corriendo. Aun así le recibirían más confiados y agradecidos que a un desconocido. ¡Qué pena! Se está perdiendo la última baza de acercamiento a la fe cristiana y, como siempre ha sido, la familia es el vehículo de la fe con encuentro personal, afectivo, comprometido. Se han adelantado los Testigos de Jehová y otros Evangélicos, que han sembrado más discordia, desafecto e indiferencia que principios cristianos.

Y, ahí ven llegar a un desconocido, solitario, (ellos suelen ir en pareja, mutuamente apoyados), con su cartera hinchada de libros y su corazón de ansiedad, al que consideran uno más inoportuno. “¡Qué es, testigo de Jehová, ¿verdad? No queremos saber más". Y es difícil convencerlos que no es así; buscando una ayuda, decidí poner en la contraportada del libro un resumen autobiográfico; ni con esas. Es difícil hacer una valoración general en cuanto a la disposición general para este tipo de encuentros, porque la circunstancia es anómala; para el párroco sería más favorable. Algunos hacen aprecio de mi disponibilidad, pero la sensación general que percibes es de una enorme frialdad, apatía, descrédito y desprecio a la imagen eclesiástica. “No trate de explicarme nada, porque entonces nos enfadamos y soy capaz de…”.

Es un placer, logrado pocas veces, compartir fraternalmente, por ejemplo con aquel anciano que, a la puerta de su establo, confiesa su pobreza, soledad, próxima ceguera y suicidio como solución; o la otra anciana, aun activa, que descansa un poco de su trabajo en el huerto hablando de sus hijos y zanahorias para terminar ofreciéndose a repartir seis libros a sus vecinos, cuando yo debía marchar; o aquel sesentañero que deja por un tiempo su tractor para hablar sobre los problemas del campo y terminar ofreciendo su lucha por un nuevo planteamiento cristiano de justa cooperación.

Habitualmente terminaba la mañana apurado de tiempo y, a pesar de todo, satisfecho de la misión: había dejado veinte o treinta libros, hablado con una o dos personas y acaso largo con otra. Aquella me vio rojo de calor y me ofreció un vaso de agua; otro se empeñó en darme la mejor lechuga o me orientó en el camino. Compensa por algún desprecio o susto: esa me dio la espalda diciendo “lo que me da de comer es el huerto”, o este jardinero que, al preguntarle si vivía en la casa próxima, me amenaza con su azada mientras lanza su prédica: “el cielo se encuentra aquí abajo”. O llego a caserío apartado y, al salir del coche, recibo como saludo en mis hombros las los patas de una enorme perra mastina mientras su cachorro me acaricia los pies; con dominio personal aun me acerco a la puerta de la casa solitaria a dejar un libro mientras otro perro más fiero alarga su cadena ladrando desaforado; las pulsaciones del corazón, que siempre rondan los cuarenta y pico, ahora se disparan….

Por lo demás, junto con Jesús, con quien comentaba los azares del momento, fue el coche mi compañero, que se portó como campeón a pesar de su vejez como yo. Alguna vez nos vimos en apuros: estrechas carreteras que no dejan de ser viejos caminos y encuentros con tractores; o como aquel día que, después de buen trecho solitario, estoy ante un portón infranqueable y sin más tierra para dar la vuelta que pisar matorral desconocido; ¡cuánta compañía y fortaleza sentí en tal soledad!; o aquella mañana perdida, ¿o ganada?, cuando tuve que pedir ayuda a un vecino para sacar el coche de un atolladero con su tractor; valió para volver otro día y mostrarle a él y a otros mi agradecimiento.

Mi experiencia llevaba como objetivo el “colocar” unos libros que me empeñé en sacar en pequeñas ediciones. Pero en el fondo era la disculpa y la oportunidad de sentir satisfecha una exigencia interior, un comunicar de una forma atractiva y sencilla el mensaje de Jesús, cosa que, a pesar del esfuerzo, no conseguí, pues debía ser aún más elemental y expresiva mi propuesta. Era lo que yo me imaginaba, pero la realidad me hizo ver que el interés por un libro es solo para personas escogidas, muy pocas; también que la gente está muy encerrada en sus trabajos y problemas, en sus casas y en sus ideas preconcebidas, familiarmente heredadas o machaconamente incrustadas desde la tele; que es grande la ignorancia y pequeña la valoración de la religión, que solo queda como reducto festivo; que la falta de presencialidad y comprobación de su compromiso salvador llevó a un desprestigio social y marginación total.

Queda la familia y el encuentro personal como vías de evangelización. De sobra es sabido que hoy es impensable la presencia requerida por lo anacrónico del montaje eclesial y lo complejo del poblamiento social. Pero el carácter misionero del mandato de Jesús es permanente y “se cumple”, se realiza, nunca va a pasar en la Iglesia quedan arrestos para seguir los pulsos del Espíritu que influye donde y cuando menos se piensa. Aunque solo sea la presencia de una Hoja Parroquial quincenal, bien preparada, cuyo contenido evangelizador no quede en anunciar cultos y colectas; Hoja repartida a todos por auténticos “misioneros parroquiales” de pueblo o barrio y que, a la vez, informan a Cáritas de las necesidades y al sacerdote de los problemas y vida de sus feligreses, por ejemplo, la enfermedad de aquel que espera su visita, lo diga o no. Escribo esto el “día de la Infancia Misionera”; ¿se ha olvidado? “Todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino…., saca de su arca cosas nuevas y viejas” (Mt.13,52). De pequeños se va para jóvenes y entre los mayores los hay con alma de pequeños.

“Id y enseñad”. Culto reglado, pero más Palabra “en salida”. Ese tu tesoro regalado, ha de ser compartido, benefiaciado.

Que sea perdonada esta forma expresiva y sincera tan infantil; pero gracias a ella has leído hasta aquí.

                                                                                                      Angel Solís

 

 

 

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